Empírico

Publicado: 3 octubre, 2010 en sexo blando

Una vez toqué unas tetas postizas. Me encontraba trabajando en ese momento y casualmente tuve la oportunidad de palpar una teta con relleno de silicona. Dar cuenta de la naturaleza de mi ocupación no viene al caso, aunque bien es cierto que fue eso lo que propició tal experiencia. Y digo experiencia, sí, porque la impresión que provocó en mí el tacto de aquel pecho desmontó cualquier fruición adulta que animara mi mano en favor de una curiosidad infantil irrefrenable.
La cosa es que la teta estaba fría. A esas alturas ya habían pasado muchas tetas por mis manos, y aquella, asida sin reparos y sin la agotadora molestia de seducciones previas, no deparó chispazo alguno ni demoledoras pulsiones. Era una teta fría que en lo primero que me hizo pensar fue en los pormenores mecánicos que su dueña debía asumir en cuanto a su manejo y exhibición. Sin duda alguna, si la temperatura de aquel pecho hubiera sido la adecuada, los oídos de mi ser habrían captado desde lo inmemorial la inconfundible llamada de la selva, un aullido evocado sin confusiones en tantos momentos, aunque la teta más que teta fuese un botón orgulloso y erguido en medio de la plaza fuerte que siempre es un pecho por plano que sea.

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