Hay que ser muy infame para engañar a miles de familias embaucándolas con un producto de primera necesidad como es la hipoteca que te permite adquirir una vivienda. Y más infame aún para envenenar el tejido económico de la sociedad con el beneficio podrido de esa estafa camuflándolo –escondiéndolo- bajo la forma de sofisticada inversión financiera. Esto es lo que hicieron impunemente un puñado de banqueros e inversores ante la vista gorda de políticos y responsables sociales. Ahora nos ahogamos en la crisis que vino luego. Era inevitable. Compramos un mundo de mentira con dinero ficticio que funcionó hasta que los tiburones dejaron de nadar en oro y empezaron a chapotear en nuestra sangre. Esto ocurrió. Unos pocos asesinaron económicamente a miles de familias ante la mirada impasible de los políticos y gobernantes. Los derechos humanos en occidente son insignificantes cuando lo que está en juego es la cuenta de resultados y la ingeniería financiera tergiversa la libertad. Aún ahora, en plena agonía, el dinero público sigue llenando los bolsillos de los verdugos.
Sin embargo, yo me puedo permitir el lujo de escribir esto, y mi expectativa es que alguien rebata con razones lo que digo o que se muestre de acuerdo, con lo cual siempre saldré ganando en el camino hacia el conocimiento. Alguien podría opinar que no se trata más que de un juego vacío de palabras, pura demagogia. Podría alegar que mis palabras malversan la verdad, que es otra forma de riqueza, tal y como los banqueros malversaron la economía depreciando la confianza, que es la forma invisible que adopta el dinero a lo grande. Pues sí, podría. Y no pasaría nada.
De vez en cuando se deja oir un runrun en los canales de comunicación oficiales chinos. Se critican las democracias como sistemas de desgobierno y germen de la crisis actual. La idea es “ya lo decíamos nosotros, ¿véis lo que pasa cuando el poder lo usa quien no debe?”. Sin embargo, los destinatarios del mensaje no son esos sistemas criticados. China consume cultura occidental, estilo occidental, hace negocios con esos países en los que las atractivas ideas nacen en cerebros y corazones de gente libre. Es su banquero.
Yo diría que tal mensaje va dirigido a la única fuerza capaz de desestabilizar a la cúpula dirigente del Imperio del Centro, la fuerza imparable que hace grande a esta nación. Se trata del propio pueblo chino, una masa de mil trescientos millones de personas con una capaciad de trabajo arrolladora, con una adaptabilidad que en Europa perdimos hace dos generaciones, con una vitalidad a prueba de bomba. Supongamos que sólo un uno por mil de la población tuviera suficiente empuje como para convertirse en líderes, e imponer sus ideas convenciendo al resto. Siguen siendo un millón trescientos mil tipos con ideas propias agitando las aguas. El control del flujo ideológico en China es la cadena de terciopelo y acero que mantiene el poder en las manos del Partido Comunista Chino. Y los dirigentes saben que la clave está en la tolerancia cero a cualquier iniciativa que insinúe una alternativa ideológica viable. Para curarse en salud, intolerancia a cualquier iniciativa.
Esta estrategia ha preservado una estabilidad a cuya sombra los prácticos chinos han hecho buenos negocios y muchos de ellos se han enriquecido, mayormente los cuadros del Partido. El dinero es el dinero y puede fluir mientras no toque el liderazgo ideológico. Pero hay otros ámbitos en los que la materia prima no es el papel moneda, sino la expresión personal, el arte y la comunicación, algo que alimenta la satisfacción, la dignidad, y confiere tanto o más lustre que un traje de Armani al humano que lo practica con sinceridad. Quien lo utiliza con acierto extiende su manto de seducción y derriba los muros establecidos. Por eso, los dueños de esos muros aplastan minuciosamente a aquellos quienes expresan lo que “no deben”. Ya sea un artista, ya sea un escritor, ya sea un insignificante internauta cuyo comentario se multiplica por millones en un minuto, ya sea un periodista.
Ninguna cuenta bancaria abultada podrá igualar a las frentes altas de los que se expresan en libertad. Pero no corren buenos tiempos para esa lírica. En Occidente –y en España mucho más- la precariedad laboral amordaza tanto como el dedo inmisericorde con el que China señala periódicamente a algún periodista, a algún comunicador –a algún artista- cuando se sale del guión que retrata la felicidad de este mundo en el que puedes tener el dinero que quieras, siempre que no pienses demasiado, o no le cuentes a nadie lo que piensas. Decía aquella jaculatoria: “El señor es mi pastor, nada me puede pasar…”; creer y callar. Eran otros tiempos y al que decía inconveniencias también lo pasaban por la parrilla. Ahora y aquí, es algo parecido. Creer y callar… Y si no, de vuelta a Estados Unidos con una beca, ya sea de profesora o de estudiante. Por cierto, esto de las becas universitarias se está convirtiendo últimamente en un filón para los que disienten en China… Debe ser la alternativa al gulag que investiga el “soft power”.

