De dioses y opiniones

Publicado: 26 junio, 2011 en Opiniones

Con paso marcial y absoluta devoción, interminables hileras de personas suben al enorme altar presidido por una descomunal estatua que posa la mirada en el horizonte. Están organizados en grupos, pues llegan en peregrinación desde remotos lugares del país. Hombres portando coronas de flores encabezan cada comitiva, y por turnos se aproximan a la inmensa figura para depositar la ofrenda junto al océano vegetal que se acumula lentamente a los pies del ídolo. Una vez colocado el ramo, todos se hacen atrás un paso e inclinan sus torsos en varias reverencias ejecutadas al compás de algo que parece un salmo.
Seguramente, si hablara chino encontraría una interpretación a todo esto en las palabras que pronuncian estas gentes, y lo que parecen salmos probablemente sea una declaración de respeto o de devoción, que no es lo mismo. Estoy en Shaoshan, provincia de Hunan, el pueblo donde nació Mao Zedong, que es el personaje representado por esa figura de más de veinte metros a la que todos veneran.
Entre arrozales y anegados bancales sembrados de lotos, una marea humana visita la casa en la que vivió Mao. La localidad es casi un parque temático dedicado al personaje. Se venden estatuas de Mao pequeñas, medianas y de un tamaño gigantesco. Todos los restaurantes del pueblo llevan un nombre que empieza por la palabra Mao. Incluso la dueña de uno de ellos, una vieja paisana del dirigente político, ha montado a su vez su propio circo en torno a la figura de ella misma, como superviviente de una época. La señora, impecable a sus ochenta y muchos años, dirige con voz de mando su negocio. Vende merchandising a la entrada del local y explica de carrerilla las fotos que tapizan buena parte de las paredes. En ellas aparecen progresivamente el pueblo sin Mao, el pueblo con Mao, ella con Mao en el pueblo, ella y su familia con Mao, ella y su familia, y finalmente ella sola como estrella indiscutible de la historia. Miramos hacia arriba y en una pantalla de televisión el rostro de esta mujer surge entre destellos dorados. La factura del vídeo es profesional, así como el acabado del memorándum biográfico que nos regala, encuadernado en papel de lujo. A la sombra del Mao consagrado e intocable, es posible aspirar a la divinidad, divinidad menor, por supuesto, pero divinidad. Y la caja no para de sonar mientras las oleadas de peregrinos dejan su dinero.
Decía un español prominente afincado temporalmente en Pekin que a los gobernantes chinos lo que les molesta no es la naturaleza de las aficiones, creencias o tendencias políticas. Es simple y llanamente la posibilidad de que alguien consolide un liderazgo en cualquier ámbito; un estado de opinión ajeno al establecido siempre es una administración de poder paralela, ya sea en el salón o en la cocina, y puede extenderse y adueñarse de la casa entera. Cristianos, artistas traviesos, escritores con ideas extravagantes, o aquellos que denuncian algo que ha arruinado la vida de tanta gente que la suma de esas personas ya hace opinión estadísticamente, o los del 15M sin ir más lejos. Todos son una amenaza. Desde un punto de vista estrictamente profesional de la política, el razonamiento tiene sentido; las opiniones dispares entorpecen el trabajo de los gobernantes, no son prácticas. Sin embargo, cuando se opina con acierto, es posible que te conviertas en un pequeño dios. Siempre y cuando el nombre de tu restaurante sea el adecuado.
Cae la noche y la señora paisana de Mao vuelve a sus dependencias. Enciende una vela y la deposita en un altarcito para que ilumine las deidades que esconden las figurillas que rodean un busto dorado de Mao. Luego toca con fe inquebrantable un enorme amuleto repleto de luces y cristales que traerá una vez más la buena suerte a su vida.

Pekín, 26 de junio de 2011.

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Estamos aquí, reunidos.

