Archivos para junio, 2011

De dioses y opiniones

Publicado: 26 junio, 2011 en Opiniones

Con paso marcial y absoluta devoción, interminables hileras de personas suben al enorme altar presidido por una descomunal estatua que posa la mirada en el horizonte. Están organizados en grupos, pues llegan en peregrinación desde remotos lugares del país. Hombres portando coronas de flores encabezan cada comitiva, y por turnos se aproximan a la inmensa figura para depositar la ofrenda junto al océano vegetal que se acumula lentamente a los pies del ídolo. Una vez colocado el ramo, todos se hacen atrás un paso e inclinan sus torsos en varias reverencias ejecutadas al compás de algo que parece un salmo.
Seguramente, si hablara chino encontraría una interpretación a todo esto en las palabras que pronuncian estas gentes, y lo que parecen salmos probablemente sea una declaración de respeto o de devoción, que no es lo mismo. Estoy en Shaoshan, provincia de Hunan, el pueblo donde nació Mao Zedong, que es el personaje representado por esa figura de más de veinte metros a la que todos veneran.
Entre arrozales y anegados bancales sembrados de lotos, una marea humana visita la casa en la que vivió Mao. La localidad es casi un parque temático dedicado al personaje. Se venden estatuas de Mao pequeñas, medianas y de un tamaño gigantesco. Todos los restaurantes del pueblo llevan un nombre que empieza por la palabra Mao. Incluso la dueña de uno de ellos, una vieja paisana del dirigente político, ha montado a su vez su propio circo en torno a la figura de ella misma, como superviviente de una época. La señora, impecable a sus ochenta y muchos años, dirige con voz de mando su negocio. Vende merchandising a la entrada del local y explica de carrerilla las fotos que tapizan buena parte de las paredes. En ellas aparecen progresivamente el pueblo sin Mao, el pueblo con Mao, ella con Mao en el pueblo, ella y su familia con Mao, ella y su familia, y finalmente ella sola como estrella indiscutible de la historia. Miramos hacia arriba y en una pantalla de televisión el rostro de esta mujer surge entre destellos dorados. La factura del vídeo es profesional, así como el acabado del memorándum biográfico que nos regala, encuadernado en papel de lujo. A la sombra del Mao consagrado e intocable, es posible aspirar a la divinidad, divinidad menor, por supuesto, pero divinidad. Y la caja no para de sonar mientras las oleadas de peregrinos dejan su dinero.
Decía un español prominente afincado temporalmente en Pekin que a los gobernantes chinos lo que les molesta no es la naturaleza de las aficiones, creencias o tendencias políticas. Es simple y llanamente la posibilidad de que alguien consolide un liderazgo en cualquier ámbito; un estado de opinión ajeno al establecido siempre es una administración de poder paralela, ya sea en el salón o en la cocina, y puede extenderse y adueñarse de la casa entera. Cristianos, artistas traviesos, escritores con ideas extravagantes, o aquellos que denuncian algo que ha arruinado la vida de tanta gente que la suma de esas personas ya hace opinión estadísticamente, o los del 15M sin ir más lejos. Todos son una amenaza. Desde un punto de vista estrictamente profesional de la política, el razonamiento tiene sentido; las opiniones dispares entorpecen el trabajo de los gobernantes, no son prácticas. Sin embargo, cuando se opina con acierto, es posible que te conviertas en un pequeño dios. Siempre y cuando el nombre de tu restaurante sea el adecuado.
Cae la noche y la señora paisana de Mao vuelve a sus dependencias. Enciende una vela y la deposita en un altarcito para que ilumine las deidades que esconden las figurillas que rodean un busto dorado de Mao. Luego toca con fe inquebrantable un enorme amuleto repleto de luces y cristales que traerá una vez más la buena suerte a su vida.

Pekín, 26 de junio de 2011.

Estamos aquí, reunidos.

Publicado: 4 junio, 2011 en humanos

La conciencia civil encuentra su nombre en los lugares públicos que invitan a la reunión. Allí la tribu se convierte en ciudadanía, y el apetito por lo colectivo se pega a las miradas individuales. Luego, las cosas no son tan sencillas. La energía de los grandes propósitos se escabulle por el desagüe del día a día, que es la vida normal. Pero los escenarios permanecen y como un río que se empeña eternamente en ocupar el mismo cauce, los paisanos naturales y los transitorios acaban por coincidir de nuevo en el recodo de siempre. Allí se paran, porque es lo que pide el cuerpo en esos sitios, y charlan, porque es lo que pide el ánimo cuando se está reunido y a gusto. Y se reconocen mutuamente. Cafés, plazas, servirá cualquier marco en el que el foro pueda producirse; el viejo foro en que los que hablan pueden ser escuchados y los que escuchan pueden oir al que habla. Otros pasan por allí y, aunque no metan baza, se paran a enterarse del panorama. Esto también hace masa. Y cuando la idea está cocinada y apetece, apenas basta un empujón para que el lugar físico se convierta en un lugar en el imaginario, en la mente, o en el corazón, con independencia de los resultados.
Puerta del Sol en Madrid, Tahrir en El Cairo, Tiananmen en Pekín, o la Salle du Jeu de Pomme en París, donde se formuló la Revolución Francesa, viven en la memoria colectiva como lugares donde personas indignadas se atrincheraron para gritar basta. Acuñada la idea, las piedras quedan solo a título conmemorativo.
Hoy, día 4 de junio, después de 22 años, las hogueras que ardieron en la Plaza de Tiananmen siguen humeando en las mentes y voluntades de todos en los que prendió esa llama. En unos y otros alienta la indignación, el resentimiento, la frustración, la perseverancia, el agotamiento y también la esperanza. Tahrir ya no es un enclave urbano; explota cada día en Libia, Yemen, Siria. Hace poco, frente a la fachada del Instituto Cervantes de Pekín se congregó un puñado de españoles. Estudiantes, viajeros, empleados, empresarios, funcionarios. Han decidido por consenso que no quieren fotografiarse frente al rótulo gigantesco con el nombre de la institución; el lugar no es más que un punto de encuentro fácil de localizar y no tiene relación alguna con los motivos que hasta ahí les han llevado. Buscan su vida haciendo buena la expresión “buscarse la vida”, que significa superar dificultades con esfuerzo para lograr vivir, o sobrevivir, con normalidad o dignidad. Sobre un trozo de puerta a modo de tablero, han escrito una pequeña pancarta en la que se lee “Beijing” y “15M”.
Ya sea un solo hombre en Siberia, una multitud en Plaza de Cataluña, o dos docenas en Pekín, la idea se hace impulso y basta. Luego, es probable que todo quede en agua de borrajas; a ver quien gastará su existencia peleando con los tiburones vocacionales que dedican una vida entera a retorcer la política y la economía. Pero a veces, si las circunstancias son favorables y algunos de esos tiburones se pone de parte de los rebeldes, la historia da un giro. Que se lo digan si no a Sièyes y a los diputados encerrados en la Salle du Jeu de Pomme.