Archivos de la categoría ‘Perdiendo el tiempo’

Carne de vaca

Publicado: 7 febrero, 2011 en Perdiendo el tiempo

Hoy he visto en la tele la imagen de una vaca pastando tranquilamente en su cercado. Los ojos bovinos en su cara de vaca no miraban nada en especial, simplemente se abrían y cerraban entre bostezo y bostezo. El animal era un auténtico pedazo de carne, sin sutileza emocional alguna, que igual muere en el matadero como aplaca la sed abrevando, con la misma expresión, aunque la procesión vaya por dentro.
Los caballos son diferentes. Establecen con su dueño o con quienes les cabalgan una relación personal e intransferible. Consiguen entregar amor o gratitud y que se note.
En el trato directo las vacas huelen fatal y siempre existe el peligro de pringarse con sus boñigas o de enfangarse en los lugares que habitan, que son el establo o un campo lleno de vacas. Los caballos no huelen menos, pero su planta y el imaginario que les rodea blindan su reputación.
En cualquier caso, aún recuerdo la sensación placentera y sutil de tranquilidad que aquel grupo de vacas pastando al sol me transmitió. No esperaban nada ni les perturbaba inquietud alguna. Habían llegado. Puede que se conformaran con poco, pero su camino estaba hecho y la balanza de los débitos equilibrada. Irradiaban paz. Supongo que por esta razón una vaca estresada es la viva imagen del sufrimiento mientras que un corcel nervioso no es más que un héroe que parte a salvar el mundo.

Cosas de los Madriles

Publicado: 13 diciembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Recados

Publicado: 21 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

El botoncito verde está desgastado y pegajoso, pero no queda más remedio que pulsarlo para pasar. Presiono y la yema de mi dedo arrastra cierta viscosidad que aunque sólo existe en mi imaginación, me produce tal asco que creo escuchar el sonido de mi piel al separarse del plástico luminoso. Las puertas semicilíndricas se abren como si una lata de cocacola gigante me ofreciera su corazón. El polvo adherido a los cantos de goma disipa el aspecto sofisticado del cristal. Paso al interior y el conjunto se cierra sobre mí empaquetándome. Algo me escruta, estoy seguro; lo percibo en el segundo de silencio que media entre mi aprisionamiento y mi liberación. Un quejido mecánico desactiva el sello por el lado opuesto al de mi entrada y el edificio me engulle. Un golpe de aire cargado, caliente, alivia mi rostro.
-Buenos días ¿qué desea?
-Quisiera pagar estos recibos.
-¿Desea hacerlo en efectivo?
-No. Quiero hacer una transferencia desde una de mis cuentas.
-¿Me facilita su documento de identidad?
-Tenga.
-Aparecen tres cuentas.
-Hágalo desde la que tiene mayor saldo.
Guarda cola una señora de espesa melena peinada en lacios mechones de cabello gris. Su foulard está bordado con hilo de oro pero es discreto. Me mira con grandes ojos azules cuyos párpados se confunden entre arrugas. Bajo el vuelo de su abrigo la falda deja al descubierto las pantorrillas. Usa medias negras, tupidas como calcetines finos. Qué moderna está sobre sus zapatillas “All Star” grises, tan bonitas; combinan bien con la melena. Sobre los gemelos de la pierna izquierda se elevan dos protuberancias vermiformes. Trazan curvas serpenteantes hacia la cara interna de la rodilla.
-Aquí tiene el resguardo de su operación.
-Muchas gracias.
-Buenos días.
La lata de cocacola gigante me escupe en sentido inverso. Aún debo comprar el pan, la prensa, algo de fruta y un saco de mantillo en la floristería. El frío de la mañana arranca tibias nubes de mi aliento y alegra el paseo, pero en mi fuero interno no dejo de pensar en las dificultades de combinar la vestimenta con un par de varices de buen tamaño.