Publicado: 4 junio, 2011 en humanos

La conciencia civil encuentra su nombre en los lugares públicos que invitan a la reunión. Allí la tribu se convierte en ciudadanía, y el apetito por lo colectivo se pega a las miradas individuales. Luego, las cosas no son tan sencillas. La energía de los grandes propósitos se escabulle por el desagüe del día a día, que es la vida normal. Pero los escenarios permanecen y como un río que se empeña eternamente en ocupar el mismo cauce, los paisanos naturales y los transitorios acaban por coincidir de nuevo en el recodo de siempre. Allí se paran, porque es lo que pide el cuerpo en esos sitios, y charlan, porque es lo que pide el ánimo cuando se está reunido y a gusto. Y se reconocen mutuamente. Cafés, plazas, servirá cualquier marco en el que el foro pueda producirse; el viejo foro en que los que hablan pueden ser escuchados y los que escuchan pueden oir al que habla. Otros pasan por allí y, aunque no metan baza, se paran a enterarse del panorama. Esto también hace masa. Y cuando la idea está cocinada y apetece, apenas basta un empujón para que el lugar físico se convierta en un lugar en el imaginario, en la mente, o en el corazón, con independencia de los resultados.
Puerta del Sol en Madrid, Tahrir en El Cairo, Tiananmen en Pekín, o la Salle du Jeu de Pomme en París, donde se formuló la Revolución Francesa, viven en la memoria colectiva como lugares donde personas indignadas se atrincheraron para gritar basta. Acuñada la idea, las piedras quedan solo a título conmemorativo.
Hoy, día 4 de junio, después de 22 años, las hogueras que ardieron en la Plaza de Tiananmen siguen humeando en las mentes y voluntades de todos en los que prendió esa llama. En unos y otros alienta la indignación, el resentimiento, la frustración, la perseverancia, el agotamiento y también la esperanza. Tahrir ya no es un enclave urbano; explota cada día en Libia, Yemen, Siria. Hace poco, frente a la fachada del Instituto Cervantes de Pekín se congregó un puñado de españoles. Estudiantes, viajeros, empleados, empresarios, funcionarios. Han decidido por consenso que no quieren fotografiarse frente al rótulo gigantesco con el nombre de la institución; el lugar no es más que un punto de encuentro fácil de localizar y no tiene relación alguna con los motivos que hasta ahí les han llevado. Buscan su vida haciendo buena la expresión “buscarse la vida”, que significa superar dificultades con esfuerzo para lograr vivir, o sobrevivir, con normalidad o dignidad. Sobre un trozo de puerta a modo de tablero, han escrito una pequeña pancarta en la que se lee “Beijing” y “15M”.
Ya sea un solo hombre en Siberia, una multitud en Plaza de Cataluña, o dos docenas en Pekín, la idea se hace impulso y basta. Luego, es probable que todo quede en agua de borrajas; a ver quien gastará su existencia peleando con los tiburones vocacionales que dedican una vida entera a retorcer la política y la economía. Pero a veces, si las circunstancias son favorables y algunos de esos tiburones se pone de parte de los rebeldes, la historia da un giro. Que se lo digan si no a Sièyes y a los diputados encerrados en la Salle du Jeu de Pomme.