Publicado: 8 mayo, 2012 en China, Opiniones, verdades
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Durante mucho tiempo, los funcionarios corruptos del gobierno local de Wukan, bendecidos por el partido, se enriquecieron vendiendo de tapadillo terrenos que pertenecían al pueblo. De un día para otro, el vecino de turno encontraba cercadas sus tierras o maquinaria pesada construyendo un complejo turístico. Esto se prolongó años hasta que la gente se organizó y empezó a protestar; marchas multitudinarias encabezadas por un grupo de trece representantes y amplia difusión en las redes sociales. En diciembre de 2011, la policía detiene a cinco de esos trece elegidos y uno de ellos muere durante el interrogatorio; Xue Jinbo se convierte desde ese momento en mártir y la protesta en una rebelión abierta. Los funcionarios corruptos son expulsados. Wukan, un pueblo chino perteneciente a la demarcación sureña de Lufeng, deja de ser topónimo y deviene en grito de guerra, en símbolo, en un hashtag rompedor en Twitter y un trending topic en el equivalente chino Weibo.
Con el número suficiente de muertos, Wukan habría sido un Tiananmen a la “campesina” y esto era algo que el gobierno central no podía permitirse. Otra vez no. Para aplacar el terremoto, se concede la gracia de permitir convocar elecciones municipales libres. El 11 de febrero de 2012 se celebra una votación aparentemente abierta para determinar el gobierno de la localidad que sustituya al grupo de funcionarios corruptos expulsado.
Como suele suceder, la mitificación de estos acontecimientos siguió derroteros diferentes dentro y fuera de China. Lo “sexy” no es un concepto absoluto, va unido al apetito de cada uno. Mientras en occidente se imaginaba ya una Libertad guiando al pueblo en plan chino, en Wukan fueron mucho más prácticos y simplemente se limitaron a exigir que la ley se cumpliera, sin criticar al sistema.
Después de haber oído a bastante gente del pueblo y de ver la evolución aparente de sus cultivos –mucho terreno desatendido y árboles para madera, que no son precisamente las hortalizas de las que se vive en el corto plazo-, tuve la sensación de que lo que molestó realmente a los vecinos fue que las transacciones se hubieran realizado sin su conocimiento, y que los beneficios hubieran ido a parar a manos de unos pocos con nocturnidad y alevosía. Es una sensación, que conste, por eso lo sugiero unilateralmente en un blog y no lo afirmo contrastadamente en un medio de comunicación. Su indignación quizás no era tanto la de un pueblo oprimido como la de unos pobres engañados, a los que encima les matan al líder que les unía y materializaba esta indignación en un discurso visible. Indignación y enfado.
Como decía, las formas de su reclamación estimularon la imaginación mediática de occidente, en la cual China vende más como represora del Tibet que como compradora de deuda pública, paradójicamente. Twitter se interrogaba por la posible tendencia que pudieran suponer unas elecciones libres en Wukan, pero sospecho que los lugareños de lo que se alegraban realmente era de dar boleto a sus corruptos, preservando el sistema. Simplemente querían lo que era suyo y que la ley funcionara.
Sin embargo, a pesar de todo, hubo mucha magia aquel día de las votaciones en Wukan. Había magia, se palpaba. Por unas horas, la tenaza del miedo se hizo invisible y una extraña complicidad se apoderó de los vecinos. Ese temor irracional de los chinos a la presencia de la prensa extranjera en sus procesos legales íntimos se derrumbó por decisión comunal y los funcionarios oficiales que se resistían tuvieron que dejar pasar las cámaras hasta las urnas. Un breve y violento intercambio de gritos sanciona la autorización y ahí estamos, con carta blanca en el epicentro del fenómeno. La presión para recuperar las tierras ha desembocado en este capítulo insólito y sorprendente, genuino, por la sencillez de sus protagonistas, y naïf, compartiendo unos platos de arroz con pollo mientras las papeletas se apilan improvisadamente en cajas vacías de cerveza americana “Budweiser”, y agua mineral “C’est bon”. Sí, al final EEUU ha tenido que ver en la votación. Parte de los votos emitidos en Wukan se guardaron en cajas vacías de cerveza Budweiser. El cuadro es maravilloso, y su entidad literaria digna de un cuento de Borges o de Cortázar. En pleno hito histórico del gigante comunista, aquellas cajas resaltaban como un parche con el rostro del ratón Mickey cosido al pijama de Mahmud Ahmadineyah por un descuido de la criada.
Los viejos votaron decididos con el gesto enfurruñado del que va a recuperar lo suyo, pero los jóvenes levitaron. Y en ellos sí estuvo de alguna manera la Libertad guiando sus risas, menos como la imaginó Delacroix, con dos pechos de fromage al aire, y más con un estilo de tienda china de todo a cien, en una extraña mezcla de juguete recién descubierto y conciencia de lo trascendente.
Estos muchachos cabalgaron a lomos del presente (y ya lo conjugo en pasado…). Empuñaron la pasión del conquistador joven, que no es lo mismo que la convicción del conquistador entrado en años. Apenas pronunciaron la palabra democracia porque en sus bocas era un grito de júbilo silabeando en ojos abiertos y sonrisas amplias más que en vocales y consonantes. Votaron por primera vez en un país donde votar es anatema hasta tal punto que el gobierno censuró la emisión de un concurso en televisión porque se elegía a los ganadores “votando” y el proceso evocaba demasiado a la democracia. Les dejaron besar su libre albedrío en un primer beso, que es el que realmente hace temblar los labios, como mal menor. No sabemos si la concesión fue fruto de la prudencia o una consecuencia lógica del “liberalismo socioeconómico con características chinas”. Tampoco si este día pasará a la historia como un escalón más de un progreso que aún no adivinamos si llevará a sima o a cumbre.

