La prima Ana

Publicado: 20 octubre, 2010 en humanos

-¿Me da fuego?
-Claro que sí, hombre.
-Vaya mañana, me apetecía ya un cigarrito. Se nota el frío ¿eh?
-Sí.
-¿Son ustedes familiares?
Mueven la cabeza en un gesto afirmativo y el de la derecha, el de la cazadora vaquera, deja caer los párpados sobre unos ojos enrojecidos.
-Primos hermanos de la mujer. También somos tíos de la niña.
-Cuanto lo siento.
Los ojillos del hombre rural escrutan lo desconocido como la nariz de un gato salvaje escarba en el viento. El rostro atezado y los retazos de pelo mal cortado junto a la calva acentúan el aspecto instintivo de su recelo.  Y cuando la confianza abre la conversación, la mirada franca guarda un eco entrañable de niño dolorido.
– Soy seis años mayor que ella. De pequeños era como nuestro juguete. Éramos ella y sus cinco primos mayores: yo, mi hermano mellizo y él y su hermano. Aún recuerdo el día que se quedó encerrada en una habitación, tan pequeñita… La buscábamos gritando ¡Chana! ¡Chana! ¡Cuánto nos reíamos!
-Duele el recuerdo.
-¡Que si duele dice usted! Le decíamos Chana por Ana, su nombre, ¿sabe usted?. Ella iba a las clases de aerobic en el gimnasio. El tío vino de Madrid o de no sé donde. Ella se apuntó al aerobic y ahí se conocieron.
-¿Así que el tío montó un gimnasio?
-Sí, era cinturón negro quinto dan, ¡fíjate lo que era!
-Parece mentira.
De vuelta al interior del edificio tras apurar las colillas, ellos giran a la izquierda y suben por las escaleras.  A la derecha está la sala de prensa, junto al monitor de vídeo que muestra la sala del juzgado y el curso de la vista judicial. El acusado es un hombre de complexión ancha con el pelo bien cortado. Viste un jersey color maíz de cuello redondo y una camisa celeste de corte clásico. Los arcos superciliares pronunciados y el ancho mentón construyen un rostro macizo, entristecido bajo unas mejillas caidas y patéticas. La montura azul de sus gafas es de estilo italiano. Un marco extraño para la mirada de cemento que tiene este hombre. Parpadea y al hacerlo bizquea levemente, pero su tranquilidad es perfecta. Levanta las manos para tocarse la cara y deja a la vista el acero de las esposas que lo engrilletan. Sus dedos son gruesos y las palmas anchas. No es difícil imaginar el impacto de esos nudillos encallecidos por el saco de arena sobre la frágil anatomía de Ana, la primita pequeña que cuando creció se apuntó a clases de aerobic en el gimnasio que montó ese forastero, profesor de kárate, el mismo con el que luego se lió y se casó; el padre de la criatura de la que estaba embarazada cuando murió a golpes. El mismo que la mató con sus propias manos, a ella y a su sobrina. Los periodistas no dan crédito.
-¿Viste el informe del forense?
-Hemorragia pulmonar, en el paquete intestinal y hematomas cerebrales.
-La niña estaba destrozada. Pero lo de la mujer embarazada es espantoso.
-Él dice que fue presa de un enajenamiento mental, que con lo que sabe podría haberlas matado en un santiamén.
-¿Sin tanta saña?
-Sí, lo de la saña fue un arrebato.
-Y lo dice tan tranquilo…
-¿Y ese de la esquina?
-¿El de la cazadora vaquera que llora?
-Sí
-Es un primo de la muerta.
-Pobrecillo.

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