Edipo y su teléfono

Publicado: 9 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Hace tiempo que me pasé al teléfono fijo. Llevaba demasiado jugueteando y ocurrió. El recuerdo de mi primer móvil ya no me excita. Acabó la carrera del tamaño y de las baterías inacabables, y el hambre de la variedad. ¡Ah! La variedad…  qué estimulante. No me voy a relamer evocando el mágico momento del descubrimiento, desembarazar el objeto de mi deseo del envoltorio que lo hacía más seductor aún, y mis manos estrenando tactos desconocidos; no. La estadística se impone y tras cierto número de experiencias la capacidad de sorpresa se resiente: la diversidad en el ámbito se trueca en la univocidad del ámbito en si. Aunque permanece un impulso instintivo, orgánico y monótono, como una especie de curiosidad fisiológica. A fin de cuentas, estar en contacto es una necesidad de viejos y bebes; lo raro sería no experimentarla en los estadios intermedios.
Mi teléfono fijo es precioso. No es flasheante, es bonito, simplemente. Me surte de rutina agradable, me ancla a su cobertura inquebrantable. Me hace pensar que podré legarlo a mis nietos. Concilia mi presente con el teléfono de baquelita negra que usa mi joven madre cuando telefonea en mis sueños. En mi teléfono fijo el deseo de mi primer móvil suena diferente… en vez de un hormigueo picante diría que se parece a la risa tierna de un padre que regala a su hijo la primera maquinilla de afeitar.
No es posible. Sube la presión arterial. ¿Porqué encuentro extraño este cosquilleo en la nuca? Qué molesto es tener un nudo en el estómago. A mi teléfono fijo le ha salido un adsl como un manojo de tentáculos. Parece una gorgona, lo que quiere es que le miren, que le miren constantemente. Te envicia. Ahora que soy viejo, no puedo estremecerme; me falta ingenuidad. Aún así… qué apetito tan extraño.

Cálculo diferencial

Publicado: 7 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Ninguna vida va a ningún sitio. Un pequeño cálculo lo demuestra.
Aunque el concepto de infinito es complejo –la idea de infinito engaña y no todos los infinitos son iguales-, tiene una utilidad de refilón que a veces viene al caso para resolver de un plumazo pequeños problemas de cálculo.
Tanto en el método diferencial como en el integral, uno se acerca al infinito para suponer cosas que luego se demuestran ciertas. Esto permite establecer teoremas y formas de calcular. Sin ir más lejos, las fórmulas de la velocidad y la aceleración se deducen de esta manera. Uno progresa de la quietud al movimiento, domina la distancia, y esa variación del espacio se lleva a la insignificancia infinita para dilucidar la expresión futura de todas las velocidades y sus aceleraciones. Para entonces poco importa la naturaleza del espacio recorrido. Los espacios constantes no tienen futuro porque la expresión de las velocidades y aceleraciones futuras es igual a cero. La derivada de una constante es cero.
La cuestión es que cualquier segmento finito de una magnitud siempre será despreciable frente al infinito de esa misma magnitud. En cuanto uno levanta la vista al más allá, lo que que queda más acá es un cero redondo como un universo vacío (cosa que, por otro lado, gente bastante sesuda defiende como verdad).
Y he aquí nuestras constantes vidas encerradas en un lapso constante –década arriba o abajo- pretendiendo apoderarse de nosequé trascendencia infinita y pasándose por el forro los también finitos siglos de intelectualidad matemática. Desde luego, hay que reconocer que Ratzinger ha organizado un buen revuelo con su visita. Eso sí es verdadero.

Estirados y colocados

Publicado: 2 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

A veces camino muy estirado, con la espalda muy recta y dejando que mi cabeza se despegue bien sobre los hombros. Con un poco de suerte, coincide con uno de esos días intermedios justo antes o después del invierno, cuando las nubes se aborregan en ejércitos de pompones y el sol se agradece como las mantitas que dan en los vuelos intercontinentales. Si se ajusta bien el ritmo, se puede llegar a tener la impresión de estar deslizándose, e incluso flotando. Pensándolo bien, es casi, o sin casi, una especie de colocón gratuito y saludable, un poco rayano en la paja mental, pero eficaz, cosa que acredito y juro. Es importante no meterse las manos en los bolsillos, dejarlas caer junto al torso, y dejar que los pasos se alarguen, fluidamente. La cosa no dura mucho más allá de un paseo, porque tarde o temprano toca dejar de flotar y volver a la dura realidad. Sin embargo, se queda uno con una sensación de… no sé… como de buen rollo…

