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Los que siempre están

Publicado: 14 mayo, 2011 en Gajes del oficio

Hace mucho que no escribo. Puede que haya algo de pereza en ello, o falta de inspiración, o una determinación floja frente al folio en blanco. Llevo dos meses en Asia y este breve lapso de tiempo han pasado ante mis ojos la mayor catástrofe natural de la historia de Japón y la ejecución a manos del ejército norteamericano del primer terrorista global en la historia de la humanidad. Salvando la búsqueda de apartamento y descifrar el intríngulis bancario de China, a lo largo de ocho semanas estuve ahí, en la costa nordeste japonesa, cerca de la central de Fukushima, y en Abbottabad, desde donde Bin Laden supuestamente dirigía Al Qaeda y donde fue liquidado hace unos días por un comando de élite estadounidense. Temática y motivos sobraban para sembrar en la caótica habitación que es mi cabeza.  Sin embargo, tamaños titulares han enterrado esos detalles irrelevantes que son en realidad los que apetecen a mi atención, las cosas de las que suelo escribir en este blog; han quedado ahí, arrinconados, enmudecidos ante el bramido de la Historia, como el alumno torpe que calla cuando habla el empollón de la clase.

Hemos pasado seis días en Pakistán. La foto que este viaje impone es un retrato frente a la fachada de la casa de Bin Laden, pero no ha podido ser. Justo el día que llegábamos, los cuerpos de seguridad paquistaníes sellaban la zona impidiendo taxativamente el paso a cualquier periodista. Desde ese momento, el personaje principal se nos ha caído del relato y han ocupado su lugar los que siempre están, la gente normal de esta localidad, que han vivido los acontecimientos desde su rutina de personas que van al trabajo, crían sus hijos, y aunque recen con más frecuencia que nosotros, lo hacen con la misma tónica que nuestros padres o abuelos, lo cual nos cae muy cerca. A miles de kilómetros, este país casi queda reducido a un tópico del imaginario colectivo, pero aquí, pisando el mismo suelo que el señor de la peluquería que duda de que todo no sea más que un montaje porque al fin y al cabo no se han visto imágenes del cuerpo, o compartiendo mesa con un estudiante de dieciocho años escasos que opina que lo lógico es que Osama esté vivo y que todo no sea más que una treta de políticos oportunistas, la normalidad llena el aire y ocupa las veinticuatro horas del día. En el hotel se cocina un banquete para una fiesta. Sucedáneos pintorescos de Hard Rock Café e Ikea comparten la zona comercial urbana con tiendas de telas y electrodomésticos.

Bin Laden corre en nuestra imaginación por las montañas desérticas de Tora Bora, pero la realidad es que vivía a las afueras de una ciudad pequeña con sus colegios y sus cibercafés.

Por la mañana volvemos a la carga y de nuevo un par de soldados armados con Kalashnikov nos impiden acercarnos a la mansión, que de mansión tiene poco porque no es más que una casa grande de ladrillos sucios rodeada de una inmensa tapia. Pasan junto a mí dos críos. Van sucios y algo desharrapados pero no importa. En este país la elegancia vive en la gente como en las mujeres francesas, pegada a la genética, a la manera de andar y en el porte; eso es un grado, cuando sobra todo y la dignidad se hace sólida en la forma de mirar.

Pero las bombas siguen explotando en Pakistán. Da igual que lleguen desde un “dron”, esos aviones no tripulados que los americanos usan en sus ataques “quirúrgicos” en los que parece que el cirujano sea un orangután enloquecido, o pegadas al torso de un talibán suicida, que no es más que otro orangután, aunque en este caso sea un orangután entontecido. Mueren los adultos y los niños en el anonimato de la estadística cansina y repetitiva. Recuerdo cuando era un crío, el sufrimiento que experimentaba cuando lo aterrador desconocido me producía miedo. Estos niños no lloran. Muestran sus pies quemados por la explosión de hace unas horas y el drenaje del vientre perforado por la metralla como cualquier rapazuelo enseña la rodilla herida en un partido de fútbol, pero sin llorar. Y con una belleza en los ojos capaz de encender un planeta entero, siguen viviendo en silencio.

Llegados a este punto, grabo las imágenes que puedo, con el respeto que la urgencia me permite, y mando a paseo la foto frente a la guarida de Bin Laden.

Ventanas

Publicado: 23 febrero, 2011 en Gajes del oficio

El periodista gráfico que realiza la grabación busca un hueco en el enjambre de cuerpos. Procura situarse en un lugar que le permita captar lo que sucede con la mayor intensidad posible. Lo que porta entre sus manos parece una cámara de televisión, pero en realidad es una ventana tras la que aguardan miles, tal vez millones de personas. De vez en cuando, en el fragor del forcejeo, el rostro del hombre que está siendo reducido por la fuerza consigue asomarse a esa ventana. Es una aparición fugaz, seguida con avidez por las miradas de esos que aguardan dentro, expectantes. Las facciones contraidas del tipo que está siendo reducido se adueñan de la pantalla. Ya no existe otra cosa que la figura de un manifestante sometido a la fuerza de unos policías brutales.
Repentinamente, un individuo que acompaña a aquellos que intentan doblegar a ese hombre saca de algún sitio algo que parece una videocámara. Con expresión tranquila pero decidida, comienza a grabar al reportero. Los miles, o millones, que siguen la acción desde su televisor-ventana advierten al intruso que se cuela en el cuadro apuntándoles a ellos también con ese aparato, que parece una videocámara, pero que en realidad es otra ventana tras la que otros espectadores toman nota, con otras intenciones, desconocidas, más allá del puro entretenimiento o el afán informativo.