Soft power

Publicado: 2 febrero, 2012 en Sin categoría
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Dicen que los Reyes Magos llegaron de Oriente. Bien, pues aquí estoy. Es enero y no hallo indicio alguno que conecte esos siglos de tradición cristiana con lo que veo. Surge la duda de si se trata del Oriente correcto. Debe serlo puesto que los Magos llegaron de más allá del Este de Oriente Medio, donde nació Cristo, y yo me encuentro en lo que se denomina Lejano Oriente, o sea, que de mucho más acá no pudieron partir.
Las leyendas han dibujado un preciso retrato del hogar de otros héroes navideños como Santa Claus, recluido en su cabaña polar al estilo del refugio secreto de Supermán, pero de los Reyes Magos no hay dato doméstico que humanice sus personas una vez desprovistos de capas y coronas. Son entrañables, sí, congelados en ese instante eterno de la memoria católica en el el que hacen entrega del oro, incienso y mirra. Pero más allá de sus barbas castaña, blanca, y el africano lampiño, tan celebrado por los niños en las cabalgatas de pueblo -¡el rey negro, mamá, ahí viene el rey negro!- no hay un resquicio que evoque a sus majestades engullendo su postre favorito o cepillándose los dientes.
La cosa es que estoy en un Oriente bastante lejano. Hasta aquí llegaron Marco Polo y la Armada inglesa que abrió China al mundo a cañonazo limpio. Estuve en un pueblito llamado Yiwu donde se fabrica el noventa por ciento de los adornos que la Navidad necesita en Occidente para llegar a los corazones. Entre Papás Noël de plástico que enchufados a la corriente eléctrica cantaban canciones de Frank Sinatra, pululaban abetos sintéticos y platos de noodles picantes engullidos con la ayuda de ´kuai zi´que es el nombre que aquí tienen los palillos chinos para comer. A lo lejos, ese día resonaba el canto agudo de una representación de ópera china. Los actores eran de una compañía ambulante y el escenario estaba montado sobre un practicable portátil bajo una carpa. En la calle, sentados sobre la acera, dos actrices se repasaban mutuamente la espesa capa de maquillaje blanco típica de los personajes clásicos de este género.
Hace pocos días, el calendario chino marcó el año 4710. Esto remonta cualquier vestigio de sus tradiciones mucho más allá del tiempo bíblico en que la comitiva de camellos reales partió hacia Belén. Posiblemente, ya en aquella época los chinos fueran muy parecidos a los de ahora, esto es, más tirando a la ópera china, nada que ver con camellos y túnicas. Pero sobre todo, tremendamente prácticos. No descarto que alguno de ellos hubiera ideado la fantástica estrategia comercial de inventar la Navidad. Habría que interrogar a los tres reyes originales, inspeccionar la autenticidad de sus barbas -los chinos no tienen vello facial- y saber qué ojos rasgados escondían los turbantes. Entonces todo me cuadraría.
Hoy he mirado las informaciones de las agencias de noticias. Comitivas de chinos atraviesan el orbe en carroza, Boeing, Ferrari, o Lamborghini. Reparten dinero a manos llenas, siembran esperanza. Apaciguan el caos que el pecado del hombre blanco y cristiano desenterró del olvido después de muchos años de bienestar. Creo que preparan una expedición a un lugar de Oriente -Irán está en Oriente ¿no?- en son de paz. ¿Señalarán a un bien nacido que muera para salvar al mundo?
Creo que ya está bien de desvaríos.

