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Durante mucho tiempo, los funcionarios corruptos del gobierno local de Wukan, bendecidos por el partido, se enriquecieron vendiendo de tapadillo terrenos que pertenecían al pueblo. De un día para otro, el vecino de turno encontraba cercadas sus tierras o maquinaria pesada construyendo un complejo turístico. Esto se prolongó años hasta que la gente se organizó y empezó a protestar; marchas multitudinarias encabezadas por un grupo de trece representantes y amplia difusión en las redes sociales. En diciembre de 2011, la policía detiene a cinco de esos trece elegidos y uno de ellos muere durante el interrogatorio; Xue Jinbo se convierte desde ese momento en mártir y la protesta en una rebelión abierta. Los funcionarios corruptos son expulsados. Wukan, un pueblo chino perteneciente a la demarcación sureña de Lufeng, deja de ser topónimo y deviene en grito de guerra, en símbolo, en un hashtag rompedor en Twitter y un trending topic en el equivalente chino Weibo.
Con el número suficiente de muertos, Wukan habría sido un Tiananmen a la “campesina” y esto era algo que el gobierno central no podía permitirse. Otra vez no. Para aplacar el terremoto, se concede la gracia de permitir convocar elecciones municipales libres. El 11 de febrero de 2012 se celebra una votación aparentemente abierta para determinar el gobierno de la localidad que sustituya al grupo de funcionarios corruptos expulsado.
Como suele suceder, la mitificación de estos acontecimientos siguió derroteros diferentes dentro y fuera de China. Lo “sexy” no es un concepto absoluto, va unido al apetito de cada uno. Mientras en occidente se imaginaba ya una Libertad guiando al pueblo en plan chino, en Wukan fueron mucho más prácticos y simplemente se limitaron a exigir que la ley se cumpliera, sin criticar al sistema.
Después de haber oído a bastante gente del pueblo y de ver la evolución aparente de sus cultivos –mucho terreno desatendido y árboles para madera, que no son precisamente las hortalizas de las que se vive en el corto plazo-, tuve la sensación de que lo que molestó realmente a los vecinos fue que las transacciones se hubieran realizado sin su conocimiento, y que los beneficios hubieran ido a parar a manos de unos pocos con nocturnidad y alevosía. Es una sensación, que conste, por eso lo sugiero unilateralmente en un blog y no lo afirmo contrastadamente en un medio de comunicación. Su indignación quizás no era tanto la de un pueblo oprimido como la de unos pobres engañados, a los que encima les matan al líder que les unía y materializaba esta indignación en un discurso visible. Indignación y enfado.
Como decía, las formas de su reclamación estimularon la imaginación mediática de occidente, en la cual China vende más como represora del Tibet que como compradora de deuda pública, paradójicamente. Twitter se interrogaba por la posible tendencia que pudieran suponer unas elecciones libres en Wukan, pero sospecho que los lugareños de lo que se alegraban realmente era de dar boleto a sus corruptos, preservando el sistema. Simplemente querían lo que era suyo y que la ley funcionara.
Sin embargo, a pesar de todo, hubo mucha magia aquel día de las votaciones en Wukan. Había magia, se palpaba. Por unas horas, la tenaza del miedo se hizo invisible y una extraña complicidad se apoderó de los vecinos. Ese temor irracional de los chinos a la presencia de la prensa extranjera en sus procesos legales íntimos se derrumbó por decisión comunal y los funcionarios oficiales que se resistían tuvieron que dejar pasar las cámaras hasta las urnas. Un breve y violento intercambio de gritos sanciona la autorización y ahí estamos, con carta blanca en el epicentro del fenómeno. La presión para recuperar las tierras ha desembocado en este capítulo insólito y sorprendente, genuino, por la sencillez de sus protagonistas, y naïf, compartiendo unos platos de arroz con pollo mientras las papeletas se apilan improvisadamente en cajas vacías de cerveza americana “Budweiser”, y agua mineral “C’est bon”. Sí, al final EEUU ha tenido que ver en la votación. Parte de los votos emitidos en Wukan se guardaron en cajas vacías de cerveza Budweiser. El cuadro es maravilloso, y su entidad literaria digna de un cuento de Borges o de Cortázar. En pleno hito histórico del gigante comunista, aquellas cajas resaltaban como un parche con el rostro del ratón Mickey cosido al pijama de Mahmud Ahmadineyah por un descuido de la criada.
Los viejos votaron decididos con el gesto enfurruñado del que va a recuperar lo suyo, pero los jóvenes levitaron. Y en ellos sí estuvo de alguna manera la Libertad guiando sus risas, menos como la imaginó Delacroix, con dos pechos de fromage al aire, y más con un estilo de tienda china de todo a cien, en una extraña mezcla de juguete recién descubierto y conciencia de lo trascendente.
Estos muchachos cabalgaron a lomos del presente (y ya lo conjugo en pasado…). Empuñaron la pasión del conquistador joven, que no es lo mismo que la convicción del conquistador entrado en años. Apenas pronunciaron la palabra democracia porque en sus bocas era un grito de júbilo silabeando en ojos abiertos y sonrisas amplias más que en vocales y consonantes. Votaron por primera vez en un país donde votar es anatema hasta tal punto que el gobierno censuró la emisión de un concurso en televisión porque se elegía a los ganadores “votando” y el proceso evocaba demasiado a la democracia. Les dejaron besar su libre albedrío en un primer beso, que es el que realmente hace temblar los labios, como mal menor. No sabemos si la concesión fue fruto de la prudencia o una consecuencia lógica del “liberalismo socioeconómico con características chinas”. Tampoco si este día pasará a la historia como un escalón más de un progreso que aún no adivinamos si llevará a sima o a cumbre.

