Archivos para septiembre, 2010

El olvido

Publicado: 29 septiembre, 2010 en verdades

Llega el olvido, como un resol que en un descuido arregla una tarde de tormenta. Llega como el frío, cuando se es olvidado, pero arrasa como un nuevo día cuando el que olvida limpia el lastre de lo imposible.

El olvido tiene capítulo propio en los repertorios íntimos de las generaciones de humanos. Se presenta oscuro o luminoso, pues comparte dependencias con el sueño y la muerte en las fronteras del “ser”. Muy cerca de la vida sin estrenar, fabrica una conciencia recién nacida como una pequeña resurrección que ocurre de repente. Luego, en los nuevos días, el pasado pervive colgado de una pared, convertido en óleo épico y prescindible, en un cuento de niños que el volumen del televisor entierra sin querer.

El olvido protege del recuerdo enfundándolo en una pequeña historia inofensiva, de la que no se sabe si fue verdad o leyenda.

Conmovido y sin memoria

Publicado: 28 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

No tengo memoria. Es como una ceguera hacia atrás que me obliga a afrontar el ayer como un folio en blanco. Procuro no pensar en la posibilidad de que las fabulosas ideas que acuden a mi mente como nuevos inventos no sean más que patéticas repeticiones de las que no me acuerdo. Sin embargo no consigo olvidar ese temor. Eso, y las viejas letras de los boleros que cantaba Antonio Machín. Las escuchaba de pequeño; eran los únicos discos que había en casa junto a una pequeña colección de grabaciones de Conchita Piquer y Manolo Escobar. Décadas atravesando la jungla del rock, algo de heavy y mucho jazz, y lo único que el viejo gramófono de mis neuronas alcanza a sintonizar es el tono agudo y meloso de Machín. Desanimadamente.

Puede que la memoria sea el montón de ladrillos que nutre al edificio de la nostalgia. Yo poseo una ciudad nostálgica que mi imaginación sobrevuela degustando la estética de lo que pudo haber sido; como no tengo memoria he construido los muros de mi nostalgia con recuerdos inventados. Y disfruto. Disfruto deseando un ideal ubicado en el pasado. De esa forma me ahorro el estrés que provoca la obligación de conseguir lo que pertenece al futuro.

Como nunca sé si he repetido las historias que cuento a mis amigos, entrego mis relatos como un pastel recién cocinado, absolutamente intensos y calientes. Los entrego con la sorpresa en el rostro, quemándome las manos en la ofrenda. Afortunadamente, mis amigos son clementes y comprensivos. Acogen mi narración como mi conciencia acoge las canciones de Machin que brotan del ayer en cuanto frunzo el ceño al hacer memoria. Disfrutan de mí edificando una nostalgia de la amistad que nos une, con ladrillos recién cocidos cuya singularidad reside en el milagro de no existir en el pasado.

El Portal de Belén

Publicado: 27 septiembre, 2010 en humanos

Belén Esteban se retuerce como una bicha en su silla. Recoge una y otra vez el mazo amarillo de pelo teñido mientras entrelaza sus piernas en contorsionismos de maruja implacable. Frente a ella un pelotón de gente fina dispara plomo envenenado sin descomponer el gesto de buena cuna que les hace de vitrina. Pero Belén ni se inmuta. La tirotean a distancia, para no mancharse, y los golpazos de las balas lejos de desfigurarla elevan su presencia a medida que crece el montón de restos descuartizados y sanguinolentos. En un descuido, la Esteban se revuelve y contraataca. Lanza tajos de perra acorralada, a cuchillo y con los dientes, nada de sutilezas ni armamento sofisticado. Levanta un brazo y pega un viaje que salpica de mierda a dos contertulios. Los afectados recomponen rápidamente su aspecto de esfinges escondiendo cualquier indicio de naturaleza humana que el porrazo de Belén hubiera dejado al descubierto. Los audímetros echan humo y en un lugar indefinido, un miembro cualquiera de una familia de tantas mira de reojo la pantalla de plasma flanqueada por dos perros de porcelana y un escudo del Atleti.
-Qué cojones tiene la Esteban, dales fuerte bonita a esos cabrones…
-A mí esa muchacha me da una pena, hay qué ver lo que le hizo el tío ese.
-Tiene cara de yonki.
-¡Calla niño y come que te estampo la cara!
Dicen que los héroes guardan el reflejo de lo que se quisiera ser y también de lo que se es. La Esteban, colocada frente a sus oponentes, convertida ya en un montón inmundo e inabarcable, sube a las alturas.

