Las uñas del talibán

Publicado: 11 septiembre, 2011 en humanos

Después de casi dos años, Afraidi abandona la guerra y regresa a casa. Es un soldado de la milicia talibán. Su mujer le agasaja y reconoce su cuerpo aunque las cicatrices lo hayan convertido en otro. Se reciben como lluvia y tierra seca. Vuelven a ser lo que eran y la esposa colorea con henna la uña del dedo meñique de su marido; así lo marca para que recuerde lo feliz que la hizo su retorno. Se trata de una historia de amor minúscula y verdadera, yo hablé con ese soldado, resumida en el color rojo de una uña de bordes negros. El resto de la mano podría ser como todo lo demás que asociamos a esos islamistas radicales, una cuenta de muertes inútiles y de rabia, armas y oración intransigente, y vidas que jamás florecerán libres.
Sin embargo, Afraidi es un pasthun que va a la guerra porque dice que los americanos han invadido su tierra, porque los drones, esos aviones sin piloto dirigidos a distancia, matan periódicamente a sus paisanos. La bandera talibán solo le da la oportunidad de tomarse la revancha; no es su bandera. A Afraidi le basta con saber que el dron mata indiscriminadamente, pero pienso en ello y no sé qué es más indigno, que te mate una cosa inanimada, o que los que te matan jamás hayan podido saber de ti nada más allá de contemplar divertidos el atontado baile que tu cuerpo en forma de punto ha trazado en la pantalla de una cámara térmica. A Afraidi y a sus vecinos, los talibanes les aniquilan el alma culpabilizando a sus cuerpos, y si se descuidan, los drones americanos les aniquilan los cuerpos ignorando sus almas.
Pero el soldado ha aparcado la guerra por un tiempo. Debe atender a su familia. Sus hijos pasan hambre porque se han desplazado al sur de la zona tribal en Pakistán, más seguro, y ya no puede ocuparse de ellos. Nadie jamás ha conquistado la tierra pasthun porque la raza de Afraidi es de guerreros, pero sus últimas razones son las de un hombre de paz. Cuando sus hijos pasan hambre, el juego de la guerra pierde sentido, y abandona en su averno a los infernales talibanes. Tampoco olvida la muerte y destrucción que el otro demonio, el americano, sigue esparciendo en su locura de venganza y miedo irracional, que a él le resultan tan ajenas e incomprensibles. Piensa en sus hijos y mira su dedo meñique, marcado por el amor de su esposa. Qué poco talibán se le ve cuando explica el significado de la henna en la uña de su dedo, a pesar de la rudeza de esas manos y de las muertes que habrán sellado. Pero da igual. En cualquier momento, una bomba lanzada por ningún piloto hará la justicia necesaria.

Islamabad, 11 de septiembre de 2011.

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comentarios
  1. Sylvia dice:

    Allí estábamos tú, Daud y yo con Afraidi hablando de muertos y bombas cuando esa uña teñida de henna nos recordó que los talibanes también aman. Lo cotidiano humaniza la guerra más cruenta y alimenta la esperanza.
    Un placer trabajar con usted, señor Cuéllar.

  2. sandra dice:

    Bonita historia dentro del horror. Como dice tu compañera hablabais de muertos, de destrucción al fin y al cabo. Dudo, como afirmas, que el soldado y su mujer vuelvan a ser lo que eran, no sería humano. Pero de lo que no me cabe duda es de que el amor todo lo sana y perdona. Probablemente ese hombre ha matado y visto morir, y su mujer ha sufrido lo indecible, pero esa uña de henna los reconcilia con el mundo, con ellos mismos y es todo un símbolo, minúsculo pero paradójicamente enorme. Yo no sabía esto y me ha emocionado. A partir de hoy, cuando me reencuentre con alguien muy querido, le pintaré una uña con henna como prueba de que el amor, la amistad y todo lo bueno siguen existiendo aún en medio del caos.

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