El niño chino

Publicado: 19 mayo, 2011 en Planetas

Lo que voy a decir es una opinión absolutamente subjetiva que probablemente cambiará con el paso del tiempo, pero como soy un recién llegado aquí, me dejaré llevar por la novedad y disfrutaré del candor de las primeras impresiones.
Comparada con Japón, la China consumista es como un hervidero caótico en el que una horda de nuevos ricos en simbiosis con el sistema aprende a conducir machacando un Rolls Royce. A falta de criterios más precisos, en esta jungla de falsificaciones los chinos pudientes han acabado por identificar la calidad con el precio desorbitado. Comprar no es solo adquirir un bien, es además un acto de afirmación y pertenencia a la realidad nueva. Por esta razón, no es igual pagar un precio razonable por lo que se necesita que ser capaz de pagar cualquier precio por lo que se desea. El que “puede”, “es”. No importa la calidad siempre que se encuentre en unos límites aceptables. Lo que distingue es que tu poder económico te permite no pensar en el precio de lo que se te antoja. Obviamente, esto lo practica una reducidísima élite, pero es una élite a la vista, cuya posición es teóricamente alcanzable por todos, y esto espolea el deseo y la competitividad. Son aspiraciones vanas a la postre porque en China, la engrasada maquinaria que exprime al trabajador le preserva encarcelado en una precariedad de sueldos ridículos y horarios inhumanos; paradoja en un país que presume de ser reducto de un comunismo institucional. China es como un señor muy viejo, lo suficientemente sabio como para sobrevivir reinventándose en una y otra infancia, tras matar siempre un poco o mucho de lo que le rodea, incluso a si mismo. Así gana espacio y alimenta a lo nuevo que llega. En este caso, el recién nacido conduce un Porsche Cayenne y saca humo a su tarjeta visa. Los muertos son la masa eterna de chinos anónimos cuyas vidas no llegan más allá de la ilusión que una telenovela hace verosímil en la imaginación. Sucumbieron en las primeras revoluciones del S. XX, luego sucumbieron en la Revolución Cultural de Mao, y ahora sucumben en las fábricas que inundan el mundo de productos “made in China”. La vieja carta de legitimidad que homologa la posesión de la riqueza en las sociedades protestantes, el “self-made”, aquí se ha impuesto tácitamente y nadie protesta. Unos vuelven al apartamento de lujo en el Porsche y otros agarran la bici para dormir entre los churretones que barnizan las viviendas hormiguero bajo nubes de polución. Y ahora que lo pienso, muchos de esos mismos chinos se dejaron la piel y la vida construyendo por un módico precio las líneas de ferrocarril que impulsaron el crecimiento industrial de los Estados Unidos en el S. XIX.
Intentando no pensar demasiado, salgo una tarde a caminar. Será mi primera visita a Tiannanmen. Es un lugar frecuentado por visitantes occidentales, pero también por muchos turistas chinos que visitan la capital de su desmesurado país. Los occidentales miran a los chinos y los chinos miran a los occidentales. Ambos son exóticos mutuamente. Considerando las cifras, en el fondo los raros somos nosotros, bajo una abrumadora estadística. Ingenuamente, como el que admira las manchas de un oso panda, dos campesinos vuelven hacia mí sus ojos con asombro y me piden el favor de dejarme fotografiar con ellos, como si yo fuera un batutsi en su poblado, a modo de trofeo turístico. Uno dirige la mano hacia su mejilla y señala mi barba con una sonrisa de aprobación. Les resulta de lo más peculiar eso de tener tanto pelo en la cara. Continúo mi paseo y me hago una foto frente al retrato de Mao que preside la plaza. Al momento, dos chicas se acercan y educadamente me piden fotografiarme con cada una de ellas. Justo antes del disparo levantan la mano haciendo una señal de victoria con los dedos. Me siento antílope disecado. Aún no sé qué pasa en este país. Llevo muy poco tiempo.
Ser turista en propia tierra es un conato de burguesía, en el sentido afrancesado del término. Esa gente que, sin dejar de arrastrar dificultades, tiene dinero y margen de maniobra para disfrutar, tener vacaciones, pensar y decidir por si mismos con autonomía. Si el número es suficiente, montan una revolución de un descontento, por eso digo lo de afrancesado, y si alcanzan masa crítica, en el sentido nuclear, ellos se convierten en el poder político.
El gobierno chino propugna ahora un cambio de directrices. Antes se premiaba la prosperidad monetaria como motor de futuro. Ahora recomiendan a la ciudadanía que comprueben si se sienten felices. Habrá que ver si esta recomendación incluye una definición de felicidad que cotejar para llegar a las conclusiones correctas.
Bajo mi punto de vista, dos fuerzas se imponen definitivamente a todas las demás. La fuerza irresistible de lo recién nacido, que desconoce el mundo existente pero a su vez crea mundo nuevo más fuerte, y la fuerza de lo inmutable, cuya lógica es irrebatible por fundamentarse en las cosas que son verdaderas e inapelables; como decía el torero, “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Todo lo demás es esperar a morir mientras se existe. China se da luz a si misma en un parto descomunal en el que la criatura, la parturienta y la partera tienen el mismo rostro, como si fuera una película de David Cronenberg. La imagen da miedo y suena a episodio mitológico a la vez.
La energía del pueblo chino bulle en la ingenuidad, espontaneidad y desenfado con el que expresan su curiosidad. El niño que llevan dentro juega con mucho desparpajo, con la libertad del que tiene una vida entera por vivir. Cualquiera te para por la calle a tirarte de la barba y echarse unas risas. Una familia corriente puede acampar en un set de comedor de IKEA y montarse un almuerzo con tupperwares para investigar un rato el estilo sueco. En realidad, como decía antes, los números son contundentes: los raros somos nosotros. El mundo es de ellos. Su civilización y su comercio estaban antes. Occidente es como un grano sobrevenido y enorme que ha puesto de moda una forma diferente de vivir y de gastar dinero.