Eternamente suyos

Publicado: 26 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

En la puerta del Infierno charlan dos amigos. No parecen especialmente afectados por el hecho de hallarse a punto de ingresar en el Averno. Las arrugas surcan el rostro de uno de ellos formando grandes y profundos pliegues que se retuercen en la mueca de la animada conversación. El hombre levanta una mano y amaga el gesto de guardarla en el bolsillo; la ropa no existe tras la muerte. Son muertos recientes y aún conservan hábitos de vivos. El brazo queda apoyado sobre su cadera desnuda, como el arco de un cántaro, apuntalando gestos que ayudan a ilustrar sus chascarrillos. Del otro individuo resalta un orfeón de dientes blancos en una sonrisa franca. Toca el hombro de su interlocutor y ambos evocan alguna vivencia del más acá. Discuten entre chiste y chiste sobre la estúpida desnudez a la que obliga el estatus post mortem y lo bien lograda que está la percepción material de sus entidades etéreas. Especulan sobre las posibilidades de tal percepción y de su rentabilidad en cuanto al ejército de alegres descarriados que imaginan habitando el más allá de esa puerta. Escupen sobre el hierro candente de la verja que sella la entrada y el vapor que desprende la saliva al consumirse arranca de sus almas una carcajada. Un tiempo que no es como el tiempo de los vivos avanza de golpe y el horizonte infernal vira en un trueno del rojo al amarillo. El grito de sus risas modula hacia un chillido travieso y la oscuridad violenta que brota de sus ojos casi alcanza a dos pequeñas figurillas que pasan revoloteando cerca del lugar. Parecen volutas de ceniza, pero no son más que un par de cristianos dignos que van camino de la vida eterna a morirse de aburrimiento.

La civilización

Publicado: 24 septiembre, 2010 en humanos

Llevo una semana sin cuarto de baño. Por una serie de circunstancias que ahora no vienen al caso, llevo siete días arrastrando mi cuerpo por duchas ajenas, gestionando la costra a deshoras y sin el abrigo del propio hogar. Técnicamente no supone un problema; la costra está bajo control. Pero mi estado de nervios se resiente. No puedo esconder mi intimidad para el reciclaje diario en hombre nuevo.
Supongo que durante siglos, el olor corporal campaba a sus anchas en los intersticios de la comunidad humana. El aroma del individuo es carta de presentación e intermediario entre personas, tal y como cualquier efluvio físico es intermediario entre animales. Ahora, esa diplomacia de vapores se ha sistematizado e instrumentalizado en la gama de perfumes artificiales, que además de citar al apareamiento o suavizar el ambiente, lanzan mensajes complejos sobre la solvencia económica o lo sofisticado del que huele. A estas alturas de humanidad, los olores puros del cuerpo se han convertido en intrusos del buen gusto, y aunque la pituitaria mantenga su inercia, cuando falta el jabón la reputación queda en entredicho y la civilización se detiene, o se reformulan las categorías a la baja.
El cuarto de baño es como la madre, que no se valora hasta que su falta nos desestabiliza. Mi cuarto de baño resurge de sus cenizas tras el colapso de sus azulejos. Fue una víctima de los albañiles saqueadores, inútiles y sobrevenidos que brotaron por doquier cuando el boom de la construcción. Estos días yace desmembrado y abandonado a la pericia de otro albañil. Los que habitamos este hogar añoramos sus días de regazo protector y fuente de aguas cálidas, útero reparador. Mientras tanto, el animal primigenio nos acecha muy cerca de la piel. Sabe que dos o tres días sin ducha serán suficientes para que sus colmillos vuelvan a brillar y su hedor se apodere de nuestras identidades. Resistimos escondidos en las duchas de los amigos, del trabajo, del gimnasio, y sobre todo en la ducha de Lourdes, que nos ha salvado in extremis incluyendo accesorios impagables como una cena de pinchos en el barrio. Estamos organizados y reivindicando cinco mil años de progreso.

