Archivos para noviembre, 2010

El mundo que no he visto

Publicado: 28 noviembre, 2010 en Sueños

Ursua soltó la gasa y el pánico se apoderó de ella cuando miró sus dedos. Nunca hubiera podido intuir la forma de algo tan repulsivo: serpenteantes en su aspecto general aunque claramente articulados en segmentos dotados de movimiento autónomo. Separados por horribles callosidades, una suave capa pilosa recubría la parte superior de cada uno de los cimbreantes cilindros. La parte inferior era mullida, tal y como imaginaba que podría ser el vientre de algunos reptiles, adaptada al contacto con las diversas superficies que pudieran hallarse a su alcance. En el extremo más vibrante asomaba una especie de pico queratinoso, semitransparente. Incluso bajo el estupor de tal visión, conseguía ser consciente de las sensaciones nerviosas que dispensaban aquellas cosas. Sensaciones familiares experimentadas toda una vida y que en ese momento de estupor resultaban inconcebibles. Tras el shock inicial, Ursua cerró los ojos. No se atrevía a tocarse el rostro. No tenía valor para dejar que sus manos se aproximaran a cualquier objeto. Sentía que una capacidad autónoma se distanciaba de su cerebro perdiéndose de vista en el horizonte de su voluntad. Llamó a gritos a su madre. Como si fuera una loca. Aquellos apéndices, protuberancias, engendraban en su imaginación asco y terror.
-¡Ursua, hija! ¿Por qué te has quitado las vendas?
-¡Me picaba mucho mamá!
-El médico te dijo que esperaríamos hasta mañana.
-¡No podía más, mamá!
-¡Pero hija…! ¡Tu cara! ¡Hija!
-Sí… mamá…
-¡Me estás mirando a los ojos!
-¡Mamá! ¡Quiero llorar!
-¡Puedes ver!
-No me gusta esto mamá.
-Pero hija, debes abrir los ojos por fin. Gracias a Dios. Cuando naciste nos dijeron que serías ciega de por vida. El transplante ha obrado un milagro. ¡Deja que te toque la cara con mis dedos!
-¡No! ¡No! ¡Aleja de mí esos monstruos! ¡Otra vez no!

Recados

Publicado: 21 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

El botoncito verde está desgastado y pegajoso, pero no queda más remedio que pulsarlo para pasar. Presiono y la yema de mi dedo arrastra cierta viscosidad que aunque sólo existe en mi imaginación, me produce tal asco que creo escuchar el sonido de mi piel al separarse del plástico luminoso. Las puertas semicilíndricas se abren como si una lata de cocacola gigante me ofreciera su corazón. El polvo adherido a los cantos de goma disipa el aspecto sofisticado del cristal. Paso al interior y el conjunto se cierra sobre mí empaquetándome. Algo me escruta, estoy seguro; lo percibo en el segundo de silencio que media entre mi aprisionamiento y mi liberación. Un quejido mecánico desactiva el sello por el lado opuesto al de mi entrada y el edificio me engulle. Un golpe de aire cargado, caliente, alivia mi rostro.
-Buenos días ¿qué desea?
-Quisiera pagar estos recibos.
-¿Desea hacerlo en efectivo?
-No. Quiero hacer una transferencia desde una de mis cuentas.
-¿Me facilita su documento de identidad?
-Tenga.
-Aparecen tres cuentas.
-Hágalo desde la que tiene mayor saldo.
Guarda cola una señora de espesa melena peinada en lacios mechones de cabello gris. Su foulard está bordado con hilo de oro pero es discreto. Me mira con grandes ojos azules cuyos párpados se confunden entre arrugas. Bajo el vuelo de su abrigo la falda deja al descubierto las pantorrillas. Usa medias negras, tupidas como calcetines finos. Qué moderna está sobre sus zapatillas “All Star” grises, tan bonitas; combinan bien con la melena. Sobre los gemelos de la pierna izquierda se elevan dos protuberancias vermiformes. Trazan curvas serpenteantes hacia la cara interna de la rodilla.
-Aquí tiene el resguardo de su operación.
-Muchas gracias.
-Buenos días.
La lata de cocacola gigante me escupe en sentido inverso. Aún debo comprar el pan, la prensa, algo de fruta y un saco de mantillo en la floristería. El frío de la mañana arranca tibias nubes de mi aliento y alegra el paseo, pero en mi fuero interno no dejo de pensar en las dificultades de combinar la vestimenta con un par de varices de buen tamaño.

