Horas muertas

Publicado: 17 mayo, 2011 en verdades

A veinte kilómetros de la central nuclear de Fukushima no queda gente. Todos se marcharon para evitar la contaminación radiactiva. En la localidad de Hirono, a veinticinco kilómetros del reactor dañado, el señor Yamamoto desliza un delicado bastidor de madera y franquea el paso a una de las estancias de su casa de campo. Se trata de una vivienda japonesa tradicional. Cada detalle es una pequeña joya meditada hasta quedar reducida a la mínima expresión de belleza y utilidad. No falta nada y nada sobra. El suelo es un agradable tatami de fibra vegetal sobre el que jamás se ha posado un zapato.
Los abuelos del señor Yamamoto contemplan la estancia desde unas fotografías en blanco y negro muy viejas. Van ataviados con elegantes kimonos cruzados sobre el torso, y marca sus rostros una adustez que ha llegado hasta el presente guardada en la determinación sencilla de su nieto, que les supera ahora en edad. La señora Yamamoto va y viene atareada entre los fogones de su cocina. Desconocemos el motivo por el cual no hace acto de presencia. El prejuicio nos lleva a pensar que es a causa de los usos machistas del japonés tradicional, pero quizás simplemente no le dé la gana perder el tiempo con unos periodistas pesados; ya tiene edad para tomarse esas libertades.
Las tonalidades de la madera y la talla elegante de los muebles suaviza la luz de una atmósfera inundada de un olor sutil a hierba antigua. La población residente en esta zona situada a algo más de veinte kilómetros de la central nuclear de Daiichi en Fukushima, ha abandonado sus hogares y buscado refugio en otras ciudades más alejadas. Huyen de la radiación. El matrimonio Yamamoto ha decidido regresar a su pueblo y proseguir la vida que les queda. Siguen el ejemplo de otros habitantes de edad avanzada que han llegado a una misma y lógica conclusión: son demasiado viejos para que la radiación les mate antes de que lo haga el paso del tiempo. La radioactividad se ceba en los cuerpos jóvenes y es menos dañina en las células cansadas por la vejez. Compensa disfrutar de la vida construida después de tantos años y acabar tranquilos.
Guardo una fotografía que tomé hace ya casi un mes. Es la esfera rota de un reloj de pared que yace sobre un montón de ruinas en el pueblo de Ishinomaki, una de las localidades arrasadas por el gran tsunami de la costa nordeste de Japón. Una imagen de tragedia sin arreglo que solo puede reparar la construcción de una nueva vida. A las cuatro menos cuarto de la tarde se pararon también los relojes de la escuela Okawa en este mismo lugar, a orillas del río Kitakami, cuando las olas gigantes mataron de golpe a setenta de sus alumnos y a diez profesores.
Las horas son la empalizada de la memoria y un reloj detenido es como una lápida en el tiempo; señalando una muerte o un nacimiento, que son los dos únicos acontecimientos que realmente influyen en el balance de la existencia.

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comentarios
  1. Elegante y sutil. Ojalá fuésemos capaces de contar siempre así las tragedias. Un saludo.

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