El niño chino

Publicado: 19 mayo, 2011 en Planetas

Lo que voy a decir es una opinión absolutamente subjetiva que probablemente cambiará con el paso del tiempo, pero como soy un recién llegado aquí, me dejaré llevar por la novedad y disfrutaré del candor de las primeras impresiones.
Comparada con Japón, la China consumista es como un hervidero caótico en el que una horda de nuevos ricos en simbiosis con el sistema aprende a conducir machacando un Rolls Royce. A falta de criterios más precisos, en esta jungla de falsificaciones los chinos pudientes han acabado por identificar la calidad con el precio desorbitado. Comprar no es solo adquirir un bien, es además un acto de afirmación y pertenencia a la realidad nueva. Por esta razón, no es igual pagar un precio razonable por lo que se necesita que ser capaz de pagar cualquier precio por lo que se desea. El que “puede”, “es”. No importa la calidad siempre que se encuentre en unos límites aceptables. Lo que distingue es que tu poder económico te permite no pensar en el precio de lo que se te antoja. Obviamente, esto lo practica una reducidísima élite, pero es una élite a la vista, cuya posición es teóricamente alcanzable por todos, y esto espolea el deseo y la competitividad. Son aspiraciones vanas a la postre porque en China, la engrasada maquinaria que exprime al trabajador le preserva encarcelado en una precariedad de sueldos ridículos y horarios inhumanos; paradoja en un país que presume de ser reducto de un comunismo institucional. China es como un señor muy viejo, lo suficientemente sabio como para sobrevivir reinventándose en una y otra infancia, tras matar siempre un poco o mucho de lo que le rodea, incluso a si mismo. Así gana espacio y alimenta a lo nuevo que llega. En este caso, el recién nacido conduce un Porsche Cayenne y saca humo a su tarjeta visa. Los muertos son la masa eterna de chinos anónimos cuyas vidas no llegan más allá de la ilusión que una telenovela hace verosímil en la imaginación. Sucumbieron en las primeras revoluciones del S. XX, luego sucumbieron en la Revolución Cultural de Mao, y ahora sucumben en las fábricas que inundan el mundo de productos “made in China”. La vieja carta de legitimidad que homologa la posesión de la riqueza en las sociedades protestantes, el “self-made”, aquí se ha impuesto tácitamente y nadie protesta. Unos vuelven al apartamento de lujo en el Porsche y otros agarran la bici para dormir entre los churretones que barnizan las viviendas hormiguero bajo nubes de polución. Y ahora que lo pienso, muchos de esos mismos chinos se dejaron la piel y la vida construyendo por un módico precio las líneas de ferrocarril que impulsaron el crecimiento industrial de los Estados Unidos en el S. XIX.
Intentando no pensar demasiado, salgo una tarde a caminar. Será mi primera visita a Tiannanmen. Es un lugar frecuentado por visitantes occidentales, pero también por muchos turistas chinos que visitan la capital de su desmesurado país. Los occidentales miran a los chinos y los chinos miran a los occidentales. Ambos son exóticos mutuamente. Considerando las cifras, en el fondo los raros somos nosotros, bajo una abrumadora estadística. Ingenuamente, como el que admira las manchas de un oso panda, dos campesinos vuelven hacia mí sus ojos con asombro y me piden el favor de dejarme fotografiar con ellos, como si yo fuera un batutsi en su poblado, a modo de trofeo turístico. Uno dirige la mano hacia su mejilla y señala mi barba con una sonrisa de aprobación. Les resulta de lo más peculiar eso de tener tanto pelo en la cara. Continúo mi paseo y me hago una foto frente al retrato de Mao que preside la plaza. Al momento, dos chicas se acercan y educadamente me piden fotografiarme con cada una de ellas. Justo antes del disparo levantan la mano haciendo una señal de victoria con los dedos. Me siento antílope disecado. Aún no sé qué pasa en este país. Llevo muy poco tiempo.
Ser turista en propia tierra es un conato de burguesía, en el sentido afrancesado del término. Esa gente que, sin dejar de arrastrar dificultades, tiene dinero y margen de maniobra para disfrutar, tener vacaciones, pensar y decidir por si mismos con autonomía. Si el número es suficiente, montan una revolución de un descontento, por eso digo lo de afrancesado, y si alcanzan masa crítica, en el sentido nuclear, ellos se convierten en el poder político.
El gobierno chino propugna ahora un cambio de directrices. Antes se premiaba la prosperidad monetaria como motor de futuro. Ahora recomiendan a la ciudadanía que comprueben si se sienten felices. Habrá que ver si esta recomendación incluye una definición de felicidad que cotejar para llegar a las conclusiones correctas.
Bajo mi punto de vista, dos fuerzas se imponen definitivamente a todas las demás. La fuerza irresistible de lo recién nacido, que desconoce el mundo existente pero a su vez crea mundo nuevo más fuerte, y la fuerza de lo inmutable, cuya lógica es irrebatible por fundamentarse en las cosas que son verdaderas e inapelables; como decía el torero, “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Todo lo demás es esperar a morir mientras se existe. China se da luz a si misma en un parto descomunal en el que la criatura, la parturienta y la partera tienen el mismo rostro, como si fuera una película de David Cronenberg. La imagen da miedo y suena a episodio mitológico a la vez.
La energía del pueblo chino bulle en la ingenuidad, espontaneidad y desenfado con el que expresan su curiosidad. El niño que llevan dentro juega con mucho desparpajo, con la libertad del que tiene una vida entera por vivir. Cualquiera te para por la calle a tirarte de la barba y echarse unas risas. Una familia corriente puede acampar en un set de comedor de IKEA y montarse un almuerzo con tupperwares para investigar un rato el estilo sueco. En realidad, como decía antes, los números son contundentes: los raros somos nosotros. El mundo es de ellos. Su civilización y su comercio estaban antes. Occidente es como un grano sobrevenido y enorme que ha puesto de moda una forma diferente de vivir y de gastar dinero.