Horas muertas

Publicado: 17 mayo, 2011 en verdades

A veinte kilómetros de la central nuclear de Fukushima no queda gente. Todos se marcharon para evitar la contaminación radiactiva. En la localidad de Hirono, a veinticinco kilómetros del reactor dañado, el señor Yamamoto desliza un delicado bastidor de madera y franquea el paso a una de las estancias de su casa de campo. Se trata de una vivienda japonesa tradicional. Cada detalle es una pequeña joya meditada hasta quedar reducida a la mínima expresión de belleza y utilidad. No falta nada y nada sobra. El suelo es un agradable tatami de fibra vegetal sobre el que jamás se ha posado un zapato.
Los abuelos del señor Yamamoto contemplan la estancia desde unas fotografías en blanco y negro muy viejas. Van ataviados con elegantes kimonos cruzados sobre el torso, y marca sus rostros una adustez que ha llegado hasta el presente guardada en la determinación sencilla de su nieto, que les supera ahora en edad. La señora Yamamoto va y viene atareada entre los fogones de su cocina. Desconocemos el motivo por el cual no hace acto de presencia. El prejuicio nos lleva a pensar que es a causa de los usos machistas del japonés tradicional, pero quizás simplemente no le dé la gana perder el tiempo con unos periodistas pesados; ya tiene edad para tomarse esas libertades.
Las tonalidades de la madera y la talla elegante de los muebles suaviza la luz de una atmósfera inundada de un olor sutil a hierba antigua. La población residente en esta zona situada a algo más de veinte kilómetros de la central nuclear de Daiichi en Fukushima, ha abandonado sus hogares y buscado refugio en otras ciudades más alejadas. Huyen de la radiación. El matrimonio Yamamoto ha decidido regresar a su pueblo y proseguir la vida que les queda. Siguen el ejemplo de otros habitantes de edad avanzada que han llegado a una misma y lógica conclusión: son demasiado viejos para que la radiación les mate antes de que lo haga el paso del tiempo. La radioactividad se ceba en los cuerpos jóvenes y es menos dañina en las células cansadas por la vejez. Compensa disfrutar de la vida construida después de tantos años y acabar tranquilos.
Guardo una fotografía que tomé hace ya casi un mes. Es la esfera rota de un reloj de pared que yace sobre un montón de ruinas en el pueblo de Ishinomaki, una de las localidades arrasadas por el gran tsunami de la costa nordeste de Japón. Una imagen de tragedia sin arreglo que solo puede reparar la construcción de una nueva vida. A las cuatro menos cuarto de la tarde se pararon también los relojes de la escuela Okawa en este mismo lugar, a orillas del río Kitakami, cuando las olas gigantes mataron de golpe a setenta de sus alumnos y a diez profesores.
Las horas son la empalizada de la memoria y un reloj detenido es como una lápida en el tiempo; señalando una muerte o un nacimiento, que son los dos únicos acontecimientos que realmente influyen en el balance de la existencia.

Los que siempre están

Publicado: 14 mayo, 2011 en Gajes del oficio

Hace mucho que no escribo. Puede que haya algo de pereza en ello, o falta de inspiración, o una determinación floja frente al folio en blanco. Llevo dos meses en Asia y este breve lapso de tiempo han pasado ante mis ojos la mayor catástrofe natural de la historia de Japón y la ejecución a manos del ejército norteamericano del primer terrorista global en la historia de la humanidad. Salvando la búsqueda de apartamento y descifrar el intríngulis bancario de China, a lo largo de ocho semanas estuve ahí, en la costa nordeste japonesa, cerca de la central de Fukushima, y en Abbottabad, desde donde Bin Laden supuestamente dirigía Al Qaeda y donde fue liquidado hace unos días por un comando de élite estadounidense. Temática y motivos sobraban para sembrar en la caótica habitación que es mi cabeza.  Sin embargo, tamaños titulares han enterrado esos detalles irrelevantes que son en realidad los que apetecen a mi atención, las cosas de las que suelo escribir en este blog; han quedado ahí, arrinconados, enmudecidos ante el bramido de la Historia, como el alumno torpe que calla cuando habla el empollón de la clase.

