Tsunami

Publicado: 4 abril, 2011 en Sin categoría

En Tokio, Shibuya es ese lugar que todas las ciudades tienen donde sus habitantes se muestran en el escaparate de los deseos. La naturaleza del deseo es algo particular y peculiar de las culturas, y aunque las buenas costumbres recomiendan disimular lo que se anhela, manifestarse como objeto deseable es la irresistible tentación a la que los seres humanos han sucumbido en cualquier época y lugar. Por supuesto, todo esto ocurre de una forma tácita e inexpresada en palabras; la verdadera seducción debe ser como el puro magnetismo, actuar con el empuje de un viento transparente e imparable.
En Shibuya las mujeres pasean maquilladas como niñas muy putas y discretas. Enfundan desenfadadas sus piernas en medias que suben algo más de la rodilla, lo cual es muy excitante, dejando al descubierto el tramo restante de muslo hasta la ingle, desafiando a la intemperie climática y a la tranquilidad de los heterosexuales y las lesbianas que circulan por la calle haciendo como que no miran.
Más allá de Shibuya, en el oriente de ojos rasgados, se ha puesto de moda operarse los párpados para occidentalizar la mirada. Irremediablemente, los efectos de este trend quirúrgico han llegado al barrio de moda tokiota, devastando el misterio de la mirada oscura de estas mujeres que quedan así convertidas en extrañas heidis de ojillos ratunos y traje de lolita plastificada.
Afortunadamente, el bestiario humano de Shibuya no se resume en esto que digo. Justo en el centro de la zona hay un punto en el que varias calles anchas confluyen. Sobre las aceras de ese lugar, presidido por un Starbucks, los habitantes y visitantes de la capital nipona se agolpan en exquisita asepsia mientras el semáforo en rojo les contiene. En una décima de segundo absolutamente mágica, todas las luces se ponen en verde simultáneamente y una masa de rostros lejanos se convierte en oleaje y tsunami de humanidad en perfecta coreografía de animal urbano. Y allí en medio, los bárbaros y sucios occidentales admiramos en silencio la fuerza monocorde de estas tierras.

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comentarios
  1. Javi dice:

    Ya se te echaba de menos… Veo que no pierdes el tiempo y que has saltado al país vecino 🙂
    Un abrazo!

  2. ja, ja, ja… el descanso del guerrero después de tanta radiación y tanto maremoto, tu mirada de Shibuya no será muy rasgada pero sí muy masculina, un abrazo.

  3. Pepa dice:

    Me alegro de volver a leerte. Sigue contándonos cosas del Oriente. Será muy interesante tu punto de vista. Un beso.

  4. sandra neira dice:

    Japón. Una auténtica milhoja Tras una capa de modernidad subyacen sustratos que dan pavor. Yo lo veo como la frase esta de “mirando a tu suegra, verás a tu esposa en un futuro”. Somos nosotros, occidente, dentro de 20 años como mucho… ya irás contando. Feliz estancia

  5. Rafael Calvo dice:

    A los dos días exactos de llegar a Tokio, en marzo de 1999, me desayuné con una noticia local que se hacía eco, con gran escándalo, de una sórdida moda cada vez más extendida: adolescentes estaban subastando por internet sus bragas usadas, que eran ávidamente compradas por afortunadísimos fetichistas. Unos días más tarde, nueva noticia con bragas por medio; esta vez se trataba de la detención de un individuo especializado en sacárselas y robárselas a jovencitas en plena calle con una técnica insólita: quitárselas habilmente mientras caminaban en medio de las multitudes de Shibuya. Y debía practicar su inexplicable arte el tío con una delicadeza oriental, porque ya me dirás cómo se hace eso para que no lo note la víctima. Shibuya… no puedo decir como los viejetes “Entonces todo eso era campo”, pero sí aquello socorrido de “qué tiempos, qué vivencias”. Un abrazo, primo.

  6. sandra neira dice:

    Tokio. Yo estuve con una beca en 2003. Escarbando un poco, me horrorizó el conoce que había gentes que literalmente vivían en los ciber, muchachos que no salían en años de su habitaciones por miedo al mundo exterior, los carteles de “prohiido suicidarse en esta línea de metro” y, sobre todo, los grandes campamentos de lonas azules que acogen, como auténticos homeless, a ejecutivos destituídos de sus puesto de trabajo y que por vergüenza no vuelven a sus casas. Todo organizado y reglado. Una vez al mes, levantan todo el campamento, lo limpian, y otra vez a empezar… Hoy la palabra a utilizar quizá sea Kizuna: unámonos todos para ayudar a Japón. Feliz estancia

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