Corazones de piedra

Publicado: 3 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

Ayer me quedé de piedra. Acerqué a mi cara la cuerda guarnecida, encajada en el extremo emplumado del proyectil y tensé el arco. En el interior de mi nuca, entre ambos oidos, el silencio de plomo enterró todas las sensaciones. La musculatura de mis antebrazos estranguló el paso de la sangre hasta un pálpito seco en las yemas enrojecidas de los dedos sobre la muesca de madera. Calculé la fuerza del viento; cincuenta metros hasta el blanco permiten una deriva imprevisible. Conozco perfectamente el efecto sobre los tejidos de una punta levemente roma; a gran velocidad la carne se rompe, estallando al paso del metal. El efecto es irreparable.

Sus brazos cayeron sin fuerza. La promesa de su mirada se convirtió en un charco gris y muerto. Las palabras ardiendo se dispersaron en una súbita ceniza. La expresión de la chica era definitiva. El vaivén de su cabeza expresaba una negativa tajante. El muchacho agonizaba sin remedio.

Como soy invisible, pude acercarme a arrancar la flecha. Pedazos de corazón ensangrentado cayeron al suelo. Siempre es así, los flechazos asépticos son imposibles.

Extendí las alas y emprendí el vuelo a la búsqueda de otra víctima. En ese momento, volví la cabeza hacia abajo y con el rabillo del ojo pude ver cómo ella se arrodillaba sobre el cadáver aún caliente de su pretendiente. Sonriendo, casi en una carcajada contenida, le plantó un beso en la boca. Me quedé de piedra.

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