Hemos pasado seis días en Pakistán. La foto que este viaje impone es un retrato frente a la fachada de la casa de Bin Laden, pero no ha podido ser. Justo el día que llegábamos, los cuerpos de seguridad paquistaníes sellaban la zona impidiendo taxativamente el paso a cualquier periodista. Desde ese momento, el personaje principal se nos ha caído del relato y han ocupado su lugar los que siempre están, la gente normal de esta localidad, que han vivido los acontecimientos desde su rutina de personas que van al trabajo, crían sus hijos, y aunque recen con más frecuencia que nosotros, lo hacen con la misma tónica que nuestros padres o abuelos, lo cual nos cae muy cerca. A miles de kilómetros, este país casi queda reducido a un tópico del imaginario colectivo, pero aquí, pisando el mismo suelo que el señor de la peluquería que duda de que todo no sea más que un montaje porque al fin y al cabo no se han visto imágenes del cuerpo, o compartiendo mesa con un estudiante de dieciocho años escasos que opina que lo lógico es que Osama esté vivo y que todo no sea más que una treta de políticos oportunistas, la normalidad llena el aire y ocupa las veinticuatro horas del día. En el hotel se cocina un banquete para una fiesta. Sucedáneos pintorescos de Hard Rock Café e Ikea comparten la zona comercial urbana con tiendas de telas y electrodomésticos.

Bin Laden corre en nuestra imaginación por las montañas desérticas de Tora Bora, pero la realidad es que vivía a las afueras de una ciudad pequeña con sus colegios y sus cibercafés.

Por la mañana volvemos a la carga y de nuevo un par de soldados armados con Kalashnikov nos impiden acercarnos a la mansión, que de mansión tiene poco porque no es más que una casa grande de ladrillos sucios rodeada de una inmensa tapia. Pasan junto a mí dos críos. Van sucios y algo desharrapados pero no importa. En este país la elegancia vive en la gente como en las mujeres francesas, pegada a la genética, a la manera de andar y en el porte; eso es un grado, cuando sobra todo y la dignidad se hace sólida en la forma de mirar.

Pero las bombas siguen explotando en Pakistán. Da igual que lleguen desde un “dron”, esos aviones no tripulados que los americanos usan en sus ataques “quirúrgicos” en los que parece que el cirujano sea un orangután enloquecido, o pegadas al torso de un talibán suicida, que no es más que otro orangután, aunque en este caso sea un orangután entontecido. Mueren los adultos y los niños en el anonimato de la estadística cansina y repetitiva. Recuerdo cuando era un crío, el sufrimiento que experimentaba cuando lo aterrador desconocido me producía miedo. Estos niños no lloran. Muestran sus pies quemados por la explosión de hace unas horas y el drenaje del vientre perforado por la metralla como cualquier rapazuelo enseña la rodilla herida en un partido de fútbol, pero sin llorar. Y con una belleza en los ojos capaz de encender un planeta entero, siguen viviendo en silencio.

Llegados a este punto, grabo las imágenes que puedo, con el respeto que la urgencia me permite, y mando a paseo la foto frente a la guarida de Bin Laden.