El Miedo

Publicado: 22 septiembre, 2010 en humanos

-Me duele aquí, en el pecho, hacia adentro…
-¿Puedes describirme el dolor?
-No sabría decirle. Es como si algo me atravesara y me llegase a la espalda.
-¿Es un dolor superficial?
-No. Me duele en el interior.
-¿Te duele al respirar?
-No. Me duele constantemente.
-¿Desde cuando?
-Desde hace unos dos meses. Al principio lo sentía después de fumar. Luego empecé a notarlo todo el tiempo. No he fumado ni un cigarrillo desde hace días.
-Voy a auscultarte.
-¿Me quito la camisa?
-Si. Ponte ahí. Respira profundamente… ¿Has perdido peso últimamente?
-Sí, un poco sí. También hago algo de dieta, intento cuidarme…

La respiración del doctor es más expresiva que la aparente tranquilidad de sus ojos. Exhala el aire con urgencia en preguntas formuladas desinteresadamente. No se da cuenta de que la buena intención del gesto artificial en su rostro es insignificante frente al signo poderoso de una respiración agitada por una preocupación grave.
Ambos hombres toman asiento frente a frente separados por la mesa escritorio de la consulta. El médico descuelga el teléfono y marca un número. Inquiere en un tono dedicado, como un ruego pequeño de rutina. Alguien le da posibles fechas para una cita y él asiente. El día tres de abril hay un hueco en radiología.

-Te vamos a hacer una radiografía. Veamos tu historial…
-Creo que ya me hicieron una hace unos meses, cuando lo del riñón. Si mal no recuerdo, el radiólogo se equivocó y me hizo una radiografía del pecho.
-Sí, aquí está… ¿La conservas junto a las demás?
-Sí, claro…
-Tráela cuando te hagas éstas. Para comparar.

¿Qué tendrá que comparar el doctor entre dos radiografías de tórax separadas por algunos meses? La pregunta se estira como un hilo frío y aterrador, un tentáculo de materia inhumana y blanquecina que roza helado el dolor inidentificable que atraviesa el pecho sin saber por qué. ¿Por qué habrá preguntado sobre la pérdida de peso? ¿Por qué esa sensación de haber justificado de forma absurda la pérdida de peso?
La incertidumbre en la que se esconde ese dolor sin nombre se convierte en un demonio silencioso y palpable; más y más a cada minuto que pasa. No es un ente al que mirar a la cara. Es una sensación que se escapa entre los dedos, se mete por los agujeros de tu nariz, tus ojos y tus oidos, roba el ruido de tus días y hace desaparecer todo el sol y todos los prados verdes que en tu memoria vivían para siempre.

A salvo

Publicado: 21 septiembre, 2010 en humanos

Da igual guarecerse tras una pared de hormigón que tras la fina tela de un paraguas. Cuando apartamos la vista del mundo el sentimiento de protección aparece. Y siendo esto así, me pregunto ¿habrán construido los ciegos un sentimiento de protección análogo?
Obviamente, no me refiero a la posibilidad de que los invidentes, guarecidos en la oscuridad de sus ojos inútiles, se sientan seguros eternamente. A los ciegos, el sentido que les dibuja las distancias del mundo es el oído. Ponerse a salvo de lo que estimula el oído es alejar cualquier sonoridad. Pero digo yo, un silencio absoluto debe ser inquietante.
Quizás el sonido que exprese la ausencia de amenazas no sea más que cualquier cosa que no sean voces humanas. En el fondo, de eso es de lo que nos protege la tela del paraguas, de la vista de otros humanos, que al no vernos, no desearán sobre nosotros, librándonos de la molestia de interaccionar.
Luego están los sordo-ciegos, que ni oyen ni ven. Seguro que esa condición reserva una modalidad de protección total, como el que ni siente ni padece.

Inmaterial

Publicado: 20 septiembre, 2010 en verdades

Yo no guardo nada. Me desprendo cada día de todo aquello que pudiera atesorar. Despejo mi piel de los obstáculos que la separan del aire y me concentro en imaginar que vivo sólo en la luz del sol, del agua que cabe en el trazo que mi cuerpo deja en la lluvia, del orden que mis ojos perciben, del pacífico vacío que ocupa mi mente.
Me levanto de la mesa, pliego la pantalla del portátil y lucho para no atacar la tarta de nata y yema tostada que ha sobrado de la comida. Elegir ropa con el calor que hace es una tortura que sólo alivio decidiendo no estar guapo. Me quito la camiseta. En el forcejeo, refriego mi cara sobre el pliegue de tela que toca al sobaco y sorprendido me doy asco. Salgo a la calle rebanado de seguridades o pretensiones. Cae la tarde y la Gran Vía de Madrid es un espectáculo casi tan bonito como la vida que debe llevar ése que escribió el primer párrafo de este texto.

