La civilización

Publicado: 24 septiembre, 2010 en humanos

Llevo una semana sin cuarto de baño. Por una serie de circunstancias que ahora no vienen al caso, llevo siete días arrastrando mi cuerpo por duchas ajenas, gestionando la costra a deshoras y sin el abrigo del propio hogar. Técnicamente no supone un problema; la costra está bajo control. Pero mi estado de nervios se resiente. No puedo esconder mi intimidad para el reciclaje diario en hombre nuevo.
Supongo que durante siglos, el olor corporal campaba a sus anchas en los intersticios de la comunidad humana. El aroma del individuo es carta de presentación e intermediario entre personas, tal y como cualquier efluvio físico es intermediario entre animales. Ahora, esa diplomacia de vapores se ha sistematizado e instrumentalizado en la gama de perfumes artificiales, que además de citar al apareamiento o suavizar el ambiente, lanzan mensajes complejos sobre la solvencia económica o lo sofisticado del que huele. A estas alturas de humanidad, los olores puros del cuerpo se han convertido en intrusos del buen gusto, y aunque la pituitaria mantenga su inercia, cuando falta el jabón la reputación queda en entredicho y la civilización se detiene, o se reformulan las categorías a la baja.
El cuarto de baño es como la madre, que no se valora hasta que su falta nos desestabiliza. Mi cuarto de baño resurge de sus cenizas tras el colapso de sus azulejos. Fue una víctima de los albañiles saqueadores, inútiles y sobrevenidos que brotaron por doquier cuando el boom de la construcción. Estos días yace desmembrado y abandonado a la pericia de otro albañil. Los que habitamos este hogar añoramos sus días de regazo protector y fuente de aguas cálidas, útero reparador. Mientras tanto, el animal primigenio nos acecha muy cerca de la piel. Sabe que dos o tres días sin ducha serán suficientes para que sus colmillos vuelvan a brillar y su hedor se apodere de nuestras identidades. Resistimos escondidos en las duchas de los amigos, del trabajo, del gimnasio, y sobre todo en la ducha de Lourdes, que nos ha salvado in extremis incluyendo accesorios impagables como una cena de pinchos en el barrio. Estamos organizados y reivindicando cinco mil años de progreso.

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