Guión

Publicado: 8 octubre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Son las doce y aún no ha sonado el teléfono. No quiero preocuparme porque ya sé que estas cosas son normales. Ahora no es como antes, que si pasaba algo no podías contar con nadie. Sé positivamente que nada puede pasar, pero esta espera me está matando. No quiero fumar, pues el tabaco me altera mucho los nervios. Me da miedo hacer una llamada por si acaso coincide. Lo hemos discutido mil veces, y vaya, no hay manera. Las doce y aquí, en blanco. Ya sé que esto es nada, que es absolutamente normal, pero no puedo evitar que la espera me mate de esta forma. El teléfono no suena y mis nervios van a estallar. Desde luego, cuando lo tenga a tiro se va a acordar de mí. No sé ni porqué digo esto. Quizás ha sufrido algún percance. Puede que no sea nada importante, lo suficiente como para entretenerse y despistarse de la hora. Esto es insoportable. Y además, no lo entiendo, ¿por qué tiene que pasarme a mí esto? Precisamente a mí, que me paso la vida teniendo cuidado con estas cosas, observando todo tipo de precauciones.

-Mira, mira… Para. ¡Para!
-¿No te parece una buena introducción?
-Ese monólogo parece el testimonio de una esquizofrénica de Corín Tellado.
-Hombre, yo creo que refleja con bastante fidelidad un estado de ansiedad…
-¡Pero qué dices! Además, ¿qué clase de teléfono es ése?
-Pues un teléfono hombre…
-¡Seguro que es un teléfono de baquelita con cable! ¡Como el del recepcionista de “Psicosis”!
-Bueno, tampoco es que yo dé muchos detalles…
-¡Ya! Y qué pasa… ¿Que la niña no tiene un móvil o qué?
-¿La niña? ¿Qué niña?
-Pero a ver… ¿A quién espera esa buena mujer?
-¿Qué mujer? No hay ninguna mujer…
-Pero…
-Es un electricista paranoico que espera a que su ayudante le traiga la caja de herramientas…
-Hay que joderse…

Conmovido y sin memoria

Publicado: 28 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

No tengo memoria. Es como una ceguera hacia atrás que me obliga a afrontar el ayer como un folio en blanco. Procuro no pensar en la posibilidad de que las fabulosas ideas que acuden a mi mente como nuevos inventos no sean más que patéticas repeticiones de las que no me acuerdo. Sin embargo no consigo olvidar ese temor. Eso, y las viejas letras de los boleros que cantaba Antonio Machín. Las escuchaba de pequeño; eran los únicos discos que había en casa junto a una pequeña colección de grabaciones de Conchita Piquer y Manolo Escobar. Décadas atravesando la jungla del rock, algo de heavy y mucho jazz, y lo único que el viejo gramófono de mis neuronas alcanza a sintonizar es el tono agudo y meloso de Machín. Desanimadamente.

Puede que la memoria sea el montón de ladrillos que nutre al edificio de la nostalgia. Yo poseo una ciudad nostálgica que mi imaginación sobrevuela degustando la estética de lo que pudo haber sido; como no tengo memoria he construido los muros de mi nostalgia con recuerdos inventados. Y disfruto. Disfruto deseando un ideal ubicado en el pasado. De esa forma me ahorro el estrés que provoca la obligación de conseguir lo que pertenece al futuro.

Como nunca sé si he repetido las historias que cuento a mis amigos, entrego mis relatos como un pastel recién cocinado, absolutamente intensos y calientes. Los entrego con la sorpresa en el rostro, quemándome las manos en la ofrenda. Afortunadamente, mis amigos son clementes y comprensivos. Acogen mi narración como mi conciencia acoge las canciones de Machin que brotan del ayer en cuanto frunzo el ceño al hacer memoria. Disfrutan de mí edificando una nostalgia de la amistad que nos une, con ladrillos recién cocidos cuya singularidad reside en el milagro de no existir en el pasado.