Tusara

Publicado: 28 diciembre, 2010 en Planetas

Recuerdo mis pies abrasados sobre el suelo candente de Tusara. Hay un momento en que el dolor se adentra y deja de ser una agresión cutánea. Hasta que la destrucción del tejido llega al hueso, me aterra una sensación áspera de angustia inmediata. Ya sé que los daños son irreparables, pero la idea de perder para siempre la carne de mis extremidades y oir de improviso el sonido lacerante de los huesos rozando contra el suelo incandescente me produce escalofríos.
Por supuesto, existe la posibilidad de despertar y descubrir que todo era un sueño. El problema estriba en que Tusara jamás ha pertenecido a mis destinos oníricos normales, esos a los que uno se desliza en cualquier cabezadita. Tusara reina en mis pesadillas. Inesperadamente y sin apenas darme cuenta me invade su tiempo casi inmóvil. Nunca llegan los huesos de mis pies a estrellarse contra el duro y ardiente suelo de Tusara porque los infinitesimales instantes en que la musculatura se evapora se estiran hacia lo interminable. Y ahí reside el terrible secreto que Tusara guarda para mí, una angustia desgarradora que se prolonga hasta el infinito.
Respecto a otro tipo de detalles tales como el paisaje, la orografía o la naturaleza de sus habitantes, no podría decir mucho; los desconozco por completo.

