Archivos para octubre, 2011

El Imperio que viene

Publicado: 22 octubre, 2011 en Sin categoría

Ilustración: Globaltimes

Los imperios alcanzan la auténtica eternidad cuando se clavan para siempre en el recuerdo de los humanos; se convierten en leyendas imborrables que los abuelos susurrarán a sus nietos a la luz del fuego. Pero las leyendas hay que fabricarlas. Así lo hizo Tito Livio en tiempos del emperador Augusto, contando a los cuatro vientos las hazañas de las legiones en su Historia de Roma. Y tantos directores de Hollywood que nos hicieron creer en alemanes, japoneses y soviéticos (y chinos también, por cierto) como reencarnación del mal, hasta que el terror islámico ocupó ese lugar en el ránking de taquilla.
Los chinos andan ahora reconstruyendo una visión emotiva de su país que les enorgullezca, pensando ya en el imperio que será. Buscan personajes cuya vida trascienda de la cerrazón idiota que les hizo perder la Revolución Industrial, su poderío, y soportar la consecuente derrota ante el invasor occidental primero, y el japonés después. Deben ser figuras eficaces, cuyo relieve disimule con discreción los devastadores efectos del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural; los iconos políticos, si bien sobreviven con cierta dignidad de fronteras adentro, no funcionan de cara a la galería internacional. El comunismo ya no es sexy.
Pero corren otros tiempos y la sintaxis cinematográfica ya es patrimonio global. Proliferan las grandes producciones que exaltan en clave hollywoodiense la gloria del despertar del dragón. Como dato pintoresco, el Estado echa una mano contra la pujanza de la cartelera comercial norteamericana, decretando la progamación en las salas de las películas patrióticas que recrean en los corazones los grandes hitos que subrayan el nombre de China: desde el nacimiento del Partido Comunista Chino en Shangai (ciudad del pecado, paradójicamente), hasta la epopeya vital del consagrado Mao, pasando por el sufrimiento del pueblo ante los sucesivos invasores.
Ip Man fue un gran maestro en artes marciales chinas que vivió a principios del siglo XX en la ciudad de Foshan. Su estilo de Kung Fu, el Wing Chun, y su vida, han pasado a la categoría de mitos por obra de varias superproducciones de impecable factura y discurso algo naïf. Este hombre pacífico heredó y desarrolló una técnica marcial basada en la contención de la agresividad y en la honestidad. El cine chino canta su vida y su lucha desde los inicios en Foshan hasta su huida a Hong Kong tras la invasión japonesa. El Ip Man del celuloide sufre y defiende a sus paisanos del infame extranjero. Desde sus puños, el Kung Fu chino derrota al Karate japonés y al Boxeo inglés (los primeros occidentales en violentar abiertamente sus fronteras). China vence en la ilusión del espectador y el pasado, pasado está.
Hoy Foshan alberga un museo con las reliquias de su héroe. Sin embargo, los habitantes de esta ciudad no son mundialmente famosos por su valentía. Hace unos días, una furgoneta atropellaba a una niña de dos años que cruzaba una calle de esta localidad. El conductor detiene el vehículo, comprueba que hay un cuerpo bajo las ruedas, aprieta el acelerador y volviendo a pasar por encima se marcha tranquilamente. Hasta dieciocho transeúntes rodean el cuerpo diminuto, en un charco de sangre, entre convulsiones, pero todos la ignoran, como si fuera una cucaracha recién pisada. Otro camión vuelve a pasar por encima de Yue Yue, que así se llama la víctima. Finalmente, Chen Xianmei, una mujer que andaba recogiendo basura, se hace cargo de la situación y retira a la niña de la calzada, salvándola probablemente de un tercer atropello. Toda la secuencia es grabada por una cámara de seguridad y el vídeo recibe cientos de millones de visitas en internet. Periódicos de todo el mundo se hacen eco de la desgracia de Yue Yue y la miserable actitud de los transeúntes en Foshan.
Pero el debate no sólo está en la impasibilidad de los transeúntes ante una niña agonizante a sus pies, también, y esto es inaudito, en el juicio a la mujer que se detuvo a socorrerla. Aún se pone en duda que sus intenciones no fueran obtener un beneficio o hacerse famosa. Increíblemente, la madre de la pequeña ha tenido que decir públicamente que Chen “es una buena persona” para acallar esas voces.
Ip Man pertenecía a una familia acomodada. Pudo disfrutar de ese tiempo de ocio tan necesario para reflexionar. Chen Xianmei recoge basura para sobrevivir; a la piedad se llega por caminos dispares. Los habitantes del Foshan cinematográfico se rebelan en pos de la justicia. Los reales dejan morir a una criatura de dos años sin inmutarse para no verse envueltos en problemas. ¿Cuánto de unos y de otros estará en los chinos que gobernarán el imperio que viene?