Beijing 2012

El Imperio que viene

Publicado: 22 octubre, 2011 en Sin categoría

Ilustración: Globaltimes

Los imperios alcanzan la auténtica eternidad cuando se clavan para siempre en el recuerdo de los humanos; se convierten en leyendas imborrables que los abuelos susurrarán a sus nietos a la luz del fuego. Pero las leyendas hay que fabricarlas. Así lo hizo Tito Livio en tiempos del emperador Augusto, contando a los cuatro vientos las hazañas de las legiones en su Historia de Roma. Y tantos directores de Hollywood que nos hicieron creer en alemanes, japoneses y soviéticos (y chinos también, por cierto) como reencarnación del mal, hasta que el terror islámico ocupó ese lugar en el ránking de taquilla.
Los chinos andan ahora reconstruyendo una visión emotiva de su país que les enorgullezca, pensando ya en el imperio que será. Buscan personajes cuya vida trascienda de la cerrazón idiota que les hizo perder la Revolución Industrial, su poderío, y soportar la consecuente derrota ante el invasor occidental primero, y el japonés después. Deben ser figuras eficaces, cuyo relieve disimule con discreción los devastadores efectos del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural; los iconos políticos, si bien sobreviven con cierta dignidad de fronteras adentro, no funcionan de cara a la galería internacional. El comunismo ya no es sexy.
Pero corren otros tiempos y la sintaxis cinematográfica ya es patrimonio global. Proliferan las grandes producciones que exaltan en clave hollywoodiense la gloria del despertar del dragón. Como dato pintoresco, el Estado echa una mano contra la pujanza de la cartelera comercial norteamericana, decretando la progamación en las salas de las películas patrióticas que recrean en los corazones los grandes hitos que subrayan el nombre de China: desde el nacimiento del Partido Comunista Chino en Shangai (ciudad del pecado, paradójicamente), hasta la epopeya vital del consagrado Mao, pasando por el sufrimiento del pueblo ante los sucesivos invasores.
Ip Man fue un gran maestro en artes marciales chinas que vivió a principios del siglo XX en la ciudad de Foshan. Su estilo de Kung Fu, el Wing Chun, y su vida, han pasado a la categoría de mitos por obra de varias superproducciones de impecable factura y discurso algo naïf. Este hombre pacífico heredó y desarrolló una técnica marcial basada en la contención de la agresividad y en la honestidad. El cine chino canta su vida y su lucha desde los inicios en Foshan hasta su huida a Hong Kong tras la invasión japonesa. El Ip Man del celuloide sufre y defiende a sus paisanos del infame extranjero. Desde sus puños, el Kung Fu chino derrota al Karate japonés y al Boxeo inglés (los primeros occidentales en violentar abiertamente sus fronteras). China vence en la ilusión del espectador y el pasado, pasado está.
Hoy Foshan alberga un museo con las reliquias de su héroe. Sin embargo, los habitantes de esta ciudad no son mundialmente famosos por su valentía. Hace unos días, una furgoneta atropellaba a una niña de dos años que cruzaba una calle de esta localidad. El conductor detiene el vehículo, comprueba que hay un cuerpo bajo las ruedas, aprieta el acelerador y volviendo a pasar por encima se marcha tranquilamente. Hasta dieciocho transeúntes rodean el cuerpo diminuto, en un charco de sangre, entre convulsiones, pero todos la ignoran, como si fuera una cucaracha recién pisada. Otro camión vuelve a pasar por encima de Yue Yue, que así se llama la víctima. Finalmente, Chen Xianmei, una mujer que andaba recogiendo basura, se hace cargo de la situación y retira a la niña de la calzada, salvándola probablemente de un tercer atropello. Toda la secuencia es grabada por una cámara de seguridad y el vídeo recibe cientos de millones de visitas en internet. Periódicos de todo el mundo se hacen eco de la desgracia de Yue Yue y la miserable actitud de los transeúntes en Foshan.
Pero el debate no sólo está en la impasibilidad de los transeúntes ante una niña agonizante a sus pies, también, y esto es inaudito, en el juicio a la mujer que se detuvo a socorrerla. Aún se pone en duda que sus intenciones no fueran obtener un beneficio o hacerse famosa. Increíblemente, la madre de la pequeña ha tenido que decir públicamente que Chen “es una buena persona” para acallar esas voces.
Ip Man pertenecía a una familia acomodada. Pudo disfrutar de ese tiempo de ocio tan necesario para reflexionar. Chen Xianmei recoge basura para sobrevivir; a la piedad se llega por caminos dispares. Los habitantes del Foshan cinematográfico se rebelan en pos de la justicia. Los reales dejan morir a una criatura de dos años sin inmutarse para no verse envueltos en problemas. ¿Cuánto de unos y de otros estará en los chinos que gobernarán el imperio que viene?

