Archivos para octubre, 2010

Moribundas y geniales

Publicado: 30 octubre, 2010 en sexo blando

A toda velocidad surcan dos lágrimas un panorama mojado. Esquivan pequeños accidentes en un zigzag nervioso y trazan sendas líneas de cristal jugando como enamoradas. No sé si se persiguen o se acompañan, pues el amor es eso mismo y ambas cosas pudiera ser. En realidad tampoco me importa mucho. Los surcos son efímeros, como tantas cosas del amor, y pronto el vapor de la ducha cubrirá con un manto de rutina el campo de batalla; en poco tiempo será como si nada hubiera pasado. Apoyo mi dedo índice sobre el cristal e irrumpo como una catástrofe en el juego feliz de mis dos gotas de agua. Dibujo unas letras inconexas en el cristal de la mampara y luego paso la mano para que más tarde no queden señales. La superficie transparente que protege mi baño de las salpicaduras es inerte y monótona. No tiene el aspecto fértil de unas mejillas saladas por el llanto o la alegría, pero siempre me conmueve el poético espectáculo de las gotas cayendo al vacío en un dibujo de belleza instantánea, moribundas y geniales. Como esas figuras que las nubes modelan en otoño y primavera.

Anuncios

Delonte

Publicado: 25 octubre, 2010 en Planetas

En el duermevela que trae la siesta o un descuido matinal, mi cuerpo se sume en la quietud helada y sorda de Delonte. La experiencia es absolutamente radical, pero estoy a salvo pues mi mente permanece resguardada en el sofá o en la silla del despacho.
 Delonte es esférico y monótono. El diámetro de este mundo es increíblemente pequeño. Precisamente esta característica me permitió saber rápidamente que se trataba, en efecto, de un mundo, no de un lugar indefinido. No me afectó especialmente la probable ausencia de gravedad -en los sueños la ingravidez es una experiencia mecánica sin resultados perjudiciales- aunque su superficie brillante y pulida como un espejo marcó en mi memoria el recuerdo de las visitas a este planeta (¿por qué no llamarlo así?).
 En Delonte el frío es cósmico y vacío. Cuando la temperatura se acerca al cero absoluto, la desaparición de cualquier tipo de vibración detiene el tiempo hasta el punto de permitir a mi cuerpo el fugaz viaje de ida y vuelta en esa grieta de la realidad que es el descuido del duermevela.

Equilibrios

Publicado: 22 octubre, 2010 en Planetas

En el interior de los túneles el sonido se propaga como un ser vivo que estuviese escondido. Apenas se divisa un retazo de luz, cada cierto tiempo y coincidiendo con la proximidad de grandes espacios abiertos en la superficie. En esos puntos diría que aúlla una ciudad escondida en otra dimensión lejos de las sombras, un mundo del que solo llega la extraña arquitectura sonora que modela el espacio tubular subterráneo.
Hay otros sitios donde la luz no llega, pero el exterior se manifiesta en el grito sísmico de un océano de pies que van y vienen con prisa, de trenes que aceleran y frenan, de motores, de cosas inimaginables. Sí imagino que en otro tiempo el olor se me habría antojado fétido, pero ahora ya ni me doy cuenta. Supongo que lo echaría de menos si un golpe de viento despejara el aire de vapores.
Las uñas de mis pies se clavan profundamente en las comisuras de carne hinchada que la humedad hace crecer en los dedos. No reparo mucho en ello pues mis extremidades están adormecidas y la oscuridad me preserva del espectáculo de mi propia podredumbre.
Pensándolo bien, no estoy tan mal. Deambulo por un territorio que la urbe me entrega y no hay vecinos que incordien mi noche perpétua.
Hombre, sinceramente, a veces sí echo de menos fumar un cigarrillo. Qué le vamos a hacer.

