Mi vida en la chistera

Publicado: 19 noviembre, 2010 en Sin categoría

Mis ojos están justo encima de mi cabeza. Suena raro, y de hecho, cuando me miras por primera vez, no notas para nada esto que digo. Pero es cierto. En realidad, yo veo a través de lo que parece mi boca. Mi yo verdadero está dentro de lo que se ve desde fuera, que no soy yo. Esto es incómodo por muchas razones. La primera es que ver el mundo a través de la rendija que siempre es una boca, por mucho que la abras, es pesado y poco funcional. Mi paisaje es un agujero en el que suceden cosas que no puedo prever porque mi campo visual no abarca más. La segunda razón me fastidia mucho por otros motivos. Como tengo los ojos encima de la cabeza, cualquiera que se dirije a mí para hablarme o fijarse en mi aspecto lo hace posando la mirada en un lugar indeterminado hacia arriba, no sobre mis pupilas verdaderas. O sea, que me hablan pero no me miran. Eso me hace sentir insignificante, como si fuera un polizón escondido dentro de mí mismo. Me hablan como si me ignorasen. Yo respondo desde el interior y mi voz retumba, aunque a todos les parece normal. Atisbo desde mi rendija y me aturde un panorama de personas mirando a no sé dónde, como si la virgen se hubiera aparecido sobre mi cabeza. Aunque todos quieren fotografiarse conmigo, sé que soy ajeno a sus vidas; no me invitarían a café. Aún así, yo me siento fuerte y protegido porque la realidad es que nadie puede verme.
Ser un conejo gigante no contribuye mucho a mi reputación personal, como es lógico, pero puedo llevar este trabajo dentro de un cierto anonimato. Pasear por lugares públicos contratado por el Ayuntamiento te da caché de mobiliario urbano. En verano asfixia un poco el peludo traje de poliéster con la cara de Bugs Bunny, pero en invierno se agradece. Cuando llueve lo paso algo peor, pues el disfraz ya tiene unos años y el agua se cuela por la costura de las orejas. Lo mejor es que puedo esconder las manos y no me pasa como a un ratón Mickey que hay en Puerta del Sol, que parece más bien un ratón arriero, por lo ennegrecidos y callosos que tiene los dedos. Al Spiderman de la Plaza Mayor no se le nota tanto porque tiene aspecto de luchador.
Por la noche llego a casa y dejo de ser conejo. Bajo al bar, me acerco a la barra y el camarero me pregunta, mirándome directamente a los ojos. Pido una caña y suspiro aliviado.

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