Pekin, 22 de octubre de 2011


El color del dinero

Publicado: 8 octubre, 2011 en verdades


El vecino que cada mañana saluda calurosamente cuando nos cruzamos en la piscina, aunque mi dominio del chino sea más que precario. Los miles de jóvenes que se dejan las pestañas estudiando con tesón y disciplina. La gente normal que llena los días trabajando y atendiendo a sus familias, los mismos que se reunen con amigos de fin de semana para bailar desenfadadamente cualquier música en cualquier parque. Aquellos que desinteresadamente se esfuerzan en hacer bien su trabajo y en mantener una sonrisa constante, a pesar de la precariedad salarial y de las jornadas interminables. Los abuelos que practican sus ejercicios en la calle, llenando el aire de serenidad y paz. Los que se paran a charlar espontáneamente, sin más motivo que disfrutar de la conversación y la risa sana. Son muchos, muchísimos, un buen montón de millones dentro de los mil trescientos millones de almas que habitan China. Ellos son la sustancia del país, discretamente, a pesar de sus políticos, los buenos y los malos, y a pesar de todos los que protagonizan con sus desmanes las portadas de los periódicos, que suelen ser los más canallas y los más villanos, infames depredadores que venderían a su madre por un billete de cien yuanes.
China es el país de los titulares fáciles, y la mayoría de ellos con algún motivo. Es demasiado grande, demasiado potente para encajar en el papel de vetusto residuo de los fallidos regímenes comunistas. Depuran con pena de muerte, y aunque vindican la pureza de intenciones de una clase política extremadamente profesional, hasta el rincón más pequeño tiene su corrupto local que desangra sin piedad a su propio pueblo.
Zhang Bingjian ha decidido reunir en una exposición de retratos al óleo el mayor número posible de rostros de esos corruptos. En la tele y en los periódicos aparecen como chinos, pero no son China en absoluto. Todos han sido condenados por la justicia, públicamente deshonrados. Los pintores que ayudan a Zhang utilizan el color rosa fuerte de los billetes de cien yuanes, el color con el que sueñan íntimamente esos malos de película. El resultado es un magma tentacular con el tono de la carne cruda, como el cáncer que extiende sus garras pudriendo la vida a su paso. Ellos no son China, pero son la imagen fácil de este país.
En el Imperio del Centro los símbolos son lo más parecido a la realidad después de la realidad misma. Si no se puede lograr que las cosas sean en si, bastará con que se parezcan lo suficiente a lo que pretenden ser. Vivir de la ilusión y quedar satisfechos no es peor que vivir insatisfechos sin lograr lo que se desea. Los chinos no son huecos, son prácticos.
Los corruptos sueñan con ser la efigie de Mao, que es la cara que aparece en los billetes rosas de cien. Anhelan convertirse en el símbolo adorado y definitivo, el dinero en estado puro. Pero Zhang les ha conjurado el hechizo dando la vuelta al talismán, y ahora ese color grita a los cuatro vientos la maldad que escondían como ladrones de sangre, convirtiendo en una pesadilla el sueño de su retrato en rosa.
En Guandong, granjeros y propietarios corrientes se manifiestan para protestar. Dicen que funcionarios interesados les confiscan las tierras o les obligan a malvenderlas para beneficiarse de la expansión de las ciudades. ¿Cuál de las dos Chinas ganará, la de rosa corrupto o la de carne y hueso? ¿Qué hará el Estado? ¿Sabremos la verdad o se aplastarán las protestas sin más?. China es un gran país y debe demostrarlo.
Zhang Bingjian ha viajado a Estados Unidos invitado para explicar otra de sus obras: un documental que cuenta la historia de dos actores que disfrutan disfrazándose de Mao: un ama de casa y un pastor. Pero esto, como decía el camarero de “Irma la dulce”, es otra historia.