La prima Ana

Publicado: 20 octubre, 2010 en humanos

-¿Me da fuego?
-Claro que sí, hombre.
-Vaya mañana, me apetecía ya un cigarrito. Se nota el frío ¿eh?
-Sí.
-¿Son ustedes familiares?
Mueven la cabeza en un gesto afirmativo y el de la derecha, el de la cazadora vaquera, deja caer los párpados sobre unos ojos enrojecidos.
-Primos hermanos de la mujer. También somos tíos de la niña.
-Cuanto lo siento.
Los ojillos del hombre rural escrutan lo desconocido como la nariz de un gato salvaje escarba en el viento. El rostro atezado y los retazos de pelo mal cortado junto a la calva acentúan el aspecto instintivo de su recelo.  Y cuando la confianza abre la conversación, la mirada franca guarda un eco entrañable de niño dolorido.
– Soy seis años mayor que ella. De pequeños era como nuestro juguete. Éramos ella y sus cinco primos mayores: yo, mi hermano mellizo y él y su hermano. Aún recuerdo el día que se quedó encerrada en una habitación, tan pequeñita… La buscábamos gritando ¡Chana! ¡Chana! ¡Cuánto nos reíamos!
-Duele el recuerdo.
-¡Que si duele dice usted! Le decíamos Chana por Ana, su nombre, ¿sabe usted?. Ella iba a las clases de aerobic en el gimnasio. El tío vino de Madrid o de no sé donde. Ella se apuntó al aerobic y ahí se conocieron.
-¿Así que el tío montó un gimnasio?
-Sí, era cinturón negro quinto dan, ¡fíjate lo que era!
-Parece mentira.
De vuelta al interior del edificio tras apurar las colillas, ellos giran a la izquierda y suben por las escaleras.  A la derecha está la sala de prensa, junto al monitor de vídeo que muestra la sala del juzgado y el curso de la vista judicial. El acusado es un hombre de complexión ancha con el pelo bien cortado. Viste un jersey color maíz de cuello redondo y una camisa celeste de corte clásico. Los arcos superciliares pronunciados y el ancho mentón construyen un rostro macizo, entristecido bajo unas mejillas caidas y patéticas. La montura azul de sus gafas es de estilo italiano. Un marco extraño para la mirada de cemento que tiene este hombre. Parpadea y al hacerlo bizquea levemente, pero su tranquilidad es perfecta. Levanta las manos para tocarse la cara y deja a la vista el acero de las esposas que lo engrilletan. Sus dedos son gruesos y las palmas anchas. No es difícil imaginar el impacto de esos nudillos encallecidos por el saco de arena sobre la frágil anatomía de Ana, la primita pequeña que cuando creció se apuntó a clases de aerobic en el gimnasio que montó ese forastero, profesor de kárate, el mismo con el que luego se lió y se casó; el padre de la criatura de la que estaba embarazada cuando murió a golpes. El mismo que la mató con sus propias manos, a ella y a su sobrina. Los periodistas no dan crédito.
-¿Viste el informe del forense?
-Hemorragia pulmonar, en el paquete intestinal y hematomas cerebrales.
-La niña estaba destrozada. Pero lo de la mujer embarazada es espantoso.
-Él dice que fue presa de un enajenamiento mental, que con lo que sabe podría haberlas matado en un santiamén.
-¿Sin tanta saña?
-Sí, lo de la saña fue un arrebato.
-Y lo dice tan tranquilo…
-¿Y ese de la esquina?
-¿El de la cazadora vaquera que llora?
-Sí
-Es un primo de la muerta.
-Pobrecillo.

Nos vemos en los bares

Publicado: 20 octubre, 2010 en Sin categoría

JMCB se topó de frente con uno cuyo rostro le era muy familiar. Coincidía que tal persona era conocida del acompañante de JMCB, y ambos se saludaron. Todos pidieron café pues el encuentro ocurrió en un bar y entre los dos conocidos se intercambiaron palabras apoyadas en lo que parecía más proximidad que distancia.
JMCB pensaba que su anonimato le parapetaba en alguna medida y sin más estrategias dedicó su atención al café, a la empanada argentina que sirven en el establecimiento y a situar aquella cara perdida en su memoria de pez.
Mucha gente pasa ante los ojos de JMCB. Particularmente frente a su ojo derecho. Esto es cierto aunque algo engorroso de explicar, pero así es. Día tras día, fueron decenas que llegaron a centenas y tal vez miles con los años. Por alguna razón, un porcentaje de esa gente que se expone a la mirada de JMCB tiende a parecerse entre si. Pertenecen a un paradigma estético; tienen la misma pinta. Esto es una opinión, y aunque no es demostrable podría consensuarse sin dificultad. Los motivos de tal afinidad de aspectos se pierden en suposiciones porque las teorías formuladas al respecto no parecen serias. JMCB achacó la familiaridad de aquel rostro a algún encuentro fortuito en un pasado sin tiempo exacto, más allá de antesdeayer.
La empanada argentina estaba realmente deliciosa y el café extraordinariamente bueno. Siempre es un juego agradable y puntual alabar pequeñas destrezas. Al cabo de cinco minutos, a la conversación con la camarera se sumó el dueño del local, de origen claramente argentino.
Por la tarde, con la memoria menos aterida, JMCB recordó los ademanes de aquel sujeto sin nombre, su tranquilidad manejando los cubiertos. Algunos comensales tienden a esgrimir los utensilios de comer cuando apostillan argumentos en la conversación, pero el tenedor de este hombre ocupaba el espacio entre sus dientes y el plato como batuta entre redonda y corchea (su discurso era pausado). El restaurante era chino y la comida no daba para lirismos de tenedor y batuta, pero bueno, al fin y al cabo este asunto gira más en torno al estilo de los comensales y a la memoria de los testigos anónimos.