Método

Publicado: 17 septiembre, 2010 en Sin categoría

Se acerca otro más. Me ha mirado de reojo, aunque disimula. Empiezo a tiritar. Tiritar se me da bien. Puedo hacerlo con frío, calor, con una camiseta raída o asomando levemente la nariz bajo una espesa y mugrienta bufanda. Una vez que logro la cadencia buena, espero a levantar la mirada. Oigo los pasos y calculo si acelera la marcha o por el contario fija su atención en mí. Miro tímidamente hacia su rostro; una mirada expósita, sin súplica, una mirada que nos iguala en un instante en el que las pupilas valen por el todo. No puedo mantenerla mucho tiempo; en la línea que une dos rostros frente a frente se esconde una provocación inflamable. La chispa que la enciende son los segundos que sobran para la primera impresión, que son los que bastan para medir fuerzas. Bajo la mirada y hago que guardo mi tiritona con un gesto de pudor. Los pies no se mueven frente a mí. Si algo ha de suceder, será en este instante. Noto como la pernera derecha del pantalón sube dejando al descubierto el empeine del zapato. Un tintineo delata la mano buscando en ese bolsillo. Otro instante de duda; elige la cantidad. Enseguida bailan las monedas en el pequeño recipiente de hojalata frente a mis piernas acuclilladas. Ahí viene otro.

En busca del tiempo perdido

Publicado: 15 septiembre, 2010 en Perdiendo el tiempo

“Ven a verme por la mañana”. Eso fue lo que me dijo. Me lo soltó así, tan tranquilo. No le temblaba la voz, no había odio en su mirada. Supongo que no me quedaba más remedio que afrontar su ira, soportar los golpes que necesitara descargar. El resto del día no tuve ánimos para hacer algo especial. Después de comer di un paseo por los bulevares de Argüelles, compré un cucurucho de Häagen Dazs en Alonso Martínez y bajé a Callao a hojear cómics en la Fnac.

Al caer la tarde la luz anaranjada paraliza un poco el día para que los transúntes disfruten del sol. No puedo evitar detenerme en la Gran Vía a hacer fotos de las masas de peatones inundando los pasos de cebra. Me sitúo a contraluz y en posición inversa. Observo los guiños en los rotros deslumbrados por el sol que les ciega desde mi espalda. Supongo que para ellos seré una sombra oscura recortada sobre la fuente de rayos que cae en el horizonte. No pueden verme la cara. Sólo soy un contorno delimitado por un aura luminosa, como si fuera un eclipse. Sin embargo yo les veo perfectamente. A pesar de la belleza que desprende el paisaje urbano a esa hora, la curiosidad por determinar los rasgos del hombre que les mira y les fotografía puede con su atención. Luchan contra la perpendicularidad solar que se les clava en las retinas. Retuercen los pómulos y achinan los párpados. Yo calculo el tiempo que me queda antes de que el semáforo se ponga verde y aprieto el disparador una y otra vez. Aún me queda tiempo para intentar otra tanda de fotos.

Vaya, se me ha vuelto a ir el santo al cielo; son casi las siete. Creo que no llego al trabajo. Bueno, no debe haber ocurrido nada grave pues me hubiesen telefoneado. Qué fastidio… tengo el móvil sin batería. Iré a casa a enchufarlo; ya comprobaré si hay algún mensaje. Cada vez iluminan mejor los maniquíes de los escaparates. Parecen infiltrados que observan nuestro mundo. Me gusta mirar los maniquíes femeninos, tan sugerentes y provocativos, proyectando sus turgencias de plástico sobre las conciencias de los recatados peatones. Voy a hacer algo de pasta para cenar.

“Espero que lo comprendas… Con la tarde de ayer ya son diez días los que has faltado este més… Lo hemos hablado con Recursos Humanos y creemos que lo mejor es que busques otro empleo que te motive más… No puedes seguir con nosotros… Deja en el mostrador el casco y la funda isotérmica de las pizzas… Adios.”.

Qué frío hace por la mañana. Adoro esas nubecillas que exhalan los viandantes, tan apresurados por las aceras… suerte que llevo la cámara conmigo…