Las uñas del talibán

Publicado: 11 septiembre, 2011 en humanos

Después de casi dos años, Afraidi abandona la guerra y regresa a casa. Es un soldado de la milicia talibán. Su mujer le agasaja y reconoce su cuerpo aunque las cicatrices lo hayan convertido en otro. Se reciben como lluvia y tierra seca. Vuelven a ser lo que eran y la esposa colorea con henna la uña del dedo meñique de su marido; así lo marca para que recuerde lo feliz que la hizo su retorno. Se trata de una historia de amor minúscula y verdadera, yo hablé con ese soldado, resumida en el color rojo de una uña de bordes negros. El resto de la mano podría ser como todo lo demás que asociamos a esos islamistas radicales, una cuenta de muertes inútiles y de rabia, armas y oración intransigente, y vidas que jamás florecerán libres.
Sin embargo, Afraidi es un pasthun que va a la guerra porque dice que los americanos han invadido su tierra, porque los drones, esos aviones sin piloto dirigidos a distancia, matan periódicamente a sus paisanos. La bandera talibán solo le da la oportunidad de tomarse la revancha; no es su bandera. A Afraidi le basta con saber que el dron mata indiscriminadamente, pero pienso en ello y no sé qué es más indigno, que te mate una cosa inanimada, o que los que te matan jamás hayan podido saber de ti nada más allá de contemplar divertidos el atontado baile que tu cuerpo en forma de punto ha trazado en la pantalla de una cámara térmica. A Afraidi y a sus vecinos, los talibanes les aniquilan el alma culpabilizando a sus cuerpos, y si se descuidan, los drones americanos les aniquilan los cuerpos ignorando sus almas.
Pero el soldado ha aparcado la guerra por un tiempo. Debe atender a su familia. Sus hijos pasan hambre porque se han desplazado al sur de la zona tribal en Pakistán, más seguro, y ya no puede ocuparse de ellos. Nadie jamás ha conquistado la tierra pasthun porque la raza de Afraidi es de guerreros, pero sus últimas razones son las de un hombre de paz. Cuando sus hijos pasan hambre, el juego de la guerra pierde sentido, y abandona en su averno a los infernales talibanes. Tampoco olvida la muerte y destrucción que el otro demonio, el americano, sigue esparciendo en su locura de venganza y miedo irracional, que a él le resultan tan ajenas e incomprensibles. Piensa en sus hijos y mira su dedo meñique, marcado por el amor de su esposa. Qué poco talibán se le ve cuando explica el significado de la henna en la uña de su dedo, a pesar de la rudeza de esas manos y de las muertes que habrán sellado. Pero da igual. En cualquier momento, una bomba lanzada por ningún piloto hará la justicia necesaria.

Islamabad, 11 de septiembre de 2011.

De dioses y opiniones

Publicado: 26 junio, 2011 en Opiniones

Con paso marcial y absoluta devoción, interminables hileras de personas suben al enorme altar presidido por una descomunal estatua que posa la mirada en el horizonte. Están organizados en grupos, pues llegan en peregrinación desde remotos lugares del país. Hombres portando coronas de flores encabezan cada comitiva, y por turnos se aproximan a la inmensa figura para depositar la ofrenda junto al océano vegetal que se acumula lentamente a los pies del ídolo. Una vez colocado el ramo, todos se hacen atrás un paso e inclinan sus torsos en varias reverencias ejecutadas al compás de algo que parece un salmo.
Seguramente, si hablara chino encontraría una interpretación a todo esto en las palabras que pronuncian estas gentes, y lo que parecen salmos probablemente sea una declaración de respeto o de devoción, que no es lo mismo. Estoy en Shaoshan, provincia de Hunan, el pueblo donde nació Mao Zedong, que es el personaje representado por esa figura de más de veinte metros a la que todos veneran.
Entre arrozales y anegados bancales sembrados de lotos, una marea humana visita la casa en la que vivió Mao. La localidad es casi un parque temático dedicado al personaje. Se venden estatuas de Mao pequeñas, medianas y de un tamaño gigantesco. Todos los restaurantes del pueblo llevan un nombre que empieza por la palabra Mao. Incluso la dueña de uno de ellos, una vieja paisana del dirigente político, ha montado a su vez su propio circo en torno a la figura de ella misma, como superviviente de una época. La señora, impecable a sus ochenta y muchos años, dirige con voz de mando su negocio. Vende merchandising a la entrada del local y explica de carrerilla las fotos que tapizan buena parte de las paredes. En ellas aparecen progresivamente el pueblo sin Mao, el pueblo con Mao, ella con Mao en el pueblo, ella y su familia con Mao, ella y su familia, y finalmente ella sola como estrella indiscutible de la historia. Miramos hacia arriba y en una pantalla de televisión el rostro de esta mujer surge entre destellos dorados. La factura del vídeo es profesional, así como el acabado del memorándum biográfico que nos regala, encuadernado en papel de lujo. A la sombra del Mao consagrado e intocable, es posible aspirar a la divinidad, divinidad menor, por supuesto, pero divinidad. Y la caja no para de sonar mientras las oleadas de peregrinos dejan su dinero.
Decía un español prominente afincado temporalmente en Pekin que a los gobernantes chinos lo que les molesta no es la naturaleza de las aficiones, creencias o tendencias políticas. Es simple y llanamente la posibilidad de que alguien consolide un liderazgo en cualquier ámbito; un estado de opinión ajeno al establecido siempre es una administración de poder paralela, ya sea en el salón o en la cocina, y puede extenderse y adueñarse de la casa entera. Cristianos, artistas traviesos, escritores con ideas extravagantes, o aquellos que denuncian algo que ha arruinado la vida de tanta gente que la suma de esas personas ya hace opinión estadísticamente, o los del 15M sin ir más lejos. Todos son una amenaza. Desde un punto de vista estrictamente profesional de la política, el razonamiento tiene sentido; las opiniones dispares entorpecen el trabajo de los gobernantes, no son prácticas. Sin embargo, cuando se opina con acierto, es posible que te conviertas en un pequeño dios. Siempre y cuando el nombre de tu restaurante sea el adecuado.
Cae la noche y la señora paisana de Mao vuelve a sus dependencias. Enciende una vela y la deposita en un altarcito para que ilumine las deidades que esconden las figurillas que rodean un busto dorado de Mao. Luego toca con fe inquebrantable un enorme amuleto repleto de luces y cristales que traerá una vez más la buena suerte a su vida.