Hortalizas y cohetes

Publicado: 19 octubre, 2010 en sexo blando

Televisión Española, Canal 24H. La presentadora del informativo depositaba nombres cuidadosamente: Kubica, Button, Alonso, Massa… hombres veloces en la crónica deportiva de automovilismo. Los ordena con mimo, entonando la locución con cierto ritmillo, al gusto del periodismo deportivo vigente. Alinea el grupo de cabeza, los de siempre, y hace una pausa antes de coronar al líder de la lista. Sonríe, arquea la espalda y convoca a la complicidad ladeando la cara en un gesto coqueto.

-El más rápido es… Kubica… por cierto… así que es el que va… como si fuera… un.. un… ejem…

La presentadora sonríe ligeramente violentada, pero recupera la compostura. Acentúa el arqueo de su espalda, como una niña pequeña sorprendida en un renuncio, mira sus papeles, vuelve a sonreir y liquida la comparación que se resistía a salir de sus labios:

-Como si fuera, ejem… pues… un… un… como si fuera ¡un pepino!

Pronuncia la palabra prohibida abriendo mucho los ojos. Parece que diera por sentado que el sustantivo hortícola esconde algo soez y que ella también ha sido la víctima de la irrupción de ese término. Abre los ojos y sonríe haciendo ajeno a su persona el pepino cuya presencia ha sido perpetrada por otro, probablemente el periodista autor de los textos que ella lee ante ante la cámara.

Luego da paso a la siguiente noticia, algo relativo a una misión espacial. Aprovecha el tirón y en un repecho a modo de pausa recalca que el pepino mencionado se trata de un cohete, en realidad.

No es por nada, pues ¿quién va a pensar que hablando de velocidad y pilotos de Fórmula Uno, un pepino pueda no ser otra cosa que un objeto raudo como un cohete? ¿Qué más podría ser una hortaliza de esas dimensiones y aspecto?

Un traje para siempre

Publicado: 19 octubre, 2010 en Sin categoría

La felicidad es una pátina a la que uno se acomoda como a la ropa usada que te sienta bien. Por supuesto, la ropa acaba por deteriorarse y quedar por el camino a jirones. Cuando eso pasa, que pasa de cuando en cuando, el único remedio es asumir la molestia de buscar una vestimenta nueva que se ajuste a nuestro bienestar. Aunque la identidad se reparte entre lo que ve uno mismo y lo que ven los otros, siempre se impone la visión propia; lo otro importa mecánicamente, pero no hace mella en la felicidad íntima. Por eso uno busca y rebusca, a la caza de ese traje ideal en el que lo informe del propio ser quede perfectamente integrado en una composición a la que el alma pueda agarrarse, acurrucarse y dormir con un sueño traquilo y hogareño.

Trucos de un viajero de pueblo

Publicado: 14 octubre, 2010 en humanos

-Quisiera un billete por favor, a Espartinas.
-Tenga.
-¿Cuánto es?
-Son setenta y cinco pesetas.
-Muchas gracias.
A esa hora de la tarde conviene un asiento en la hilera de la derecha. El sol estival no es una broma en Sevilla. Desde las doce del mediodía, el “escai” recalentado de los estrechos butacones abrasa las piernas que la ropa veraniega deja al descubierto.
-¿Le importa?
-Pase, pase… el asiento está libre…
Existe un impulso incomprensible que lleva a los usuarios de estos autobuses a sentarse siempre junto al pasillo, aunque esté libre el lado de la ventana. Posiblemente se trate una estrategia, secreta y mezquina, cuyo fin no confesado persiga obstaculizar el paso a esa plaza adyacente junto al cristal. El resto de los viajeros va desfilando en procesión. Uno a uno miran de reojo el sitio libre, pero la estrechez y algún bulto hábilmente situado les desaniman. Una vez que los flancos del pasillo están completos, comienza el relleno de huecos. Los privilegiados que consiguieron su pequeña posición de fuerza desgranan en silencio la imaginaria cuenta atrás. El ronquido de los viejos motores diesel apuntala sus esperanzas. Ya queda poco. Atisban al pasaje acomodar sus humanidades con algún aparato de torpezas. El vehículo emprende la marcha y los afortunados respiran tranquilos, estiran sus piernas y toman posesión del espacio preservado con tesón y silencio.
La corriente de aire que circula desde los ventanucos superiores amansa la tensión del día. El alivio transforma el instinto asesino del sol andaluz en un calorcillo para echar la siesta. La luz atraviesa el humo de los cigarrillos en rectilíneos rayos y al cabo de tres cuartos de hora, como siempre, habrá que estar atentos a la parada, pues en esos tiempos aquel chófer, aunque un conocido del pueblo, no avisaba casi nunca.