La ciudad encerrada

Publicado: 14 abril, 2011 en humanos

Uno sabe que el tren está llegando a la estación de metro de Ebisu en Tokio porque, a pocos metros de la parada, la banda sonora de “La dolce vita” saluda desde los altavoces a los viajeros. No sé qué resulta más pintoresco, ser occidental en un vagón repleto de japoneses mientras la música cinematográfica de Fellini anuncia el fin de trayecto, o ser japonés y asistir a la misma escena en presencia de un occidental extraviado.
El entrechocar de hierros que alborota ruedas y railes no es precisamente el  chapoteo de Anita Eckberg y Marcello Mastroianni  jugueteando en la Fontana de Trevi, pero la situación contiene su germen de poesía. Me cuenta un buen amigo afincado en Japón que los directores de las estaciones de metro tokiotas tienen potestad entre otras cosas para elegir a discreción el tema musical que suena en las grabaciones que indican las llegadas y salidas de los trenes. Claro, esto da mucho juego; tal prerrogativa esconde una oportunidad preciosa para acuñar un pedacito de la ciudad con la propia impronta, aunque imagino que un natural del país entenderá pragmáticamente y sin rodeos el objeto utilitario de esta señal sonora.
¿Y dónde está la parte poética de esta historia? Me sigue contando mi amigo que el japonés prefiere lo perfecto predecible a las genialidades imprevistas; cuando sabes que lo que va a ocurrir sucederá de una manera precisa y conocida, te invade la tranquilidad y rozas algún tipo de nirvana nipón. A mi me parece que esta lógica de lo razonable acaba por contaminar de un aburridísimo sentido común el guión diario de la vida, y así van cayendo del día a día las risas cotidianas, como pájaros que matara la falta de oxígeno. Es la belleza de un rictus, bello pero rictus. Sin embargo, luego, en un momento dado algo efímero pasa, un cruce de miradas o una flor de cerezo que nace o que muere, y destella en la conciencia un instante de luz, y ahí está el milagro; es el espíritu del “haiku”.
Y en estas que aparece un director de estación de tren suburbano y dando un golpe de efecto inunda sus dominios con “La dolce vita”. Le imagino quitándose la gorra y rascando su cabeza de japonés con una mano japonesa de afiladas uñas, contemplando cómo el río de personas abandona el gris laboral para colorearse del descaro de Paparazzo. Suenan las locuciones informando de horarios y recordando las medidas de precaución que deben tomarse en caso de terremoto. Un hombre en traje de chaqueta cruza el andén tocado con un gorro en forma de oso de peluche con lunares negros. A su derecha, una adolescente vestida como María Antonieta mira la televisión en su teléfono móvil.  Se detiene un tren y en su interior una decena de personas duerme a pierna suelta porque las jornadas laborales les destrozan o porque no tienen dinero para pagar el alquiler y el tiempo que no trabajan duermen en bares, en locutorios telefónicos, o aquí, en un vagón de metro. Mi amigo y yo comentamos la situación y en efecto, llegamos a la conclusión que algo lírico y extraño ocurre solo para nuestros ojos, aunque hace unos días veintisiete mil personas de este mismo país perdieron la vida o desaparecieron. Es una poesía algo forzada, obviamente. Llega otro tren y suena “La dolce vita” en la ciudad encerrada.
Quiero dejar patente que todo esto que digo no debe llevar a engaño. Los japoneses se ríen mucho, a pesar de encorsetarse en las servidumbres de las jerarquías y de las normas. Guardan dentro de si un pequeño andaluz que levanta la voz cuando se emborrachan y deciden soltar a voz en grito todo lo que piensan. Y tienen algo estupendo, una capacidad innata para detectar la belleza en las cosas insignificantes y pequeñas. Cuando el día ha crecido, puedes encontrar un jardín pequeño adornado con esculturas de mármol y árboles de los que caen hojas en medio de la muralla de acero y railes que es esta ciudad. Y allí, como si estuviera disfrutando de un minuto en el paraíso, habrá alguien desenvolviendo su bocadillo en una pausa que sobre las doce del mediodía hace Tokio al unísono.
Todavía me queda por averiguar la razón por la que aquellos que nos relataron las muertes de sus seres queridos lo hicieron con una sonrisa en el rostro, mientras que en la televisión japonesa aparecen llorando a lágrima viva.