El mundo a nuestros pies

Publicado: 17 diciembre, 2010 en Planetas

Solaria

Publicado: 5 diciembre, 2010 en Planetas

Nunca pude ver Solaria en mis sueños. Sabía que era un lugar del futuro pues en mi imaginación ocupaba ese espacio-tiempo con absoluta claridad. Los paisajes de Solaria eran mundos iluminados por una luz afilada de fotografía en blanco y negro con mucho contraste. A pesar de esta comparación, la atmósfera de ese lugar no carecía de color. Un ténue tamiz amarillento inundaba todo, de la misma forma que el azul del cielo inunda el mundo presente, estando sin estar. En Solaria, la presión del aire debía ser sensiblemente mayor que en la Tierra; recuerdo perfectamente cómo las imágenes se distorsionaban al fijar la vista en un punto lejano. Los sonidos llegaban sordos al oído; no sé si esto era debido a la naturaleza densa del aire o a que eran sonidos imaginados.
Solaria me gustaba mucho porque representaba un punto y aparte, enterrar la mezquina realidad de la que nunca tuve conciencia que fuera otra cosa y desenvolver un tiempo por vivir.
El año pasado murieron la rubia imponente de Los Ángeles de Charlie originales y Michael Jackson. Hace un poco más, se fue al otro barrio Antonio Vega. Sospecho que a Fraga le queda poco y Fidel Castro debe estar en capilla. El BOE es online y ya no se imprime en papel. Todos aquellos que triunfaron sin teléfonos móviles y sin internet consumen su aliento en respectivas rectas finales. El futuro se echa encima como un meteorito apocalíptico y cuando estalle tras la crisis, quedará un mundo polvoriento, denso y poblado de sonidos sordos, amarillento. Entonces, el pasado reciente, que no es más que el ahora, se convertirá en leyenda y en épicas antiguas. Puede que en ese momento, si sobrevivo, mi imaginación deje escapar lo que hay en ella hacia mis sueños.

Direne

Publicado: 3 noviembre, 2010 en Planetas

No podría decir si Direne era una región perdida en algún lugar indeterminado de este mundo, o si era un mundo completo, situado allá en algún lugar lejano del universo. Lo que sí tengo muy claro es la constante sensación que experimenta cualquier foráneo que consiga trasladar allí su presencia. Lo sé porque yo estuve en Direne.
Para los habitantes de la Tierra, el nombre de ese lugar evoca la sonoridad mágica de Selene, la Luna; se podría decir que fonéticamente trae a la imaginación el revuelo sedoso de una mujer callada y pálida, dotada de musculatura fibrosa, recortada sobre el negro de la noche. Artemisa.
Sin embargo, aquellos que tienen la oportunidad de dormir en la brisa aguamarina de Direne reciben la impronta del afortunado adolescente al que una pareja experimentada inicia en el secreto del amor físico. Sin estridencias. Sin contrastes inexplicables. Sin oscuridades ni intensidades cegadoras. El color azul verdoso de Direne esconde el “desde siempre” y el “para siempre”. Aunque al llegar la mañana o al acabar la tarde el viajero despierte, en la memoria quedará indeleble un sabor a labios de otra juventud.

Delonte

Publicado: 25 octubre, 2010 en Planetas

En el duermevela que trae la siesta o un descuido matinal, mi cuerpo se sume en la quietud helada y sorda de Delonte. La experiencia es absolutamente radical, pero estoy a salvo pues mi mente permanece resguardada en el sofá o en la silla del despacho.
 Delonte es esférico y monótono. El diámetro de este mundo es increíblemente pequeño. Precisamente esta característica me permitió saber rápidamente que se trataba, en efecto, de un mundo, no de un lugar indefinido. No me afectó especialmente la probable ausencia de gravedad -en los sueños la ingravidez es una experiencia mecánica sin resultados perjudiciales- aunque su superficie brillante y pulida como un espejo marcó en mi memoria el recuerdo de las visitas a este planeta (¿por qué no llamarlo así?).
 En Delonte el frío es cósmico y vacío. Cuando la temperatura se acerca al cero absoluto, la desaparición de cualquier tipo de vibración detiene el tiempo hasta el punto de permitir a mi cuerpo el fugaz viaje de ida y vuelta en esa grieta de la realidad que es el descuido del duermevela.

Equilibrios

Publicado: 22 octubre, 2010 en Planetas

En el interior de los túneles el sonido se propaga como un ser vivo que estuviese escondido. Apenas se divisa un retazo de luz, cada cierto tiempo y coincidiendo con la proximidad de grandes espacios abiertos en la superficie. En esos puntos diría que aúlla una ciudad escondida en otra dimensión lejos de las sombras, un mundo del que solo llega la extraña arquitectura sonora que modela el espacio tubular subterráneo.
Hay otros sitios donde la luz no llega, pero el exterior se manifiesta en el grito sísmico de un océano de pies que van y vienen con prisa, de trenes que aceleran y frenan, de motores, de cosas inimaginables. Sí imagino que en otro tiempo el olor se me habría antojado fétido, pero ahora ya ni me doy cuenta. Supongo que lo echaría de menos si un golpe de viento despejara el aire de vapores.
Las uñas de mis pies se clavan profundamente en las comisuras de carne hinchada que la humedad hace crecer en los dedos. No reparo mucho en ello pues mis extremidades están adormecidas y la oscuridad me preserva del espectáculo de mi propia podredumbre.
Pensándolo bien, no estoy tan mal. Deambulo por un territorio que la urbe me entrega y no hay vecinos que incordien mi noche perpétua.
Hombre, sinceramente, a veces sí echo de menos fumar un cigarrillo. Qué le vamos a hacer.