La ciudad encerrada

Publicado: 14 abril, 2011 en humanos

Uno sabe que el tren está llegando a la estación de metro de Ebisu en Tokio porque, a pocos metros de la parada, la banda sonora de “La dolce vita” saluda desde los altavoces a los viajeros. No sé qué resulta más pintoresco, ser occidental en un vagón repleto de japoneses mientras la música cinematográfica de Fellini anuncia el fin de trayecto, o ser japonés y asistir a la misma escena en presencia de un occidental extraviado.
El entrechocar de hierros que alborota ruedas y railes no es precisamente el  chapoteo de Anita Eckberg y Marcello Mastroianni  jugueteando en la Fontana de Trevi, pero la situación contiene su germen de poesía. Me cuenta un buen amigo afincado en Japón que los directores de las estaciones de metro tokiotas tienen potestad entre otras cosas para elegir a discreción el tema musical que suena en las grabaciones que indican las llegadas y salidas de los trenes. Claro, esto da mucho juego; tal prerrogativa esconde una oportunidad preciosa para acuñar un pedacito de la ciudad con la propia impronta, aunque imagino que un natural del país entenderá pragmáticamente y sin rodeos el objeto utilitario de esta señal sonora.
¿Y dónde está la parte poética de esta historia? Me sigue contando mi amigo que el japonés prefiere lo perfecto predecible a las genialidades imprevistas; cuando sabes que lo que va a ocurrir sucederá de una manera precisa y conocida, te invade la tranquilidad y rozas algún tipo de nirvana nipón. A mi me parece que esta lógica de lo razonable acaba por contaminar de un aburridísimo sentido común el guión diario de la vida, y así van cayendo del día a día las risas cotidianas, como pájaros que matara la falta de oxígeno. Es la belleza de un rictus, bello pero rictus. Sin embargo, luego, en un momento dado algo efímero pasa, un cruce de miradas o una flor de cerezo que nace o que muere, y destella en la conciencia un instante de luz, y ahí está el milagro; es el espíritu del “haiku”.
Y en estas que aparece un director de estación de tren suburbano y dando un golpe de efecto inunda sus dominios con “La dolce vita”. Le imagino quitándose la gorra y rascando su cabeza de japonés con una mano japonesa de afiladas uñas, contemplando cómo el río de personas abandona el gris laboral para colorearse del descaro de Paparazzo. Suenan las locuciones informando de horarios y recordando las medidas de precaución que deben tomarse en caso de terremoto. Un hombre en traje de chaqueta cruza el andén tocado con un gorro en forma de oso de peluche con lunares negros. A su derecha, una adolescente vestida como María Antonieta mira la televisión en su teléfono móvil.  Se detiene un tren y en su interior una decena de personas duerme a pierna suelta porque las jornadas laborales les destrozan o porque no tienen dinero para pagar el alquiler y el tiempo que no trabajan duermen en bares, en locutorios telefónicos, o aquí, en un vagón de metro. Mi amigo y yo comentamos la situación y en efecto, llegamos a la conclusión que algo lírico y extraño ocurre solo para nuestros ojos, aunque hace unos días veintisiete mil personas de este mismo país perdieron la vida o desaparecieron. Es una poesía algo forzada, obviamente. Llega otro tren y suena “La dolce vita” en la ciudad encerrada.
Quiero dejar patente que todo esto que digo no debe llevar a engaño. Los japoneses se ríen mucho, a pesar de encorsetarse en las servidumbres de las jerarquías y de las normas. Guardan dentro de si un pequeño andaluz que levanta la voz cuando se emborrachan y deciden soltar a voz en grito todo lo que piensan. Y tienen algo estupendo, una capacidad innata para detectar la belleza en las cosas insignificantes y pequeñas. Cuando el día ha crecido, puedes encontrar un jardín pequeño adornado con esculturas de mármol y árboles de los que caen hojas en medio de la muralla de acero y railes que es esta ciudad. Y allí, como si estuviera disfrutando de un minuto en el paraíso, habrá alguien desenvolviendo su bocadillo en una pausa que sobre las doce del mediodía hace Tokio al unísono.
Todavía me queda por averiguar la razón por la que aquellos que nos relataron las muertes de sus seres queridos lo hicieron con una sonrisa en el rostro, mientras que en la televisión japonesa aparecen llorando a lágrima viva.

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comentarios
  1. Pepa dice:

    Con tus historias joponesas me parece estar viviendo en ese país. Sigue así. Un beso.

  2. sandra neira dice:

    No deja de ser curioso de que el país de lo predecible viva con la espada de damocles de los caprichos de la naturaleza. Es algo así como la cuadratura del círculo. Veo que lo de vivir en los ciber, en el metro, sin lugar donde reposar, sin casi pestañear sigue vigente. Pero sí, en medio de todo ese frenesí no se como pasa, pero un instante destella y te ciega y es la paz, un haiku en toda regla, el orden del caos. El oriente lejano recupera entonces su brillo y su magnetismo. Me atrevo a asegurar que, tras ese viaje tuyo que no sé lo que va a durar, pero que ya no importa, no vas a ser el mismo. Y será para bien. 幸せな経験

  3. Rafael Calvo dice:

    La pregunta final tiene una respuesta: porque vosotros soys “gaijin” (extranjeros) y es habitual en el caracter japonés la sonrisa amable al darle explicaciones al extraño, por muy terribles que sean. Otra cosa es dejarse grabar por una cámara.

  4. Rafael Calvo dice:

    Perdón: “sois”, no “soys” 😉

  5. sandra neira dice:

    Hola, extranjero
    No sé si tu viaje ha finalizado o no. Pero tengo una curiosidad. Como ya he comentado, yo me pasé 3 años con una beca en Tokyo. Mucho tiempo a primera vista pero que no fue suficiente para comprender mucho conceptos que para occidente son cuasi universales y que allí se difuminan y cambian de sustancia. Lo he debatido con otras personas en la misma situación y si es posible, me gustaría conocer tu opinión, puesto que me pareces una persona observadora y que no se queda en lo superficial. A mí mi larga estancia me ha hecho replantearme muchos valores adquiridos, bueno, en realidad en alguna manera impuestos e “indiscutibles”. Pero… es mejor el concepto que tienen de pertenecer a su empresa como un engranaje más, y con orgullo que el nuestro en el que prima el individualismo y la persona a la “marca”? es el concepto de lealtad el mismo? es el concepto de honor equiparable? es una competitividad insana? son incompatibles las empresas de “acero” con las casas de papel? no te parece una sociedad terrible en cuanto escarbas un poco al menos a los ojos de un occidental? A mí, evidentemente, mi estancia me marcó mucho. Al volver edité un libro con el MACUF sobre todas estas cuestiones, de un modo visual, y resultó ser una obra inquietante… Pero he de reconocer que engancha y que me gustaría volver. Por eso tu visión en un momento especialmente delicado sobre todas estas variables me interesan, porque, como en todo, las cosas afloran cuando hay dificultades, y es palpable que las hay, y graves. Perdona si me aprovecho, pero ahora mismo eres los ojos de todos los que te seguimos. Arigato

  6. sandra neira dice:

    Sigues en el país del sol naciente?

    Me parece interesante mandarte este enlace:

    http://blogs.wsj.com/scene/2011/04/29/the-311-tsunami-photo-project/?mod=WSJBlog&utm_medium=twitter&utm_source=twitterfeed

    También viven el dolor de puertas afuera

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