Tsunami

Publicado: 4 abril, 2011 en Sin categoría

En Tokio, Shibuya es ese lugar que todas las ciudades tienen donde sus habitantes se muestran en el escaparate de los deseos. La naturaleza del deseo es algo particular y peculiar de las culturas, y aunque las buenas costumbres recomiendan disimular lo que se anhela, manifestarse como objeto deseable es la irresistible tentación a la que los seres humanos han sucumbido en cualquier época y lugar. Por supuesto, todo esto ocurre de una forma tácita e inexpresada en palabras; la verdadera seducción debe ser como el puro magnetismo, actuar con el empuje de un viento transparente e imparable.
En Shibuya las mujeres pasean maquilladas como niñas muy putas y discretas. Enfundan desenfadadas sus piernas en medias que suben algo más de la rodilla, lo cual es muy excitante, dejando al descubierto el tramo restante de muslo hasta la ingle, desafiando a la intemperie climática y a la tranquilidad de los heterosexuales y las lesbianas que circulan por la calle haciendo como que no miran.
Más allá de Shibuya, en el oriente de ojos rasgados, se ha puesto de moda operarse los párpados para occidentalizar la mirada. Irremediablemente, los efectos de este trend quirúrgico han llegado al barrio de moda tokiota, devastando el misterio de la mirada oscura de estas mujeres que quedan así convertidas en extrañas heidis de ojillos ratunos y traje de lolita plastificada.
Afortunadamente, el bestiario humano de Shibuya no se resume en esto que digo. Justo en el centro de la zona hay un punto en el que varias calles anchas confluyen. Sobre las aceras de ese lugar, presidido por un Starbucks, los habitantes y visitantes de la capital nipona se agolpan en exquisita asepsia mientras el semáforo en rojo les contiene. En una décima de segundo absolutamente mágica, todas las luces se ponen en verde simultáneamente y una masa de rostros lejanos se convierte en oleaje y tsunami de humanidad en perfecta coreografía de animal urbano. Y allí en medio, los bárbaros y sucios occidentales admiramos en silencio la fuerza monocorde de estas tierras.

El nombre de los humanos

Publicado: 4 marzo, 2011 en humanos

En chino, Qu Ya Nan es un nombre propio que viene a significar algo así como árbol que crece estable en Asia. Desde el principio de los tiempos, los seres humanos se han designado mutuamente de manera individualizada con expresiones cuyo significado y sentido unía indisolublemente al nombrado con su pasado, su presente y el futuro que se esperaba de él. Es algo así como poner una claridad de andar por casa en esos enigmas inaclarables del a dónde voy, de dónde vengo y quién soy. Luego, sobre todo en occidente, el paso de los siglos, la perversión fonética del uso y la racionalidad, han puesto una distancia insalvable entre los significantes y sus significados en cuanto a los nombres propios de las personas. ¿Quién recuerda que “Pelayo” procede de “pelasgo”, palabra unida a “pelágico”, que significa “pueblo de los océanos”? ¿No es casualidad que haya tantos Pelayos en la cornisa cantábrica?. Que “Pedro” tenga relación con “piedra” es algo que puede intuirse. Los que hablen francés o alemán, enlazarán probablemente “Bruno” con el color rojizo o moreno. Pero, ¿qué pasa con “Damián” o “Esteban”?, ¿y “Catalina”?.
Hubo un tiempo en el que apelar a un individuo en concreto por su nombre equivalía a invocar lo que se conocía y se esperaba de esa persona, actualizando permanentemente su posición en el grupo social que la acogía. Hoy, dirigirse a alguien en voz alta hará levantarse varias cabezas entre la multitud a poco que el nombre mencionado sea mínimamente común. Esto también pasa en China, aunque el aprecio por los nombres aquí sigue reposando más en su significado que en lo estético de su verbalización musical. Si pronuncias en voz alta la palabra “Juan”, es posible que más de un chino se vuelva a mirar quién llama; es la transcripción fonética de un nombre que sugiere “seguridad”, y por tanto deseado y común.
El nombre te lo endosan cuando eres un crío y la indefensión te obliga a cargar con él para siempre. Sin embargo, a veces sucede un milagro y se presenta una segunda oportunidad. Hoy he elegido mi nombre chino. Las autoridades lo imponen por decreto a los extranjeros que se hacen residentes en el país para que la burocracia no se despiste con transcripciones imposibles y para que pueda escribirse con los caracteres del idioma. Acotando con el sonido de mi apellido y dejando volar la imaginación de unos compañeros, he sido rebautizado en el lejano oriente con el nombre de Qu Ya Nan. A mi me suena exótico, un poco a guerrero mitológico, como Leónidas de Esparta o algo por el estilo, pero en el fondo, sospecho que su verdadera utilidad será aplacar la desconfianza de algún funcionario cuando compruebe su similitud sonora con el apellido de mis padres.