Pekín, 26 de junio de 2011.

Estamos aquí, reunidos.

Publicado: 4 junio, 2011 en humanos

La conciencia civil encuentra su nombre en los lugares públicos que invitan a la reunión. Allí la tribu se convierte en ciudadanía, y el apetito por lo colectivo se pega a las miradas individuales. Luego, las cosas no son tan sencillas. La energía de los grandes propósitos se escabulle por el desagüe del día a día, que es la vida normal. Pero los escenarios permanecen y como un río que se empeña eternamente en ocupar el mismo cauce, los paisanos naturales y los transitorios acaban por coincidir de nuevo en el recodo de siempre. Allí se paran, porque es lo que pide el cuerpo en esos sitios, y charlan, porque es lo que pide el ánimo cuando se está reunido y a gusto. Y se reconocen mutuamente. Cafés, plazas, servirá cualquier marco en el que el foro pueda producirse; el viejo foro en que los que hablan pueden ser escuchados y los que escuchan pueden oir al que habla. Otros pasan por allí y, aunque no metan baza, se paran a enterarse del panorama. Esto también hace masa. Y cuando la idea está cocinada y apetece, apenas basta un empujón para que el lugar físico se convierta en un lugar en el imaginario, en la mente, o en el corazón, con independencia de los resultados.
Puerta del Sol en Madrid, Tahrir en El Cairo, Tiananmen en Pekín, o la Salle du Jeu de Pomme en París, donde se formuló la Revolución Francesa, viven en la memoria colectiva como lugares donde personas indignadas se atrincheraron para gritar basta. Acuñada la idea, las piedras quedan solo a título conmemorativo.
Hoy, día 4 de junio, después de 22 años, las hogueras que ardieron en la Plaza de Tiananmen siguen humeando en las mentes y voluntades de todos en los que prendió esa llama. En unos y otros alienta la indignación, el resentimiento, la frustración, la perseverancia, el agotamiento y también la esperanza. Tahrir ya no es un enclave urbano; explota cada día en Libia, Yemen, Siria. Hace poco, frente a la fachada del Instituto Cervantes de Pekín se congregó un puñado de españoles. Estudiantes, viajeros, empleados, empresarios, funcionarios. Han decidido por consenso que no quieren fotografiarse frente al rótulo gigantesco con el nombre de la institución; el lugar no es más que un punto de encuentro fácil de localizar y no tiene relación alguna con los motivos que hasta ahí les han llevado. Buscan su vida haciendo buena la expresión “buscarse la vida”, que significa superar dificultades con esfuerzo para lograr vivir, o sobrevivir, con normalidad o dignidad. Sobre un trozo de puerta a modo de tablero, han escrito una pequeña pancarta en la que se lee “Beijing” y “15M”.
Ya sea un solo hombre en Siberia, una multitud en Plaza de Cataluña, o dos docenas en Pekín, la idea se hace impulso y basta. Luego, es probable que todo quede en agua de borrajas; a ver quien gastará su existencia peleando con los tiburones vocacionales que dedican una vida entera a retorcer la política y la economía. Pero a veces, si las circunstancias son favorables y algunos de esos tiburones se pone de parte de los rebeldes, la historia da un giro. Que se lo digan si no a Sièyes y a los diputados encerrados en la Salle du Jeu de Pomme.