Eternamente suyos

Publicado: 26 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

En la puerta del Infierno charlan dos amigos. No parecen especialmente afectados por el hecho de hallarse a punto de ingresar en el Averno. Las arrugas surcan el rostro de uno de ellos formando grandes y profundos pliegues que se retuercen en la mueca de la animada conversación. El hombre levanta una mano y amaga el gesto de guardarla en el bolsillo; la ropa no existe tras la muerte. Son muertos recientes y aún conservan hábitos de vivos. El brazo queda apoyado sobre su cadera desnuda, como el arco de un cántaro, apuntalando gestos que ayudan a ilustrar sus chascarrillos. Del otro individuo resalta un orfeón de dientes blancos en una sonrisa franca. Toca el hombro de su interlocutor y ambos evocan alguna vivencia del más acá. Discuten entre chiste y chiste sobre la estúpida desnudez a la que obliga el estatus post mortem y lo bien lograda que está la percepción material de sus entidades etéreas. Especulan sobre las posibilidades de tal percepción y de su rentabilidad en cuanto al ejército de alegres descarriados que imaginan habitando el más allá de esa puerta. Escupen sobre el hierro candente de la verja que sella la entrada y el vapor que desprende la saliva al consumirse arranca de sus almas una carcajada. Un tiempo que no es como el tiempo de los vivos avanza de golpe y el horizonte infernal vira en un trueno del rojo al amarillo. El grito de sus risas modula hacia un chillido travieso y la oscuridad violenta que brota de sus ojos casi alcanza a dos pequeñas figurillas que pasan revoloteando cerca del lugar. Parecen volutas de ceniza, pero no son más que un par de cristianos dignos que van camino de la vida eterna a morirse de aburrimiento.

En busca del tiempo perdido

Publicado: 15 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

“Ven a verme por la mañana”. Eso fue lo que me dijo. Me lo soltó así, tan tranquilo. No le temblaba la voz, no había odio en su mirada. Supongo que no me quedaba más remedio que afrontar su ira, soportar los golpes que necesitara descargar. El resto del día no tuve ánimos para hacer algo especial. Después de comer di un paseo por los bulevares de Argüelles, compré un cucurucho de Häagen Dazs en Alonso Martínez y bajé a Callao a hojear cómics en la Fnac.

Al caer la tarde la luz anaranjada paraliza un poco el día para que los transúntes disfruten del sol. No puedo evitar detenerme en la Gran Vía a hacer fotos de las masas de peatones inundando los pasos de cebra. Me sitúo a contraluz y en posición inversa. Observo los guiños en los rotros deslumbrados por el sol que les ciega desde mi espalda. Supongo que para ellos seré una sombra oscura recortada sobre la fuente de rayos que cae en el horizonte. No pueden verme la cara. Sólo soy un contorno delimitado por un aura luminosa, como si fuera un eclipse. Sin embargo yo les veo perfectamente. A pesar de la belleza que desprende el paisaje urbano a esa hora, la curiosidad por determinar los rasgos del hombre que les mira y les fotografía puede con su atención. Luchan contra la perpendicularidad solar que se les clava en las retinas. Retuercen los pómulos y achinan los párpados. Yo calculo el tiempo que me queda antes de que el semáforo se ponga verde y aprieto el disparador una y otra vez. Aún me queda tiempo para intentar otra tanda de fotos.

Vaya, se me ha vuelto a ir el santo al cielo; son casi las siete. Creo que no llego al trabajo. Bueno, no debe haber ocurrido nada grave pues me hubiesen telefoneado. Qué fastidio… tengo el móvil sin batería. Iré a casa a enchufarlo; ya comprobaré si hay algún mensaje. Cada vez iluminan mejor los maniquíes de los escaparates. Parecen infiltrados que observan nuestro mundo. Me gusta mirar los maniquíes femeninos, tan sugerentes y provocativos, proyectando sus turgencias de plástico sobre las conciencias de los recatados peatones. Voy a hacer algo de pasta para cenar.

“Espero que lo comprendas… Con la tarde de ayer ya son diez días los que has faltado este més… Lo hemos hablado con Recursos Humanos y creemos que lo mejor es que busques otro empleo que te motive más… No puedes seguir con nosotros… Deja en el mostrador el casco y la funda isotérmica de las pizzas… Adios.”.

Qué frío hace por la mañana. Adoro esas nubecillas que exhalan los viandantes, tan apresurados por las aceras… suerte que llevo la cámara conmigo…