Pekin, 22 de octubre de 2011

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El color del dinero

Publicado: 8 octubre, 2011 en verdades


El vecino que cada mañana saluda calurosamente cuando nos cruzamos en la piscina, aunque mi dominio del chino sea más que precario. Los miles de jóvenes que se dejan las pestañas estudiando con tesón y disciplina. La gente normal que llena los días trabajando y atendiendo a sus familias, los mismos que se reunen con amigos de fin de semana para bailar desenfadadamente cualquier música en cualquier parque. Aquellos que desinteresadamente se esfuerzan en hacer bien su trabajo y en mantener una sonrisa constante, a pesar de la precariedad salarial y de las jornadas interminables. Los abuelos que practican sus ejercicios en la calle, llenando el aire de serenidad y paz. Los que se paran a charlar espontáneamente, sin más motivo que disfrutar de la conversación y la risa sana. Son muchos, muchísimos, un buen montón de millones dentro de los mil trescientos millones de almas que habitan China. Ellos son la sustancia del país, discretamente, a pesar de sus políticos, los buenos y los malos, y a pesar de todos los que protagonizan con sus desmanes las portadas de los periódicos, que suelen ser los más canallas y los más villanos, infames depredadores que venderían a su madre por un billete de cien yuanes.
China es el país de los titulares fáciles, y la mayoría de ellos con algún motivo. Es demasiado grande, demasiado potente para encajar en el papel de vetusto residuo de los fallidos regímenes comunistas. Depuran con pena de muerte, y aunque vindican la pureza de intenciones de una clase política extremadamente profesional, hasta el rincón más pequeño tiene su corrupto local que desangra sin piedad a su propio pueblo.
Zhang Bingjian ha decidido reunir en una exposición de retratos al óleo el mayor número posible de rostros de esos corruptos. En la tele y en los periódicos aparecen como chinos, pero no son China en absoluto. Todos han sido condenados por la justicia, públicamente deshonrados. Los pintores que ayudan a Zhang utilizan el color rosa fuerte de los billetes de cien yuanes, el color con el que sueñan íntimamente esos malos de película. El resultado es un magma tentacular con el tono de la carne cruda, como el cáncer que extiende sus garras pudriendo la vida a su paso. Ellos no son China, pero son la imagen fácil de este país.
En el Imperio del Centro los símbolos son lo más parecido a la realidad después de la realidad misma. Si no se puede lograr que las cosas sean en si, bastará con que se parezcan lo suficiente a lo que pretenden ser. Vivir de la ilusión y quedar satisfechos no es peor que vivir insatisfechos sin lograr lo que se desea. Los chinos no son huecos, son prácticos.
Los corruptos sueñan con ser la efigie de Mao, que es la cara que aparece en los billetes rosas de cien. Anhelan convertirse en el símbolo adorado y definitivo, el dinero en estado puro. Pero Zhang les ha conjurado el hechizo dando la vuelta al talismán, y ahora ese color grita a los cuatro vientos la maldad que escondían como ladrones de sangre, convirtiendo en una pesadilla el sueño de su retrato en rosa.
En Guandong, granjeros y propietarios corrientes se manifiestan para protestar. Dicen que funcionarios interesados les confiscan las tierras o les obligan a malvenderlas para beneficiarse de la expansión de las ciudades. ¿Cuál de las dos Chinas ganará, la de rosa corrupto o la de carne y hueso? ¿Qué hará el Estado? ¿Sabremos la verdad o se aplastarán las protestas sin más?. China es un gran país y debe demostrarlo.
Zhang Bingjian ha viajado a Estados Unidos invitado para explicar otra de sus obras: un documental que cuenta la historia de dos actores que disfrutan disfrazándose de Mao: un ama de casa y un pastor. Pero esto, como decía el camarero de “Irma la dulce”, es otra historia.