Mi vida en la chistera

Publicado: 19 noviembre, 2010 en Sin categoría

Mis ojos están justo encima de mi cabeza. Suena raro, y de hecho, cuando me miras por primera vez, no notas para nada esto que digo. Pero es cierto. En realidad, yo veo a través de lo que parece mi boca. Mi yo verdadero está dentro de lo que se ve desde fuera, que no soy yo. Esto es incómodo por muchas razones. La primera es que ver el mundo a través de la rendija que siempre es una boca, por mucho que la abras, es pesado y poco funcional. Mi paisaje es un agujero en el que suceden cosas que no puedo prever porque mi campo visual no abarca más. La segunda razón me fastidia mucho por otros motivos. Como tengo los ojos encima de la cabeza, cualquiera que se dirije a mí para hablarme o fijarse en mi aspecto lo hace posando la mirada en un lugar indeterminado hacia arriba, no sobre mis pupilas verdaderas. O sea, que me hablan pero no me miran. Eso me hace sentir insignificante, como si fuera un polizón escondido dentro de mí mismo. Me hablan como si me ignorasen. Yo respondo desde el interior y mi voz retumba, aunque a todos les parece normal. Atisbo desde mi rendija y me aturde un panorama de personas mirando a no sé dónde, como si la virgen se hubiera aparecido sobre mi cabeza. Aunque todos quieren fotografiarse conmigo, sé que soy ajeno a sus vidas; no me invitarían a café. Aún así, yo me siento fuerte y protegido porque la realidad es que nadie puede verme.
Ser un conejo gigante no contribuye mucho a mi reputación personal, como es lógico, pero puedo llevar este trabajo dentro de un cierto anonimato. Pasear por lugares públicos contratado por el Ayuntamiento te da caché de mobiliario urbano. En verano asfixia un poco el peludo traje de poliéster con la cara de Bugs Bunny, pero en invierno se agradece. Cuando llueve lo paso algo peor, pues el disfraz ya tiene unos años y el agua se cuela por la costura de las orejas. Lo mejor es que puedo esconder las manos y no me pasa como a un ratón Mickey que hay en Puerta del Sol, que parece más bien un ratón arriero, por lo ennegrecidos y callosos que tiene los dedos. Al Spiderman de la Plaza Mayor no se le nota tanto porque tiene aspecto de luchador.
Por la noche llego a casa y dejo de ser conejo. Bajo al bar, me acerco a la barra y el camarero me pregunta, mirándome directamente a los ojos. Pido una caña y suspiro aliviado.

Maciza

Publicado: 11 noviembre, 2010 en sexo blando

Ven… ven, acércate, por favor. Mírame… ¿te gustan mis cejas? Y mis pómulos ¿qué dices de mis pómulos? Son adorables. Mis labios podrían oler a bebé, tersos y libres de cremas artificiales. ¿Te gustan mis caderas? Son perfectas. La falda tiene una caída espectacular. El relieve de mis glúteos casi se transparenta bajo la seda. No dejes que tus nervios te traicionen, no puedo escapar… Te dejo que mires todo lo que quieras. Ya sé que esta postura es algo provocativa, pero me apetece que mi cuerpo se muestre así, vestido como si fuese desnudo. Siento que mi peinado resulte tan poco natural. Eso tendrás que pasarlo por alto. El volumen moldeado sujeta las gafas y el sombrero, pero olvídate de hundir tu rostro en rizo alguno; comprenderás que la idea de poner pelo en la cabeza de un maniquí es una ordinariez. El plástico macizo siempre dió mejor resultado.

