Los únicos días

Publicado: 6 septiembre, 2010 en verdades


Qué frágil es la musculatura del corazón; palabras y presencias cualesquiera hunden su filo en ella. Se abren camino hacia el interior. Se apoderan de su latido sujetándolo, acelerándolo, manoseándolo hasta hacerlo irreconocible. Durante el proceso algo muere y algo nace. Mientras tanto la vida sigue reclamando sus cuantos de sangre, bombeada con una regularidad saludable, equilibrada.

¿Pero no es nacer el estado puro de la vida? El resto es inercia hasta morir. Nacer y morir separados por un intervalo finito de tiempo es como nacer y morir simultánemente, pues frente a la eternidad cualquier fracción es insignificante por extensa que sea.

Queda así la vida reducida al pálpito encabritado de un corazón hendido. Todo lo demás desaparece de la memoria. Del cuadro final quedan borrados los años perdidos en agradable rutina, reducidos al suave color de una atmósfera acogedora. Se aplastan las horas huidas sin objeto, ennegrecidas en un suelo oscuro. Finalmente, cobran nitidez instantes en los que un puñal afilado de palabras y presencias se abre camino, deshaciendo el compás de los minutos, apoderándose del corazón hasta hacerlo irreconocible.

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