Recados

Publicado: 21 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

El botoncito verde está desgastado y pegajoso, pero no queda más remedio que pulsarlo para pasar. Presiono y la yema de mi dedo arrastra cierta viscosidad que aunque sólo existe en mi imaginación, me produce tal asco que creo escuchar el sonido de mi piel al separarse del plástico luminoso. Las puertas semicilíndricas se abren como si una lata de cocacola gigante me ofreciera su corazón. El polvo adherido a los cantos de goma disipa el aspecto sofisticado del cristal. Paso al interior y el conjunto se cierra sobre mí empaquetándome. Algo me escruta, estoy seguro; lo percibo en el segundo de silencio que media entre mi aprisionamiento y mi liberación. Un quejido mecánico desactiva el sello por el lado opuesto al de mi entrada y el edificio me engulle. Un golpe de aire cargado, caliente, alivia mi rostro.
-Buenos días ¿qué desea?
-Quisiera pagar estos recibos.
-¿Desea hacerlo en efectivo?
-No. Quiero hacer una transferencia desde una de mis cuentas.
-¿Me facilita su documento de identidad?
-Tenga.
-Aparecen tres cuentas.
-Hágalo desde la que tiene mayor saldo.
Guarda cola una señora de espesa melena peinada en lacios mechones de cabello gris. Su foulard está bordado con hilo de oro pero es discreto. Me mira con grandes ojos azules cuyos párpados se confunden entre arrugas. Bajo el vuelo de su abrigo la falda deja al descubierto las pantorrillas. Usa medias negras, tupidas como calcetines finos. Qué moderna está sobre sus zapatillas “All Star” grises, tan bonitas; combinan bien con la melena. Sobre los gemelos de la pierna izquierda se elevan dos protuberancias vermiformes. Trazan curvas serpenteantes hacia la cara interna de la rodilla.
-Aquí tiene el resguardo de su operación.
-Muchas gracias.
-Buenos días.
La lata de cocacola gigante me escupe en sentido inverso. Aún debo comprar el pan, la prensa, algo de fruta y un saco de mantillo en la floristería. El frío de la mañana arranca tibias nubes de mi aliento y alegra el paseo, pero en mi fuero interno no dejo de pensar en las dificultades de combinar la vestimenta con un par de varices de buen tamaño.

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