Guión

Publicado: 8 octubre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Son las doce y aún no ha sonado el teléfono. No quiero preocuparme porque ya sé que estas cosas son normales. Ahora no es como antes, que si pasaba algo no podías contar con nadie. Sé positivamente que nada puede pasar, pero esta espera me está matando. No quiero fumar, pues el tabaco me altera mucho los nervios. Me da miedo hacer una llamada por si acaso coincide. Lo hemos discutido mil veces, y vaya, no hay manera. Las doce y aquí, en blanco. Ya sé que esto es nada, que es absolutamente normal, pero no puedo evitar que la espera me mate de esta forma. El teléfono no suena y mis nervios van a estallar. Desde luego, cuando lo tenga a tiro se va a acordar de mí. No sé ni porqué digo esto. Quizás ha sufrido algún percance. Puede que no sea nada importante, lo suficiente como para entretenerse y despistarse de la hora. Esto es insoportable. Y además, no lo entiendo, ¿por qué tiene que pasarme a mí esto? Precisamente a mí, que me paso la vida teniendo cuidado con estas cosas, observando todo tipo de precauciones.

-Mira, mira… Para. ¡Para!
-¿No te parece una buena introducción?
-Ese monólogo parece el testimonio de una esquizofrénica de Corín Tellado.
-Hombre, yo creo que refleja con bastante fidelidad un estado de ansiedad…
-¡Pero qué dices! Además, ¿qué clase de teléfono es ése?
-Pues un teléfono hombre…
-¡Seguro que es un teléfono de baquelita con cable! ¡Como el del recepcionista de “Psicosis”!
-Bueno, tampoco es que yo dé muchos detalles…
-¡Ya! Y qué pasa… ¿Que la niña no tiene un móvil o qué?
-¿La niña? ¿Qué niña?
-Pero a ver… ¿A quién espera esa buena mujer?
-¿Qué mujer? No hay ninguna mujer…
-Pero…
-Es un electricista paranoico que espera a que su ayudante le traiga la caja de herramientas…
-Hay que joderse…

Gatoperro

Publicado: 5 octubre, 2010 en humanos

El murmullo que llega del otro lado de la manzana eriza el pelo de André. Contrae los pliegues faciales y deja escapar la afilada amenaza de sus dientes entreabiertos. El crujir de la hojarasca hace casi visible a la fuente de sonido. En un instante, un cuerpo pequeño deja de pisar la hierba. Sus pedazos palpitan por segundos, no mueren inmediatamente; aún muestran la suavidad de la piel que los cubre. André necesita estar a solas. Necesita encerrar lo que lleva dentro de si, recuperar la continencia. Se sienta en un gesto oscuro junto a los despojos. El entumecimiento de la furia abandona sus sentidos con lentitud, dejando el rastro de una resaca pesada.
André gime de alegría cuando hago volar los huesos de plástico que su médico me recomienda. En la tienda de animales me miran raro cuando en el mostrador pregunto por ese tipo de artefacto. André se acurruca en mi pecho y devuelve la mirada al dependiente que teme cruzar sus ojos con los suyos. Cuando aparece su juguete agita la cola de puro contento.
-¡Pelusa! ¡Pelusaaa! ¡Pelusa está muerto mamá!
-¿Pero qué dices niño?
-¡Sí! ¡Mira! Ahí está en la calle hecho pedazos…
-¡Por Dios! ¡Si tiene la cabeza arrancada de cuajo!
-¡Mira mamá! Otro gatito del barrio está llorando junto a él… Le da besitos…
-Pero hijo, ¡si está masticando un trozo de carne!

André levanta la cabeza. De sus fauces cae un pedazo de hígado a medio masticar. Me ha visto empuñar su hueso favorito y en una décima de segundo olvida la tragedia que ha perpetrado en la acera. Salta como solo los gatos saben hacerlo y exige con ansiedad el inicio de nuestro juego. Extiendo mi brazo hacia atrás y lanzo la pieza de plástico blanco con fuerza, más allá del jardín. Como una centella, André vuela sobre los setos como solo los perros saben hacerlo y regresa ufano y orgulloso con su presa en la boca. Deposita el hueso artificial a mis pies y lame mis zapatos con la sumisión del mejor amigo del hombre.