Enganchados a la play

Publicado: 10 noviembre, 2010 en humanos

Hola mamá. Te escribo para decirte que me caso. Ya sé que debería hablar esto contigo en persona, pero ando muy liada. El videoclub no me deja ni un minuto y los mellizos me están volviendo loca. Creo que he encontrado al hombre perfecto, ahora sí. El chico no es ninguna lumbrera, pero su tío le tiene de aprendiz en el taller de la plaza Aroca y dice que hay madera en el chaval. Susana, la dueña del bar, intenta comerme la cabeza para que lo deje, que si es muy joven para mí, que blablablá… Pero yo no le hago caso. Los mellizos le adoran ¿sabes? pasan las horas muertas con él. A mí me viene muy bien porque así tengo tiempo para reponer las chucherías que tengo en la tienda antes de cerrar. Están enganchadísimos a la play. Menos mal que desde el bajo del videoclub no se oye nada, pero los vecinos se quejan del ruido, y es que lo que les gusta es poner el volumen a tope. Mi hombre es como un niño grande. Por cierto, necesito que vengas el jueves. La directora del colegio lleva dos meses detrás de mí para que vaya y me ha dado un ultimátum. Dice que uno de los mellizos está muy raro y que lo quiere ver el psicólogo. Lo que me faltaba. Bastante tenía ya con las quejas de la del primero, la que le molesta el ruido de la play, que dice además que los niños no paran de gritar y llorar cuando juegan. ¡Ah! se me olvidaba. Tráete los calzoncillos nuevos que tienes en casa para los críos. El otro día, uno de ellos amaneció perdido de sangre. No sé qué comería el tío gamberro. Ya verás mamá, no te preocupes. Casarme con este chico me hará bien. Por fin seremos una familia. Besos. Tu hija Toñi.

Edipo y su teléfono

Publicado: 9 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Hace tiempo que me pasé al teléfono fijo. Llevaba demasiado jugueteando y ocurrió. El recuerdo de mi primer móvil ya no me excita. Acabó la carrera del tamaño y de las baterías inacabables, y el hambre de la variedad. ¡Ah! La variedad…  qué estimulante. No me voy a relamer evocando el mágico momento del descubrimiento, desembarazar el objeto de mi deseo del envoltorio que lo hacía más seductor aún, y mis manos estrenando tactos desconocidos; no. La estadística se impone y tras cierto número de experiencias la capacidad de sorpresa se resiente: la diversidad en el ámbito se trueca en la univocidad del ámbito en si. Aunque permanece un impulso instintivo, orgánico y monótono, como una especie de curiosidad fisiológica. A fin de cuentas, estar en contacto es una necesidad de viejos y bebes; lo raro sería no experimentarla en los estadios intermedios.
Mi teléfono fijo es precioso. No es flasheante, es bonito, simplemente. Me surte de rutina agradable, me ancla a su cobertura inquebrantable. Me hace pensar que podré legarlo a mis nietos. Concilia mi presente con el teléfono de baquelita negra que usa mi joven madre cuando telefonea en mis sueños. En mi teléfono fijo el deseo de mi primer móvil suena diferente… en vez de un hormigueo picante diría que se parece a la risa tierna de un padre que regala a su hijo la primera maquinilla de afeitar.
No es posible. Sube la presión arterial. ¿Porqué encuentro extraño este cosquilleo en la nuca? Qué molesto es tener un nudo en el estómago. A mi teléfono fijo le ha salido un adsl como un manojo de tentáculos. Parece una gorgona, lo que quiere es que le miren, que le miren constantemente. Te envicia. Ahora que soy viejo, no puedo estremecerme; me falta ingenuidad. Aún así… qué apetito tan extraño.

