El niño chino

Publicado: 19 mayo, 2011 en Planetas

Lo que voy a decir es una opinión absolutamente subjetiva que probablemente cambiará con el paso del tiempo, pero como soy un recién llegado aquí, me dejaré llevar por la novedad y disfrutaré del candor de las primeras impresiones.
Comparada con Japón, la China consumista es como un hervidero caótico en el que una horda de nuevos ricos en simbiosis con el sistema aprende a conducir machacando un Rolls Royce. A falta de criterios más precisos, en esta jungla de falsificaciones los chinos pudientes han acabado por identificar la calidad con el precio desorbitado. Comprar no es solo adquirir un bien, es además un acto de afirmación y pertenencia a la realidad nueva. Por esta razón, no es igual pagar un precio razonable por lo que se necesita que ser capaz de pagar cualquier precio por lo que se desea. El que “puede”, “es”. No importa la calidad siempre que se encuentre en unos límites aceptables. Lo que distingue es que tu poder económico te permite no pensar en el precio de lo que se te antoja. Obviamente, esto lo practica una reducidísima élite, pero es una élite a la vista, cuya posición es teóricamente alcanzable por todos, y esto espolea el deseo y la competitividad. Son aspiraciones vanas a la postre porque en China, la engrasada maquinaria que exprime al trabajador le preserva encarcelado en una precariedad de sueldos ridículos y horarios inhumanos; paradoja en un país que presume de ser reducto de un comunismo institucional. China es como un señor muy viejo, lo suficientemente sabio como para sobrevivir reinventándose en una y otra infancia, tras matar siempre un poco o mucho de lo que le rodea, incluso a si mismo. Así gana espacio y alimenta a lo nuevo que llega. En este caso, el recién nacido conduce un Porsche Cayenne y saca humo a su tarjeta visa. Los muertos son la masa eterna de chinos anónimos cuyas vidas no llegan más allá de la ilusión que una telenovela hace verosímil en la imaginación. Sucumbieron en las primeras revoluciones del S. XX, luego sucumbieron en la Revolución Cultural de Mao, y ahora sucumben en las fábricas que inundan el mundo de productos “made in China”. La vieja carta de legitimidad que homologa la posesión de la riqueza en las sociedades protestantes, el “self-made”, aquí se ha impuesto tácitamente y nadie protesta. Unos vuelven al apartamento de lujo en el Porsche y otros agarran la bici para dormir entre los churretones que barnizan las viviendas hormiguero bajo nubes de polución. Y ahora que lo pienso, muchos de esos mismos chinos se dejaron la piel y la vida construyendo por un módico precio las líneas de ferrocarril que impulsaron el crecimiento industrial de los Estados Unidos en el S. XIX.
Intentando no pensar demasiado, salgo una tarde a caminar. Será mi primera visita a Tiannanmen. Es un lugar frecuentado por visitantes occidentales, pero también por muchos turistas chinos que visitan la capital de su desmesurado país. Los occidentales miran a los chinos y los chinos miran a los occidentales. Ambos son exóticos mutuamente. Considerando las cifras, en el fondo los raros somos nosotros, bajo una abrumadora estadística. Ingenuamente, como el que admira las manchas de un oso panda, dos campesinos vuelven hacia mí sus ojos con asombro y me piden el favor de dejarme fotografiar con ellos, como si yo fuera un batutsi en su poblado, a modo de trofeo turístico. Uno dirige la mano hacia su mejilla y señala mi barba con una sonrisa de aprobación. Les resulta de lo más peculiar eso de tener tanto pelo en la cara. Continúo mi paseo y me hago una foto frente al retrato de Mao que preside la plaza. Al momento, dos chicas se acercan y educadamente me piden fotografiarme con cada una de ellas. Justo antes del disparo levantan la mano haciendo una señal de victoria con los dedos. Me siento antílope disecado. Aún no sé qué pasa en este país. Llevo muy poco tiempo.
Ser turista en propia tierra es un conato de burguesía, en el sentido afrancesado del término. Esa gente que, sin dejar de arrastrar dificultades, tiene dinero y margen de maniobra para disfrutar, tener vacaciones, pensar y decidir por si mismos con autonomía. Si el número es suficiente, montan una revolución de un descontento, por eso digo lo de afrancesado, y si alcanzan masa crítica, en el sentido nuclear, ellos se convierten en el poder político.
El gobierno chino propugna ahora un cambio de directrices. Antes se premiaba la prosperidad monetaria como motor de futuro. Ahora recomiendan a la ciudadanía que comprueben si se sienten felices. Habrá que ver si esta recomendación incluye una definición de felicidad que cotejar para llegar a las conclusiones correctas.
Bajo mi punto de vista, dos fuerzas se imponen definitivamente a todas las demás. La fuerza irresistible de lo recién nacido, que desconoce el mundo existente pero a su vez crea mundo nuevo más fuerte, y la fuerza de lo inmutable, cuya lógica es irrebatible por fundamentarse en las cosas que son verdaderas e inapelables; como decía el torero, “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Todo lo demás es esperar a morir mientras se existe. China se da luz a si misma en un parto descomunal en el que la criatura, la parturienta y la partera tienen el mismo rostro, como si fuera una película de David Cronenberg. La imagen da miedo y suena a episodio mitológico a la vez.
La energía del pueblo chino bulle en la ingenuidad, espontaneidad y desenfado con el que expresan su curiosidad. El niño que llevan dentro juega con mucho desparpajo, con la libertad del que tiene una vida entera por vivir. Cualquiera te para por la calle a tirarte de la barba y echarse unas risas. Una familia corriente puede acampar en un set de comedor de IKEA y montarse un almuerzo con tupperwares para investigar un rato el estilo sueco. En realidad, como decía antes, los números son contundentes: los raros somos nosotros. El mundo es de ellos. Su civilización y su comercio estaban antes. Occidente es como un grano sobrevenido y enorme que ha puesto de moda una forma diferente de vivir y de gastar dinero.

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comentarios
  1. Esperanza dice:

    Inmenso. No dejes de escribir, aunque tengas poco tiempo.

  2. Pepa dice:

    Me encantan tus historias sobre la vida china.

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