¿Dónde estabas el 23-F?

Publicado: 25 febrero, 2011 en verdades

ilustración: http://www.pitodoble.com

Con poco más de diez años necesitas tener una familia muy concienciada en lo político para saber ver en las sutilezas la hecatombe que se viene encima. El caso es que mis padres habían nacido y crecido dentro de la dictadura, eran como los nativos digitales de hoy pero aplicado a la ausencia de libertad. Una vida entera de iconos incontestables les dejó incapaces de desear con naturalidad lo que hoy es ley. Nacieron y crecieron en esa caja de cartón que Franco ató y, afortunadamente, no dejó bien atada. Todo era esfuerzo por salir del fondo gris que era la España de entonces.
Las ilusiones de aquellos que disfrutaron de una parentela ilustrada –con o sin dinero- o de aquellos que pudieron ilustrarse, giraban en torno a una ventana abierta al mundo; conocer y sumergirse en eso tan bueno que se intuía debía estar más allá de los Pirineos. Al resto, la gran mayoría que no pudo ver más allá del fondo gris,  la idea de la ventana al exterior les era extraña e indiferente. Construyeron su universo de deseables tirando de lo que tenían a mano: películas del oeste, la épica militar y religiosa, y todo aquello que por decreto debía emocionar, dentro de la caja de cartón que Franco mantenía bien cerrada mientras Europa florecía en melodías completamente desconocidas para aquella generación callada por el miedo desde la cuna. Vivían en una inopia de santos inocentes, por su propio bien, según los que mandaban. Los camioneros que volvían de Francia y Alemania, sospechaban que aquello no debía estar mal, con ese aspecto ajardinado de casa de ricos. Pero a muy pocos se les pasó por la cabeza la idea de hacer de sus vidas un jardín parecido.
Estando en esto, 1981 no era un año alejado de 1975. El milagro del 23-F fue que la pasividad de una población desactivada minuciosa y sistemáticamente desde la niñez, no propiciara el éxito del golpe. En casa lo recuerdo como un episodio de película de acción que nos despertó la curiosidad más por ver el desenlace de la trama que por la conciencia de la ignominia hacia la dignidad de ciudadanos libres. Éramos libres y no lo sabíamos con total certeza. Nos contaron de un conocido que tiró por el retrete su carnet de la UGT. Nuestro inconsciente colectivo que nunca había salido de la caja de cartón asistió a aquel drama de angustia y terror como a un episodio del guerrero del antifaz; ingénuos. Además, no hubo cole ¡bién!
Hoy ha pasado el tiempo y las definiciones gritadas públicamente han enderezado las conciencias ensordecidas; la sombra de una generación enterrada desde su nacimiento es insípida y alargada. Cuando los escrúpulos eran de otra dureza esto se sabía muy bien. Como Franco también lo sabía.

Ventanas

Publicado: 23 febrero, 2011 en Gajes del oficio

El periodista gráfico que realiza la grabación busca un hueco en el enjambre de cuerpos. Procura situarse en un lugar que le permita captar lo que sucede con la mayor intensidad posible. Lo que porta entre sus manos parece una cámara de televisión, pero en realidad es una ventana tras la que aguardan miles, tal vez millones de personas. De vez en cuando, en el fragor del forcejeo, el rostro del hombre que está siendo reducido por la fuerza consigue asomarse a esa ventana. Es una aparición fugaz, seguida con avidez por las miradas de esos que aguardan dentro, expectantes. Las facciones contraidas del tipo que está siendo reducido se adueñan de la pantalla. Ya no existe otra cosa que la figura de un manifestante sometido a la fuerza de unos policías brutales.
Repentinamente, un individuo que acompaña a aquellos que intentan doblegar a ese hombre saca de algún sitio algo que parece una videocámara. Con expresión tranquila pero decidida, comienza a grabar al reportero. Los miles, o millones, que siguen la acción desde su televisor-ventana advierten al intruso que se cuela en el cuadro apuntándoles a ellos también con ese aparato, que parece una videocámara, pero que en realidad es otra ventana tras la que otros espectadores toman nota, con otras intenciones, desconocidas, más allá del puro entretenimiento o el afán informativo.