Cálculo diferencial

Publicado: 7 noviembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Ninguna vida va a ningún sitio. Un pequeño cálculo lo demuestra.
Aunque el concepto de infinito es complejo –la idea de infinito engaña y no todos los infinitos son iguales-, tiene una utilidad de refilón que a veces viene al caso para resolver de un plumazo pequeños problemas de cálculo.
Tanto en el método diferencial como en el integral, uno se acerca al infinito para suponer cosas que luego se demuestran ciertas. Esto permite establecer teoremas y formas de calcular. Sin ir más lejos, las fórmulas de la velocidad y la aceleración se deducen de esta manera. Uno progresa de la quietud al movimiento, domina la distancia, y esa variación del espacio se lleva a la insignificancia infinita para dilucidar la expresión futura de todas las velocidades y sus aceleraciones. Para entonces poco importa la naturaleza del espacio recorrido. Los espacios constantes no tienen futuro porque la expresión de las velocidades y aceleraciones futuras es igual a cero. La derivada de una constante es cero.
La cuestión es que cualquier segmento finito de una magnitud siempre será despreciable frente al infinito de esa misma magnitud. En cuanto uno levanta la vista al más allá, lo que que queda más acá es un cero redondo como un universo vacío (cosa que, por otro lado, gente bastante sesuda defiende como verdad).
Y he aquí nuestras constantes vidas encerradas en un lapso constante –década arriba o abajo- pretendiendo apoderarse de nosequé trascendencia infinita y pasándose por el forro los también finitos siglos de intelectualidad matemática. Desde luego, hay que reconocer que Ratzinger ha organizado un buen revuelo con su visita. Eso sí es verdadero.

Preguntas y confesiones

Publicado: 6 noviembre, 2010 en humanos

Uno que pasaba por ahí, sufre tal comezón en el trasero que no aguanta más e inquiere a Google por su problema. Busca una respuesta pero formula su pregunta como una afirmación “me pica el culo”. En el fondo, deseaba atisbar un reflejo de su situación en otras historias de humanos doloridos y sentirse arropado en la desgracia común. De hecho, el resultado no le alivió por lo informativo, más bien le deparó el consuelo de saber cuántos como él deambulaban con sus intimidades en carne viva.
En Google depositas un manojo de palabras sueltas y te devuelve una perdigonada informe de resultados homologados por la estadística, no por la razón. Sin embargo, cuando empaquetas entre comillas el objeto de tu inquietud, Google entresaca del obsceno magma humano penas y alegrías idénticas, formuladas en su día con la misma desazón, curiosidad, miedo o simple gozo. Y qué alivio, descubrir a otros, en la punta opuesta del mundo, con secretos tan espinosos como los nuestros, o, en otra tesitura, con la misma tentación de caer en pecados inconfesables, salvo a Google.

Acero

Publicado: 4 noviembre, 2010 en verdades

Vivimos, y algo se queda atrás. Pero las piezas perdidas no lo están, perdidas, quiero decir. No lo están porque ocupan su lugar hiriendo la memoria nostálgica. Sin piezas perdidas no existiría el dolor que completa esa peculiar forma de ser de aquellos que tienen experiencia; serían niños eternos, enteros, completos y avejentados en una extraña progeria de imberbes ilesos que miran sin saber qué ven porque ningún reguero de sangre ha escrito palabras indelebles en sus recuerdos.
El rostro de los hombres hechos es un paisaje desapuntalado por las piezas que ya no volverán, un desván de la ternura que el desamparo provoca, y un acero inmune al dolor.

Direne

Publicado: 3 noviembre, 2010 en Planetas

No podría decir si Direne era una región perdida en algún lugar indeterminado de este mundo, o si era un mundo completo, situado allá en algún lugar lejano del universo. Lo que sí tengo muy claro es la constante sensación que experimenta cualquier foráneo que consiga trasladar allí su presencia. Lo sé porque yo estuve en Direne.
Para los habitantes de la Tierra, el nombre de ese lugar evoca la sonoridad mágica de Selene, la Luna; se podría decir que fonéticamente trae a la imaginación el revuelo sedoso de una mujer callada y pálida, dotada de musculatura fibrosa, recortada sobre el negro de la noche. Artemisa.
Sin embargo, aquellos que tienen la oportunidad de dormir en la brisa aguamarina de Direne reciben la impronta del afortunado adolescente al que una pareja experimentada inicia en el secreto del amor físico. Sin estridencias. Sin contrastes inexplicables. Sin oscuridades ni intensidades cegadoras. El color azul verdoso de Direne esconde el “desde siempre” y el “para siempre”. Aunque al llegar la mañana o al acabar la tarde el viajero despierte, en la memoria quedará indeleble un sabor a labios de otra juventud.