Descanso del hombre perfecto

Publicado: 9 septiembre, 2010 en verdades

Me gusta cometer pecados cuando nadie me ve. No es una actividad digna de elogio, pero desaloja el estrés que irremediablemente implica la práctica de la vida virtuosa. La existencia inmaculada no es un hecho, sino un reconocimiento avalado por el testimonio de terceros autorizados. Por esa razón obliga a un constante estado de guardia, una permanente valoración del criterio de aquellos que nos rodean capaces de emitir opiniones en el momento más inesperado. Pero otra cosa es el amparo de la soledad. Cuando se está a solas, es necesario un grado de perfección muy elevado para que los actos impolutos gratifiquen tanto como las infracciones. A salvo de la espada de Damocles que supone el imprevisible dictamen de esos pesados cuya aprobación es tan necesaria, me deleito en la transgresión de sagradas directrices. Rasgar mi contrato íntimo de moralidad regular ante nadie más que yo mismo, permite que se obre el milagro de la continuidad perenne del universo y la existencia, sin injerencias que enturbien el espectáculo; siempre me fascina comprobar que si se peca con la suficiente inteligencia o ingenuidad, nunca pasa nada. Luego recojo mis pedazos, doy crédito, y con mi fe y el recuerdo aún caliente vuelvo al barullo del hormiguero con el visado de blancura intacto y un fugaz gesto de satisfacción en el rostro.

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