El niño chino

Publicado: 19 mayo, 2011 en Planetas

Lo que voy a decir es una opinión absolutamente subjetiva que probablemente cambiará con el paso del tiempo, pero como soy un recién llegado aquí, me dejaré llevar por la novedad y disfrutaré del candor de las primeras impresiones.
Comparada con Japón, la China consumista es como un hervidero caótico en el que una horda de nuevos ricos en simbiosis con el sistema aprende a conducir machacando un Rolls Royce. A falta de criterios más precisos, en esta jungla de falsificaciones los chinos pudientes han acabado por identificar la calidad con el precio desorbitado. Comprar no es solo adquirir un bien, es además un acto de afirmación y pertenencia a la realidad nueva. Por esta razón, no es igual pagar un precio razonable por lo que se necesita que ser capaz de pagar cualquier precio por lo que se desea. El que “puede”, “es”. No importa la calidad siempre que se encuentre en unos límites aceptables. Lo que distingue es que tu poder económico te permite no pensar en el precio de lo que se te antoja. Obviamente, esto lo practica una reducidísima élite, pero es una élite a la vista, cuya posición es teóricamente alcanzable por todos, y esto espolea el deseo y la competitividad. Son aspiraciones vanas a la postre porque en China, la engrasada maquinaria que exprime al trabajador le preserva encarcelado en una precariedad de sueldos ridículos y horarios inhumanos; paradoja en un país que presume de ser reducto de un comunismo institucional. China es como un señor muy viejo, lo suficientemente sabio como para sobrevivir reinventándose en una y otra infancia, tras matar siempre un poco o mucho de lo que le rodea, incluso a si mismo. Así gana espacio y alimenta a lo nuevo que llega. En este caso, el recién nacido conduce un Porsche Cayenne y saca humo a su tarjeta visa. Los muertos son la masa eterna de chinos anónimos cuyas vidas no llegan más allá de la ilusión que una telenovela hace verosímil en la imaginación. Sucumbieron en las primeras revoluciones del S. XX, luego sucumbieron en la Revolución Cultural de Mao, y ahora sucumben en las fábricas que inundan el mundo de productos “made in China”. La vieja carta de legitimidad que homologa la posesión de la riqueza en las sociedades protestantes, el “self-made”, aquí se ha impuesto tácitamente y nadie protesta. Unos vuelven al apartamento de lujo en el Porsche y otros agarran la bici para dormir entre los churretones que barnizan las viviendas hormiguero bajo nubes de polución. Y ahora que lo pienso, muchos de esos mismos chinos se dejaron la piel y la vida construyendo por un módico precio las líneas de ferrocarril que impulsaron el crecimiento industrial de los Estados Unidos en el S. XIX.
Intentando no pensar demasiado, salgo una tarde a caminar. Será mi primera visita a Tiannanmen. Es un lugar frecuentado por visitantes occidentales, pero también por muchos turistas chinos que visitan la capital de su desmesurado país. Los occidentales miran a los chinos y los chinos miran a los occidentales. Ambos son exóticos mutuamente. Considerando las cifras, en el fondo los raros somos nosotros, bajo una abrumadora estadística. Ingenuamente, como el que admira las manchas de un oso panda, dos campesinos vuelven hacia mí sus ojos con asombro y me piden el favor de dejarme fotografiar con ellos, como si yo fuera un batutsi en su poblado, a modo de trofeo turístico. Uno dirige la mano hacia su mejilla y señala mi barba con una sonrisa de aprobación. Les resulta de lo más peculiar eso de tener tanto pelo en la cara. Continúo mi paseo y me hago una foto frente al retrato de Mao que preside la plaza. Al momento, dos chicas se acercan y educadamente me piden fotografiarme con cada una de ellas. Justo antes del disparo levantan la mano haciendo una señal de victoria con los dedos. Me siento antílope disecado. Aún no sé qué pasa en este país. Llevo muy poco tiempo.
Ser turista en propia tierra es un conato de burguesía, en el sentido afrancesado del término. Esa gente que, sin dejar de arrastrar dificultades, tiene dinero y margen de maniobra para disfrutar, tener vacaciones, pensar y decidir por si mismos con autonomía. Si el número es suficiente, montan una revolución de un descontento, por eso digo lo de afrancesado, y si alcanzan masa crítica, en el sentido nuclear, ellos se convierten en el poder político.
El gobierno chino propugna ahora un cambio de directrices. Antes se premiaba la prosperidad monetaria como motor de futuro. Ahora recomiendan a la ciudadanía que comprueben si se sienten felices. Habrá que ver si esta recomendación incluye una definición de felicidad que cotejar para llegar a las conclusiones correctas.
Bajo mi punto de vista, dos fuerzas se imponen definitivamente a todas las demás. La fuerza irresistible de lo recién nacido, que desconoce el mundo existente pero a su vez crea mundo nuevo más fuerte, y la fuerza de lo inmutable, cuya lógica es irrebatible por fundamentarse en las cosas que son verdaderas e inapelables; como decía el torero, “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Todo lo demás es esperar a morir mientras se existe. China se da luz a si misma en un parto descomunal en el que la criatura, la parturienta y la partera tienen el mismo rostro, como si fuera una película de David Cronenberg. La imagen da miedo y suena a episodio mitológico a la vez.
La energía del pueblo chino bulle en la ingenuidad, espontaneidad y desenfado con el que expresan su curiosidad. El niño que llevan dentro juega con mucho desparpajo, con la libertad del que tiene una vida entera por vivir. Cualquiera te para por la calle a tirarte de la barba y echarse unas risas. Una familia corriente puede acampar en un set de comedor de IKEA y montarse un almuerzo con tupperwares para investigar un rato el estilo sueco. En realidad, como decía antes, los números son contundentes: los raros somos nosotros. El mundo es de ellos. Su civilización y su comercio estaban antes. Occidente es como un grano sobrevenido y enorme que ha puesto de moda una forma diferente de vivir y de gastar dinero.